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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

ellos Thursday, January 03, 2008 |

Si fuera una palabra
y no un grito áspero
si tan sólo el disgusto,
esa irónica descomposición del tiempo,
hilaría nuestros pasos
como un camino,
los aullidos arbitrarios
en melodías lindas,
sería nuestro padecer
tan armonioso;
pero tan aburrido.
Son almas eufóricas de dolor
aquellas demasiado sensibles para abrazar
la indiferiencia,
las que desarman nuestro presente frustado,
ensucian la rutina con desencuentros
y dolores de garganta.
Perdemos la voz al notar
que ciertos individuos
la usan
y gritan
y viven.

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Nada. Posteo para demostrar que sigo acá, solo que hace rato que no escribo. Y bueno. Ya vendrá... De paso les comento que me encontré a Androtex, androide, andy, andruco en un casamiento y se agarró a mi prima. cosas q pasan. saludos.

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Me alejo. Un toque. Me alejo.
Me confundo. La oreja perforada, los labios negros, los ojos llorosos. Son como señales que me guían a tropezar. Los brazos cruzados, las uñas de rojo, las muñecas desnudas. Me limito a observar. Tacos altos, cinturón de cuero, sonrisa de costado. Primera sonrisa de costado.
Primer paso, segundo paso, tercer paso.
Miro las botellas atrás del barman.
Espero.

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y bueno |

no sé expresar la atenta ingratitud que siento hacia los murciélagos pelados y angustiados por una discordancia.. nunca pude decir bien murciélagos
además no son criaturas marinas
y mis delirios son preocupantes.
una amiga me dijo, en plena confianza: "a veces siento que tu locura es demasiado para mí". En un principio me pareció gracioso. Después me dejó de hablar. Y bueno, prometo que nunca fue mi intención ser una mala influencia, un aspirante a la lunacia, la psycho depresión, la maníaco laberinto. Lo juro, por mis 13 tías y 19 dedos. En serio.
Una amiga parecida a la anterior, quizás hasta la misma, (verás, hoy en día ya no puedo ni distinguir, uno se pone viejo y los detalles y apellidos y q si kiki o titi o tutu y la .. ) pasan de largo.. ) me comentó que mi aparente felicidad la ponía nerviosa, la sacaba de sus estribos , la limitaba, enfurecía, dolía, ardía, creía que iba a llorar, ahí mismo, llorar por mi incapacidad de enojarme, o estar de mal humor. Después le confesé que elijo no hablarle cuando estoy de mal humor. e igual me dejó de hablar..
No pretendo transmitir ningún mensaje oculto ni apuntarle el dedo a nadie ni nombrar al loco y el sano.
Simplemente: no entiendo las mujeres.

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Presente almohadesco |

Como Catherine y mi amiga Roxy. Somos víctimas y victimarios, sobre todo cuando dormimos. La semana pasada soñé que un canguro asesino me perseguía entre una vegetación seca y espinosa. Yo entre tanto susto me zambullía adentro de un lavarropa italiano, y al cabo de unas horas salía para encontrarme con una selva naranja y brasilera, con bichitos encantadores y, cantando melodías canadienses, entre tanto yuyo, conocía a una mujer.
Una mujer argentina, por supuesto.
Tan argentina que al decirle te quiero prendió un pucho y se rio a carcajadas.
Vestía pollera lisa, tacos agujas, aritos de prostituta colombiana, camisa arrugada y olor a cisne. Yo en cambio tenía un taparrabo diminuto de piel de cocodrilo y un sombrero mexicano enorme.
Que felicidad, pensé.
Ahí nomás aparecieron unos aparatos para hacer gimnasia, y la voz grave de Barry White se empezó a escuchar a lo lejos. Caminamos, trotamos y corrimos sobre cintas para correr motorizadas, con un proyector que nos ambientaba en diferentes paisajes y un ventilador insoportable que cada tanto nos tiraba un poquito de nieve, un poquito de lluvia, y uno que otro granizo. Así estuvimos largo rato, hasta que sin previo aviso nos miramos a los ojos, apagamos las máquinas y nos acurrucamos a lado de un elefante gordito que nos había estado mirando. Antes de dormirme intenté recordar si alguna vez había visto a un elefante flaco.
Me levanté confundido a las once, tarde hasta para desayunar, y ni siquiera llamé a la oficina para toser e inventar aventuras. En pantuflas fui a comer a una parrilla, donde compartí la mesa con un hombre trabajador. Nada más, nada menos: un hombre que trabaja. Y al lado de este espécimen tan singular de mi Buenos Aires querido me vibró el celular y me llegaron unas letras abstraídas de un número desconocido: “¿Cómo te levantaste?”
Me sentí observado. Respondí que bien, gracias, dentro de poquito vuelvo al elefante. Y en mis pantuflas volví a las sábanas; soñé que la mujer argentina me invitaba a un bar francés, bailábamos música tecno americana y tomábamos vodka alemán. Y tropezando, conocí a otra mujer. Otra mujer argentina. Y empapado en indecisión se fueron las dos. Sonriente me tomé un taxi a mi casa y me tiré sobre la bolsa de dormir en el piso porque había una animal gris y alto y flaco sobre mi cama. Feliz y despreocupado cerré los ojos para soñar o despertarme. Sí, para soñar o despertarme.

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Pasando Rivadavia |

Era una tarde como cualquier otra. Se escuchaba el susurro del tren disonante, ya acercándose a las llanuras y el silencio del Sur. Llegaba cuando quería, siempre a destiempo, siempre en el momento indicado. Cargaba con una promesa, una promesa de algo fresco y perturbador. Y luego el relinche de Manolito, el moro de José, y el desafinar prolongado de los frenos en la estación.
José, (o el turco, como solían llamarlo a sus espaldas), se encontraba en su posición habitual, distante, con un mate frío en la mano izquierda y la espalda encorvada de tanto esperar. Llevaba los ojos cansados, siempre fijos en la puerta, como si su mujer fuese a aparecer entre tanto desconcierto. Ignoraba el ruido de los muchachos que trabajaban en la quinta del inglés, reunidos en la mesa de la ventana. Sólo se limitaba a servirles con pulso firme y una media sonrisa, siempre detrás del contador. Solía ver en él los rasgos de su padre: la mirada abstraída, la nariz arraigada, la mandíbula tiesa.
El día se fue apurado, y antes de darme cuenta José había prendido una lámpara vieja de kerosén. Yo me había acomodado en el suelo, apoyado en el mostrador. Mis días de emborracharme en aquel almácen habían terminado hacía rato. Volvía por costumbre, era el olor y las distracciones y los recuerdos que me enceguecían, me empujaban hacia adentro.
Se escuchó el redoblar de las puertas mientras entraba un gringo. Levanté la vista para encontrarme con ojos confundidos, un porteño de aquellos, con mueca confundida y voz titubeante. No me sorprendió.
Ordenó algo que no logré escuchar y se sentó junto a la ventana, donde suele sentarse el señor Gonzalez, dueño de la quinta de enfrente. Por supuesto que el forastero no lo sabía, se encontraba ajeno y perdido en su desconcierto de intruso. Proviene de otra tierra, entre edificios y balcones, donde la gente camina rápido y el piso es duro y frío, de un asfalto cruel.
No soy de juzgar, ni alardear injusticias. Pero tengo un mal presentimiento sobre este hombre.

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concernos |

Me siento un poco culpable. Un poco, quiero enfatizar, sólo un poco. Sí. Ya sé que este no es lugar para disparatar sobre mis ocurrencias matutinas, además a los pequeños se les cierran los ojos y apoyan la cabeza en el de al lado y yo que sigo hablando. Le pregunté a Osvaldo si me autorizaba para transmitirles mi historia, mi experiencia, y me recomendó que no lo hiciera. Pero al colegio se viene a aparender, y creo que el día de hoy tengo algo que enseñarles.
Hace sólo dos semanas, en un martes oscuro de invierno prematuro, se murió un hombre llamado Carlos Montero. Era padre de tres criaturas. En ese entonces no lo conocía. Yo comenzé mi día como cualquier otro, hice lo que solemos hacer todos todas las mañanas y me fui sin terminar el café. Caminé mis tres cuadras hasta la estación de subte, bajé las escaleras, pagué el boleto, saludé al guardia, y me paré a esperar. El subte estaba tarde y me dolía la cabeza. En eso recibí una llamada de mi mujer, que histérica me recordó que pasé a buscar a las chicas a la tarde por la clase de piano, y que le pagué lo que le debemos. También me dijo que me olvidé de despertarla y que no puede ser que luego de 10 años no pueda lidiar con un martes como cualquier otro, es tocarle el hombro, o abrir la persiana, o prender la luz; es preparar el desayuno, sonreír, despedirse y entre tanto malambo se escuchó el subte que se acercaba y que el sábado comíamos en lo de Luisa y que Marquitos quería que vengas al partido y un hombre en la multitud sofocada me pidió permiso y no podía, tenía una reunión, muy temprano, y más tarde iba a comer con los chicos y una mujer pelirroja paso delante mio mientras me acercaba al anden y que siempre con tus amigos, que capaz hoy puedo pasar por tu oficina, que te parece, y levanté la cabeza y ya casi estaba, y porfavor no te olvides, enserio te digo, y di media vuelta y sentí como un golpe en el costado y unos pocos alaridos y gaspidos y no entendía, víctima de miradas, hasta que se fue el subte y ahi estaban los restos de Carlos Montero. Ahi estaban, inmóviles. Y se me cayó el celular, celular que nunca me agaché a buscar y perdí todos mis números. Y Carlos perdió su vida.
No vengo a buscar lástima ni odio ni a pedirle perdón al pueblo. Simplemente quería decirles que hay cosas que suceden. Sólo suceden. Sí.

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Ni mu |

No me lo preguntes. No sé por que soy, en vez de no ser, no sé por que amo el chocolate, no sé por qué, a veces, cuando hace frío, y no hay luna, salgo a caminar solo. No me lo preguntes, solo eso te pido. Hoy, no me lo preguntes.
No me arrastres a las sábanas, no me distraigas con irrelevancias de tu presente vacío, de tu rutina arbitraria. No quiero saberlo. No hay causa tácita, ni la imágen fructífera de una amante rubia, ni las llagas de un secreto ansioso. No me atrevería a arriesgar mi conciencia, no te preocupes, no te desanimes, no te desampares. Dejate ser, pero no aquí... en la cocina.
No necesito el murmullo, ni la radio, el chasnuquear de la tele, ni el ruidito amenazante del ventilador. Busco el silencio, busco el azar, me dejo encontrar.
Busco el vacío, busco el presente, busco mi nada. Quieto. Me dejo poseer por la más tímida idiotez de cigarrillos y pasadizos y laberintos y mi mente es un caos, y mi mente es un puente, es un perro en un charco sucio, es un paraguas volando, es la lluvia en la pelada de Sócrates.
Y no es nada.

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Abstracciones |

Me doy cuenta, (en mis abstracciones), que cada vez camino más lento. Me niego a clasificarlo como algo físico o psicológico, sino que simplemente pasa, como pasan los trenes, como pasa la lluvia, como pasa la gente. Y yo como tortuga, entre caras y caretas, me muevo sin apuro, como a destiempo, y soy como un gigante en el camino de todos. Una tortuga gigante.
Una caparazón con los ojos desorbitados, ojeras marcadas y mueca infeliz. Hay cosas, costumbres, narices, aritos, polleras, verduras... cosas, al fin y al cabo, que no sabía que pertenecían a este mundo. Y me encantan.
Me asombran. Es bueno saber que todavía no me acostumbre a esta ciudad.

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digamos |

Empieza muy callado el bajo, se distingue una melodía atonal, desenfrenada, como un murmuro de avestruz, un murmuro asfixiante. Cada segundo gana importancia, nos vamos, volvemos, y el presente remoto espera. Nos ubicamos acá, en el instante revelador. De lejos la batería marca el pulso, en una humilde honestidad, se deja esconder, siempre a conciencia. Antes de entender llegan seis cuerdas, como relojes rengos y arbitrarios, no se dejan guiar y en su adolescencia promiscua gritan en una carencia de sentido una búsqueda del sonido absoluto. Y que si, y que fa, y que mi... Y que la, y que do, y que mi... Nada, siento que algunas horas son irrelevantes. Y otras críticas. Y en ese contraste me pierdo. Habiendo dicho esto, Martín se acuesta conforme con su inconformidad. Y se duerme.

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O.o |

Martín miró el techo por 17 horas. Y el techo le devolvió la mirada.

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míos |

estaré enloqueciendo? me cuenta la voz grave del arbusto enojado que enloquecer es, hoy en día, muy fácil... notá lo rápido que van las cosas, uno se pierde entre tanta arbitraria soledad y anti-compañía, uno busca la manija, pero no hay puertas ni ventanas y una sola entrada. Y aún así nadie puede salir.
un castillo de arena? pregunta curioso la voz del ruiseñor multicolor
no, a los castillos de arena se los lleva el mar, como todo, se esfuman y se desarticulan, lentamente, van perdiendo forma y sonrisas
es una casa de muñecas? es de azúcar? - se anima, siempre tímida la voz del delfín de limón sin aletas, soñando en la utopía del surrealismo
no, pescado, las muñecas siempre sonríen, pálidas, con los ojos abiertos, esperando simular algo irreal... son la muerte, disfrazadas de una gloriosa libertad astuta, con sus vestidos de colores. Ni hablar de su atípica desnudez, esa flagrancia de lo robusta que es la realidad.
El zorzal espinado escupe una tos violenta, aireada, de esas que despliegan un eco eterno. Preocupados, todos se callan. Estoy bien, aclara, en su voz ronca y rasguñada.
El silencio perdura. Otra tos.
Es un laberinto. Nada más. Otra. (El delfín piensa que se va a morir, ahí nomás, en un momento tan vacío de sentido y astucia. Pero no dice nada.)
Yo ya conocí las afueras, tropecé con la salida en una tarde como esta. Lo único que puedo decirles es que aún no es el momento. Capaz que pasó demasiado tiempo. No sé. Volveremos cuando dejemos de crear paredes.
Creo que sí, honestamente, estoy enloqueciendo. No sé como se vería un delfín tan afeminado, ni un zorzal medio cactusero. Pero me invaden, cuando se les antoja, me dejan sus ratitos y sus tácitas enfermedades y acumulo verdades de un universo paralelo. Los escucho murmurar y soñar y retarse y yo sigo caminando por la calle, mirando hacia la derecha, atrás, la izquierda y vuelto carnero y nada. Es la nada, es el laberinto, son las voces.
Decime la verdad, el presente me está matando. Hace dos días la ardilla jazzera se murió, me cuentan que de sobredosis de zapatazos e indiferencia. ¿Qué hago? ¿Estoy enloquenciendo?
Ella levanta la vista, mostrando unos ojos llorosos de lástima y ternura. Sin decir nada se levanta y comienza a lavar los platos.
No te olvides mañana de pasar a buscar a los chicos de karate, escucho entre espuma y agua y canillas.

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Intento Wednesday, January 02, 2008 |

En algún momento saldrá, me decía, todo es cuestión de tiempo... ya verás..
Como ser escritora de cuentos para chicos, y deprimirse.. como niña de tan sólo 12 años que ya se siente convencida de que efectivamente todos los hombres son una basura.. como delincuente rencoroso al que le suelen robar día por medio.. como avestruz pequeña.. como mono gordo y curioso.. como laguna sin pájaros somos muchas cosas, entre tantas otras, somos los anteojos y el extrovertido y perdemos la vista en pleno tango fugaz. Aunque nunca aprendí tango.
Cuando la medianoche se avecina y todavía no te conozco ni un poquito. Ni una lágrima.
No es fácil describirte, pareces tan contradictoria y decidida; aunque sos definitivamente la mujer de medias diferentes que no lleva cartera. Sos, entre el recuerdo y la canción pegadiza, una cucharada de miel dura. Esa miel que te venden los campos, donde hay poca gente y se habla despacito, porque cada momento en compañía es apreciado. Ahí donde la miel es dura y arenosa, pero única y mucho más rica. Mucho. Si fueras rubia, la miel sería perfecta. Pero no. Y sigo sin encontrarte. Será esta incertidumbre la que me cuestiona y me persigue, me denomina y me vuelve a perseguir. Quizás, podrías ser el cielo tobiano un atardecer incierto. O una nube perdida entre lluvia y viento. O un pajarito cantor tímido, que se atreve a suspirar y solo suspirar, y luego discutir susurros.
Y susurreante, altivo delincuente, helaste el silencio y abstrajiste mis silencios. Y sigo en la misma rama de miel arenosa, esperando, todos los atardeceres de pelajes inciertos, sigo aquí, en el más estricto silencio, esperando tu suspirar molesto.

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querer |

Forcejeó, intentó renegarse y golpear, parecía que se estaba ahogando, se le escapaba la vida entre los alaridos sordos, el vacío mudo, las paredes frías. Sus ojos tiemblan, su presente se derrumba, sufre una anagnórisis letal, se estruja el corazón y pronto se encuentra tambaleándose por el espacio, a oscuras, se mueve estirando la mano, en busca de un alivio, tropieza y se vuelve a levantar, su cabeza parece estallar, el cerebro sangrando culpa y engaño, se arrepiente, te juro, quiere decir, perdón, quiere decir, adiós, pero las palabras se confunden y todo parece dar vueltas, en una tensión y una amenaza, el destierro del pasado y el futuro que se desvanece, caen lágrimas ante la impotencia y cierra los ojos, confusión, los vuelve a cerrar, y pronto se encuentra en el piso, quiere arrastrarse, pero sus músculos se niegan a responder, su boca desamparada se cierra en una sonrisa triste, forzando la mandíbula, se prepara...
Un niño se acerca y la nota, en el callejón, y, con sus anteojos grandes y ojos azules y uniforme azul impecable, pregunta curioso:
¿Usted se ha atragantado con un yummy?

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tropiezo contigo |

Uno piensa que si apagamos la luz y prendemos a música, le damos el botón rojo a los celulares y prendemos velas, quizás se parezca a esos cortes de las películas, donde la ropa hace un caminito atrevido, sin sentido, donde uno se saca primero la remera y luego el buzo, primero las medias y luego el sombrero. Es así, honestamente, todo carece de propósito. Y es importante notar que no importa, es en esa nube de confusión y vulgaridad que nos encontramos como somos, desnudos, vulnerables, idiotas, y nos aceptamos para olvidar el presente y ir más allá. Ese momento crucial de sonrisas incómodas y cierres que no abren, como cómplices de un crimen. Sugiero entregarse y olvidar, porque a la mañana nos encontramos vestidos, haciendo la cama, recogiendo la ropa, forzando la memoria, lavando las copas, las velas, las manos, la cara, la sonrisa... Nos perdemos en contrastes e intensidades, las horas que nos cambian y desarticulan. Y así, en la soledad del solitario nos perdemos, y en la comunión de dos idiotas, nos volvemos a encontrar.

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Me siento inconforme con mi constante nada.
Me persigue, me retuerce, aniquila, exaspera. Los ojos vacíos, pedacitos de uñas en la mesa, la radio de fondo, unas entradas a un concierto atonal.
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La encontró desnuda, las sábanas tiradas a un costado, el cuarto casi oscuro, si no fuera por la luz que entraba del baño. Ella susurraba el despertar repentino, él tenía miedo que se levante y lo encuentre así, estupefacto, quieto, tímido, mirándola. Simplemente no lo podía evitar. Simplemente ella, con el pelo desmarañado, las uñas mordidas, el maquillaje corrido, los lunares en la espalda; era suficiente. Quizás hasta demasiado.
No sabía cuantas horas había estado así cuando se despertó. Pasaron 2 días desde el incidente y todavía no logra entender que pasó. La recuerda recitando algo que le sonaba conocido, mientras se ponía la bota derecha. Recuerda como se agachó para ver si su cartera estaba abajo del sillón, y todavía despeinada casi sonríe al levantarse con las manos vacías. Se acuerda también del beso en la mejilla y lo mucho que tardó en cerrarse la puerta, terminando con un click que lo persigue adonde sea que vaya. Como un eco eterno, una sombra, una musiquita de espera por teléfono, una melodía que se repite como hombre que vende lapiceras en el tren.

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copos |

¿Notaste como cae la nieve?
En una indecisión y simpleza,
no cae,
sino flota en la incertidumbre,
elige su destino.
Te noto flotar, quiero que elijas.

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Si pudiera resumir
mi mundo de desconciertos,
los desencuentros con mi ser...
arbitrario juez y testigo
diría, simplemente, que cante el pingüino
y naden las palomas.
Porque todavía hay lugar para cambiar.

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Irresistible tentación
de cachetes rojos y ojos azules,
las muñecas bailan tras la vidriera.
Un hombre elige emocionado sin antes leer la letra chica.
Grave error, digo yo.

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quien sos? |

Vamos a lo simple: vestido rojo, pelo suelto, sonrisa de dientes parejos, uñas de uva, muñecas desnudas, descalza. Baila como apenas quemándose los pies. Casi imperceptible, diría después Martín, la cruz en su cuello y un tatuaje en el escote. Así la reconoció en la morgue. Pero así termina.

Ella baila que baila. Los surcos de su vestido como pétalos medio tristes, como soplados por un niño que sopla flores.
Parecía estar en otro lugar, como fuera de este departamento de barrio chino, sino en algún campo de esos que quedan a 3, 4 horas, y la vuelta los domingos se hace eterna... bailaba sola, sin vergüenza, como a orillas de un río.
Me acerqué como quien mire los dinosaurios en el museo por primera vez: desconcertado. Y nada, su velo misterio se disecó con el pasar de las canciones... por ejemplo, se llamaba Sofía, y venía seguido a este lugar. Mira vos, dije, (conjunto de palabras que digo muy seguido cuando estoy nervioso).
No tenía idea en ese entonces de que la volvería a ver, tan solo 3 días después, en la placita enfrente del teatro York. Luché por su teléfono, algo. Los creyentes del destino son complicados.

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Hojas |

En este momento, nadie sabe donde estoy.

Camino por una calle de otoño, y las hojas yacen amarillas, como delfines de limón, o rojas, como cucharada de sangre en sábanas o mantel blanco bordado con flores.
Me surge la idea, en un instante impreciso, que soy una hoja. Y me despego de mis raíces, y soy como radio que pierde la señal, nazco, y me mueve el viento. Quizás llueve, quizás es de noche. Pero todo calmo, silencio de montaña y nieve, hasta que tocamos el suelo como una paloma se despluma en vidrio de colectivo.
En ese intervalo, desafiando la naturaleza, donde planeamos en lo invisble, como ese breve segundo entre risa y carcajada, que es nuestro. Es así, nuestras vidas, como caer, intentando flotar.
Solo espero que la rama de la que escapé sea alta. Y el viento, compasivo.

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yo creía que era mejor así, sin confundir las risas por llantos y los dados por ojos. No que tus ojos parezcan dados, pero los dados me hacen acordar a tus miradas de costado, como inesperada. Yo sé que no cambiaría tu timidez y tu malhumor de mañana, y quizás eso me convierte un idiota. Pero la radio me dice que hay empezar el día con pilas, y el tráfico y la radio y las bocinas y el dvd que tengo que devolver... no me confundas, no me olvido de vos. Solo me distraigo, antes de volver a soñar con la barca de Noé, donde se inundan todos y nos encontramos entre lagartija, tigre y oveja. Y Noé se acaricia la barba.

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Nuestra suerte y desconfianza |


Tengo una media gris y otra blanca.
No fue seriamente a propósito, verás, una de cada par desapareció en ese mundo ignorado de pies y soquetes, secuestradas por duendes o hadas o el ratón Pérez buscando nuevos seguidores. Y estas, incompletas, divorciadas, se unieron a pesar de sus diferencias. Una es más alta, la otra es más oscura, una tiene un agujero, la otra una mancha misteriosa. Y solo así, juntas, me son útiles, porque no suelo hacer títeres con medias viejas.
...siento que todo esto me viene como medio azaroso. Y al fin y al cabo, es más difícil creer que todo es obra del azar, de extrañas ortopédicas probabilidades. Hoy me es claro que somos todos parte de la misma telaraña. Y ningún hombre-araña va a venir a salvarme, está todo en nuestras manos.
Son días como estos los que olvido fácilmente.
Es más fácil así.
Una media gris, una blanca, un ojo medio cerrado, otro medio abierto, saco y pijama, labios y aparatos, gruñido y aplauso, golpe y caricia, como tucán narcisista y paloma blanca, como crayón y pluma, lluvia de letras y carta arrugada, laguna, vacío, tildes y una chica llamada Dolores.
Como medio azaroso, sí, compartimos un subconsciente universal.

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no me desentiendas
es la mismísima sombra
que dejan tus huellas
cuando te vas
ese rincón de incertidumbre
como ruidito desmarañado a la madrugada
me carcome, me maquina, me imposibilita
son esas frases tan tuyas
como bombas pequeñitas
o granadas
para volarme los sesos
y cortarme las manos
las encuentro debajo de la cama
o atrás del espejo
acaso me querés matar?
como puñaladas,
cada vez que me levanto y no estás
que te busco y te arrastró la lluvia
en su aroma
el viento en su padecer
te alojan la locura y la claustrofobia
si te importo
solo déjame ir
no me martilles,
no me afanes los cigarrillos,
no me tires las remeras agujereadas.
déjame ser
déjame ir
o volver
déjame ir
y venir
no me ates, no me estrangules
no me corrompas, tierno silencio de día nublado
lo lamentarás

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Pobre Oscarsito Tuesday, January 01, 2008 |

Era martes. Me acuerdo porque el lunes falté. Y el martes llegué casi sonriente, a saludar a la secretaria, casi. Y la abracé, y me miró sorprendida, pobre mujer, a veces la euforia se apodera de mí cuando hace frío y veo una cara conocida después de tantas horas de sueño, debo de haber soñado con ella y todos sus disfraces de blancanieves inocente.
Primero, segundo, tercero, cuarto... quinto, sexto, estoy. Tres pasos a mi izquierda, seis a la derecha, estoy. Puerta. Dos hacia delante, vuelta al escritorio, estoy. Sentado. Sonrío.
El sábado había encontrado mi sonrisa: una foto. Posaba una compañera con su novio, Oscarsito, del cual nos hablaba tan seguido, y las chicas insistían en conocerlo. Pero no. Y no. Y yo, que interesado nunca fui en el chismerío de novelas colombianas y mucho menos argentinas y locales, me resigné a no opinar; también debo admitir que fue por experiencia propia, mis comentarios nunca fueron bienvenidos... hasta encontrar esta foto, bendita foto, de mi gran amiga ya anunciada intentando abrazar un osito. Y debajo, "Oscar". Quién se atreve a nombrar su osito Oscar. Peor aún, quién se atreve a comenzar una relación con alguien que no tiene libre albedrío, o libertad de elección... no que nosotros tengamos demasiado de eso, pero por lo menos la ilusión... no puede levantar su bracito relleno de nada para tomar un cuchillo y amenazar a esa trastornada, maníaca depresiva que lo acosa. Además era enorme. Casi más grande que antílope de invierno. Tenía dos ojos enormes como pelotas de tenis blanquísimas. Parecía triste.
En fin, apreté fotocopiar unas trescientos veces y las repartí por los bancos vacíos. Ahora el reloj marca las 8. La gente comienza a llegar.
Que honesta felicidad, la de un martes pasajero. Quizás debería casarme con una osita rosa gigante, con ojos grandes y panza de borracha para apretujar. Tendría que comprar una cama más grande...

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2 horas tarde |

Abrió los ojos. Silencio. Pestañeó. El reloj marcaba las 7:17 am. No filtraba la luz por la ventana, no se oía ese gruñido constante de la ciudad, ni el viento, ni el partido desde un taxi, ni siquiera los autos, que están siempre, son como sus pies y sus manos, lo acompañan a todos lados. Pero no. Nada. Silencio. Espacios vacíos. Tembló un eco perdido y trepo sus dedos, haciéndole cosquillas, como una catarata que de pronto desaparece, no más agua, no más ruido, ni la espuma, nada, se hunde en su ombligo y lo imagina.
Un pie, después el otro, se animó a salir de la cama y caminó hasta la ventana.
Mano izquierda levantó las persianas, despacito, sin hacer esos chillidos que ahora extraña... detrás quietita la oscuridad, ancha, omnipotente, la ciudad hundida en una noche eterna, como pintada de tormenta rusa, oscura, como muerto al que le cierran los ojos para dejarlo ir.
Nada más. Solo negro. No había estrellas. Un par de luces, un par de caras. Y más negro, y más vacío, sobre los techos, más sombras que parecían cobrar vida, alterándose, siguiéndonos... pero son las 7, pensó en voz alta
El sol suele salir a las 5
Supongo que no es un día usual, concluyó correctamente. Él había perdido hace rato toda clase de esperanza y voluntad, esas ansias de levantarse, esa curiosidad que te apresura y te hace tropezar, y correr, desesperar; y tropezar. Ahora se compró un sillón, que es eso de caer, que alabado tropiezo; alabado el descansar y la inmovilidad absoluta.
Volvió a la cama.
Mueca de nada.
Cerró los ojos.
pestañeó, pero al revés, más por instinto que otra cosa.
Como iba él a saber que esa mismísima mañana, el final del mundo nos esperaba detrás de la esquina, esperaba para apagar el interruptor y cerrar la puerta, irse, meterse de una buena vez bajo las sábanas para nunca regresar. Nunca.
Pero Mr. FinaldelMundo es una ente compasiva, hasta tiene bigotes, y lágrimas y al frenar su clásico fitito violeta en nuestro planeta no tuvo que bajarse para distinguir un cementerio medio adornado, corbatas sin cabeza, un deportista patas pararriba, corriendo en círculos, una multitud apretujada en un vagón, con el resto del tren vacío, individuos en una pastilla gigante, blanca y roja, que abre y cierra, y la gente que entra y sale, y algunos se cortan en la mitad, sin alaridos, todos sonrientes, medio pelados, muy callados, pasos largos y uniformes, no están apurados, no están tarde, ni temprano; no están ahí, no están en ningún lado.
A todo esto Mr. FindelMundo apoyó su cabeza en el respaldo, ninguna expresión, tocó la bocinita aguda y el sol volvió a aparecer, en el este, tapado por los edificios, pintados de amaneceres, los vidrios, las tumbas... nuestro anfitrión dio media vuelta y se alejo desgastado, complacido, añadiendo entre suspiros: "Me voy a dormir. Acá no hay mucho para hacer... si no es mañana será pasado. Monos feos."
La gente no lo recuerda, pero una mañana, el sol salió 2 horas tarde.

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silencio |

[del cuaderno de la viajera tía]
Cuando el silencio te exaspera y tus manos buscan algo fresco para retorcer, cuando tus ojos pierden su usual vestimenta y se desnudan temerosos, solo así, en algún instante impreciso, se apodera de ti el presente, y sos vulnerable.
Las uñas rojas acarician esperanzas de un futuro intrigante, arañan retratos de Nietzsche, el beto y ana. Una huella tímida te deja pensando, un cruel símbolo del destino; se derrama la primera gota. Que euforia, escapar del despertador, arrimarse a un árbol y observar el humo...
Prendamos fuego los ascensores! Las salidas rápidas, los acertijos, los atajos hasta las sábanas. Después observemos como el individuo sufre cada escalón como el primero y el cansancio y su respiración apresurada llegan a un final al probar el aire fresco tras la ventana y, finalmente, el cemento duro del pavimento, y las miradas idiotas de los espectadores.
Así, dominaremos el mundo tía.

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Hoy no quiero reprimir mis angustias, me sugirieron que no lo haga, que sino vomitaría conejitos, se me llenaría de escorpiones mi mente, vería dagas voladoras y escucharía búhos.
Así que mejor cuento, explico, al que quiera escuchar, me paro en una esquina, como quien pide monedas y toca la guitarra, yo relato mi eternidad, solo una oreja, señores, solo una pizca de empatía y un poco menos de indiferencia.
Mi discurso es algo así:
" Buenos días, ante todo, hombres y mujeres de Buenos Aires querido. Les quería comentar, como la luciérnaga se quema con la luz y aun así vuelve, les quería comentar, que he enloquecido. Honestamente. Hoy aquí parado, me presento como loco que se niega a ir a un instituto, se niega a ser clasificado como maníaco obsesivo o pasivo arlequino, y me niego, sobre todas las cosas, a usar ropa verde.
También, quiero agregar, que no entiendo a ninguno de ustedes. Ninguno! cruzando en pasos largos como si fueran a algún lado, preocupados que si cha y que si el cho y si chacho tomo el desayuno hoy a la mañana. Y después, hipócritas profesionales, sí, a vos te hablo, adonde pensás que vas, vení, te voy a seguir hasta el fin del mundo! sí, que mirás, a vos, con cara de país de las maravillas y pluto, quiero ver hacia adonde encaras. ... Acá doblamos? Buenísimo. De que laburas? Enserio? Que bajón. Yo no puedo pasar 12 horas por día enfrente a un monitor. Quién te obligo a estudiar eso? ah, te gusta? qué? enserio me decís? 12 horas? por día? enserio? con razón usas anteojos, tenés corte de pelo del 80 y cara de péquines.
Acá? te vas? no, no corras, que no te digo... bueno...
Ehehm.
Buen día ciudad dulce ciudad, ha de hablar el espacio vacío entre tu mañana y una mañana feliz. He aquí yo, culpable, acepto mi presente con gusto, como garfield con la lasaña y empresario con el dinero, a ti, sí, pelado de la guerra, como le va? Que qué? Me va a acompañar? Buenísimo. Pero mire que soy loco. Usted? traumacuantocomo? no importa, todo bien.
No, no me pegue por favor. Quiere cantar? Sí, lo que venga, que sabe? Buenos Aires Querido el nuestro, sí"

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Solo así |

[del cuaderno de la tía]
Solo así, tras un vaso de Vodka se mostraron como son, como dos aborígenes desnudos, torpes, interpretaron su versión de Adán y Eva.
no pagaron, aunque ella se olvido la cartera y se tomaron un taxi a su casa. Antes de subir ambos consideraron la plaza de enfrente, pero no.
Entraron a las apuradas y se cayeron un par de cuadros que tenía para que la gente lo considerará culto. Después fue algo como desvísteme rápido, que estoy apurado, viejo retrasado el que habrá dictado lo contrario. Además el jean tenía botones, para joder, faltaba que su corpiño tenga candado, pensó.
A la mañana siguiente, ya vestidos, con ropa y preocupaciones, horarios y familiares, se vieron dos extraños a la cara y se marcharon cada uno por su lado, para contarles a sus amigos del trabajo en su recreo de treinta segundos, que anoche, Adán y Eva tuvieron sexo sin mirarse a los ojos, y ahora se acerca el fin del mundo. Y será doloroso.

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nosotros somos los sanos |

Como una escalera con escalones todos diferentes, los ojos pegados con lagañas, te tropezás, subiendo la pirámide de expectativas y exigencias. No le avisás a nadie, ni a tu vecino que no le vas a poder regar las plantas la semana que viene, y te escapás.


Me cuesta escaparme, entre las rejas
el miedo a electrocutarme
maldita corriente
me promete la muerte, pero no sin antes sufrir
puedo despedirme, pero aunque dibuje la sonrisa,
como los payasos,
tendré los ojos grandes
la boca abierta
las manos desarticuladas
y una mueca de villano de telenovela colombiana.

Me cuesta saltar, desde mi celda
pasar por los barrotes
y volar, o más bien caer
al suelo, con la posibilidad
de amanecer una vez más
cuadripléjico y confundido
atado a dos ruedas,
tener que soportar las aullidos del comisario.

Peor aún cortarse
abrirse como milanesa
tener que presenciar mi interior,
desatar una jauría de ideas reprimidas
y deseos confundidos
manchados de rojo,
esperar,
esos segundos que dan lugar al arrepentimiento de niño cobarde.

Quizás mejor patotear a Juan el gordo
y esperar la muerte
porque Juan el gordo mata gente,
como pasatiempo;
vos coleccionas bolitas,
el aniquila inútiles.

O no,
cuento los días,
las marquitas,
los rayones,
las inscripciones de aquellos que parecen aconsejar
el silencio,
la reflexión
y la libertad.
Y me río.

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vendaré tus instintos
humilde jaula de jardín
un conejo blanco
solo.
Como las agallas.
la sangre que hierve, desenfrena,
me desarticula,
quiero romper, salir, correr,
patear las rejas, cortar los nudos
estrangular los miedos
que nos impiden hacer lo correcto.
quiero quebrar, fumar, aletear
arder las cenizas, forcejear la entrada
arrancar todas las teclas de mi piano
para dejar de lado la ilusión,
el sueño, la farsa, metáfora linda de un futuro.
Volver a lo tangible, viajar a un pueblo,
quemar las joyas,
vernos reflejados en las llamas de lo que fuimos,
desatar los cordones,
probar andar descalzos,
tomar la sopa sin cubiertos y sin vergüenza
gritarle a la luna sus injusticias
culpar al sol por tus pecados
que cada lágrima valga
Volver a lo esencial,
sin psicólogo,
sin pastillas,
conversar con las hojas y dormir en el pasto,
susurrar ante el peligro
que nazca en ti el instinto de sobrevivir
por vez primera.
Asfixiante, intolerante, inútil
la corbata en tu cuello
dos semanas después

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tengo 2 minutos para crear algo incuestionable como....


 que tierna es la sonrisa que se dibuja en nuestras caras cuando después de haberle robado la pelotita del mouse al de al lado, lo observamos de reojo, lo vemos confundido y golpeando el ratoncito una y otra vez, hasta finalmente lo posiciona patas pararriba y gira su cabezota hacia nosotros, que miramos el monitor, cara de abogado que perdió juicio y anda en un bar; y luego culpa a alguien inocente.

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sorpresa |

Fue un viernes cuando casi casi se apaga la luz, y sin velas, casi silbo el amanecer de una oscuridad.
Usaba la corbata amarilla, porque solo yo se que es para mis días deprimentes, a pesar de ser brillante y siempre halagada por la gorda del segundo piso, a mi me deprime. Inmensamente. Tanto que no solo no tomé desayuno, sino que tampoco almorcé, y subí el ascensor solo, cosa que nunca antes me había pasado. Y le hice caras extrañas a la cámara de seguridad escondida detrás de la luz.
Pero todo eso sucedía como otro viernes no prometedor, porque son, se podría decir, cosas que pasan. Algo que no pasa tan seguido es que te claven un dardo en el hombro, cosa que sí me sucedió cuando tenía 8 años y tenía el pelo siempre peinado y una voz aguda encantadora, y un dardo en mi hombro, y unos llantos eternos. Hace muchísimo que no lloro. Ni siquiera lagrimeo. Es preocupante.
Pero lo que sucedió fue que una compañeritita, (así en diminutivo porque es inversamente proporcional a la cantidad de botones que lleva abiertos su camisa transparentada), me confesó que había tenido relaciones con un gordo infeliz, arrogante hijo de puta: nuestro jefe. Y por eso cuando le anunciaron un aumento y que le iban a dar una oficina, sonreí, a pesar de que ella estaba trabajando acá hace tres meses, y yo hace quien sabe cuantos años. Además, si yo pudiera dormir con mi jefe haría lo mismo. Pero es gordo, de esos que tienen que comprar su ropa en lugares especiales. No me van esas cosas. Así que me limité a no sorprenderme. Por su lado, ella antes solía pintarse las manos y le daba al quita esmalte, y volvía a empezar. Ahora se pintaba los pies también, y se daba el gusto de usar polleras mas cortas. Más de lo mismo, como ella van y vienen me dije, son como los políticos y las armas, males necesarios. A pesar de la charla con mi lado positivo, sí me sorprendí cuando entré a su oficina y encontré al gordo golpeándola con un látigo de cuero.
No había entendido eso por relaciones. Pero esta bien, por algo no dijo "hicimos el amor", eso sería irreglamentablemente irónico. Pero bueno, abrí la puerta, él balbuceo algo y ella estaba de espaldas así que para cuando logró darse vuelta yo ya estaba en el otro lado del edificio.
Una semana después recibí un aumento. Y una oficina. No estaba muy seguro si debía festejar, pero bueno, no había una razón para emborracharme solo en un bar tampoco.
Lo que aconteció luego sí fue realmente sorprendente. No sé si el pajarito aprendió a volar, pero no me encantan las sorpresas. Sobre todo no últimamente. Como cuando el marido por arte de magia se entera y juntos chica maravilla y aquaman (tiene cara de pescado) comienzan un juicio, al cual ella atiende vestida de blanco, y pronto aparece en esos reality shows para gente sin vida y los rumores en la oficina se vuelven más jugosos. Olvidé comentar que ambos estaban casados, pero nada serio, es solo un juicio, más corbatas y látigos. No deberían mezclarse con tanta facilidad. Nada serio me repetí.
Hasta que me acusaron de cómplice. Y me amenazaron con cuartos oscuros. Y ella juro con las uñas pintadas de rojo en su corazoncito, que yo era culpable. Seguro que las de los pies estaban igual de lindas.
Aparecí, a pesar de no tener mucho para perder, y me subieron a la silla, todos los ojos en mí, yo medio abstraído por la situación, no podía parar de pensar como sería vivir en una cárcel real, no metafórica, donde los colchones son finos y los dolores de espalda no importan. A la vez respondía con una voz de mi bemol constante y afinado, los hechos y mis suposiciones, que estaban trabajando, intentando nuevas ideas para publicidad, o era una manera new age de disciplinar a los subordinados. Después de todo, uno no puede esperar nada sano en un ambiente de trabajo así. Nos inspiran a enloquecer. Fue ahí cuando me sugirieron conseguir un pelado profesional.
Más tarde un abogado que aparecía en las páginas doradas me salvó, y volví a mi casa, mi hogar, mi cárcel, y soñé que era un pájaro, que tenía el cielo para mí y cantaba melodías de un presente. Mi propio fetiche de libertad.

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Alterar el vuelo de un águila para olvidarnos que no podemos volar. No así, en un silencio de viento y lluvia, poder cerrar y abrir, dejar atras las cerraduras, no así, querer y poder y entre las nubes suspirar nuestros más reprimidos recuerdos. Así, sí, que caigan las plumas que adormecen nuestra consciencia. Aferrarse a aquellas que te perturban y interrumpen tu placentero dormitar.

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inútil |

Monólogo de un idiota inútil XXIV

cual es peligro de estar libre?

Pasaron 5 años desde el accidente con la mujer del colectivo. Me gusta recordarla como una bailarina adentro de una cajita de esas viejas de música, y rubia, porqué siempre son rubias, y se marea, mientras da vueltitas y hace todo menos bailar, y en eso tengo la buenísima idea de robármela, y se rompe, después de pasarla de mano en mano, justo a mí me tocó, como la moneda que cayó al piso y despertó al almacenero, que siempre andan armados, y vio su casa vacía y un pobre inútil, intentando robarse la última moneda. Y el almacenero responsable corrió a aniquilarme, y se resbaló con la moneda y murió. Y al pobre inútil le costó un año encontrar la salida a esa casa, que mostraba columnas griegas por el frente y tenía gente enterrada en el jardín, un piano en el sótano y un secreto nunca discutido y siempre presente.
Pero pasaron 5 años, me digo entre cigarrillos, todavía sin saber si me como a la oveja y salvo al león, mato al lobo y entre alfil y torre, elijo al peón. Por que el rey es inútil, y solo hay lugar para la muerte o una promesa de eternidad falsa. El peón me brinda más esperanza, como la gente que pasa en bicicleta sonriendo entre los autos y los colectivos y ellos siguen sonriendo y una pequeña parte de ti quiere meterle el paraguas en la rueda y verlo volar. No sé si verlo caer, pero definitivamente verlo volar.
Volviendo a la chica bailarina que dejó a un viudo y dos chicas traumadas detrás; yo nunca di la cara y desaparecí. Tengo que admitir que tuve impulsos de ir a contarle la historia de como su madre, su mujer, se acostó con un desconocido que conoció en el colectivo y luego la pisó un camión mientras salía del telo, una historia encantadora, pero tengo cierto respeto por las dimensiones de mi cara, y no poseo los recursos para hacer una cirugía reconstructiva, mucho menos si usa un palo de golf, que esos empresarios de countries siempre juegan al golf, y los palos de golf son bien duros, mi hermanito de chiquito me pegaba con esos y me perseguía como en "chuky y el final del mundo que se aproxima". Pero uno no le puede pegar a un hermano menor, como no le puede pegar al hombre de la mujer que prácticamente asesiné. Así que mejor no hago ninguna visita.
Con respecto a que sucedió en los últimos 5 años: no me contaron en el censo nacional, así que no soy ni siquiera un número. También me pasó una vez que en la panadería llamaron el 33 y grito yo!, después de esperar largo rato por que las viejas que nunca faltan, se gastan en preguntar por todo lo que no hay, y al pedo porque tienen todos los sentidos muertos, ya no pueden ni ver ni caminar, y se gastan en pedir comida rica cuando ya no notan la diferencia entre pescado y comida de perro. De todos modos, la panadera dice 33, bien bajito, por supuesto, y una mujer embarazada a mi lado repite en un tono nasal, 33. Pero yo tengo el 33. Yo también, se anima, y usted qué, piensa que por estar embarazada se puede llevar el mundo por delante, si contal con semejante panza y el horror en la dulzura de ser madre esperándola, no te importa mucho el pobre inútil de la panadería que solo vino a pedir 1 kilo de pan. Luego se tomaron un minuto para contemplarme, y me miro toda la gente en ese pequeño infierno panaderillo, que pega por que hacía calor y las sirvientes del innombrable tenían peinados raros que podían ser confundidos por cuernos, y sus cuerpos bien comidos, que supongo que es un requerimiento para trabajar en la panadería, como medio redondos, tipo panza de cerveza de hombre casado, pero de crema shantishi, con "sh", sí, así lo pronuncian cuando rezan por las noches pidiendo bajar de peso.
A continuación, la embarazada abrió su boca lentamente, al mismo tiempo que giraba su cabeza hacia la izquierda, todo en cámara lenta, seguro que alguien se avivo y lo estaba filmando para subirlo a su blog, porqué cuando finalmente llegó la cachetada, que venía esperando medio impacientemente, sentí como un flash de cámara de esas viejas, que le suman al hecho de que estas en el borde del precipicio en una montaña y tenés el sol de frente. Después del flash, giro la cabeza hacia el otro lado y me escupió, literalmente, un yo no estoy embarazada, y sonreí, lo cual ahora veo que fue un error, porque me volvió a golpear, ahora con el puño cerrado y su anillo de casada que venía incluído en el combo y me dolió por 10 meses. Pero además comenté que una que vez que uno se divorcia generalmente deja el anillo en un cajón o lo tira a un río, y parece que sí estaba divorciada porqué me empezó a dar con la cartera, presiento que le dolía la mano, aunque no tanto como me dolía la cara y el kilo de pan que cada vez parecía estar más lejos.
A todo esto las sirvientes del señor oscuro se reían como hienas a carcajadas y yo no podía defenderme porque alguien me convenció que las mujeres son el sexo débil y que no debemos golpearlas. Y en realidad dominan el planeta, y se te quejan y te golpean con carteras. Es como una doble injusticia. Y debo admitir que el pan que comprás en el supermercado es más duro, casi tan duro como las carteras de marca.

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o no |

me hundo detrás de tus mares
debajo de la mesa del comedor,
en tu ducha, en mi sillón azul
me escondo detrás de las cortinas
alardeando mi enloquecer pasivo
en tu armario, en mi escritorio de madera
tu cuello se tuerce de maneras indescriptibles
al compás del viento y las hojas
en tu jardín, en mi reposera
huelo tus botas amarillas de lluvia
me quiebro cuando me guardas
en tu pileta, en mis escaleras
tropiezo con tus armaduras
altero el tiempo por vos
en tu ascensor, en mi piano
lloró y río la alarma de tu corazón
pintado de atardeceres injustos
en tu banquito, en mi auto
quiero alejarme para nunca volver
quiero volver para poder irme una vez más
en tu altar, en mi alfombra
manchada de inocencia tu prisión atea
de muecas y sueños y dulces reprimidos
en tu techo, en mi sótano
los límites de tu profesar atípico
quiero esquivar tus balas solo hoy
en tu bañadera, en mi ropero chino
me encanta como silbas nuestro turbio
final, la noche que se avecina generosa
en tu arte, en mi música
cierro los ojos y escucho, todo suena insoportable
el tacto trasciende mi perdonar fugaz
volando, cayendo
voto denunciar las visitas
al funeral inevitable que nos espera

hoy mismo |

Bailar tango
con sirenas
de esas verdes
quizás un poco de azul
como mañana de lunes
quizás un te vi hostil
como llanura y ombligo

bailar tango
con sirenas
de esas que nunca descifrás
como volar en tus sueños
y despertar dormido
como caer
y despertar cayendo
como pez en mar y pez
volviendo
como mujer en sol
y en luna
sufriendo

como lobo que soy
y oveja que cuentan
perderme es mi mejor cualidad
luego
me encuentran
me despido los viernes, los lunes, en tus párpados
titubeo el escribir de unos labios, como los tuyos
como los tuyos! sí, al desbordar mi canoa de laguna
que donde tormenta que cuando alguna laguna de mar
arrancar el mí del soy y girar dentro hamacar los yuyos
solo míos y fruncir mis invitados
fruncir tuyos la soledad de ser uno mismo, no?
alados los quiebres entre nuestros ismos
volteada la verdad entre confieso y ordeno
si no soy más que titubear, una vez más
tieso recordar mi lucro robado tu fruncir desesperanzado
y cuento hacia atrás, como dios de mi presente
como dios de mi despertar, me duermo en tu shampoo barato
lento serás, alarma de amanecer, consciencia de sufrir
tu lado mi duro reflejar entre tantos tu y yo
jardín de espejos no te encuentro
salida donde estuviste umbral
adentro detrás decime hoy
quiero saber injusticia
que es todo lo que soy
quiero saber perdón
todo lo que tengo
lo pierdo hoy
mañana volver
a despertar
cayendo
soñar
que

caigo

presente momento |

Hoy soy sincero, sin prejuicios ni estructuras, me desnudo de maquillajes y suposiciones, tus etiquetas y tus porqués.
tengo 10 dedos, en total, 2 ojos y una sonrisa, un pie inquieto y otro inútil, un par de cicatrices de un pasado. Tengo una frase para regalar, un rollo de fotos para compartir, un empuje y un jalar, tres copas para hamacarse, una rutina para dividir mis personalidades y mis máscaras a un cajón.
no hay que olvidarse de una q otra anécdota para quemar el tiempo entre el ayer y el mañana, un viernes o un sábado a oscuras, tropezamos con zapatos que probablemente te probaste antes de salir. O simplemente sos desordenada. Nunca lo sabré.
entre otras cualidades, puedo saltar y girar en círculos.

cuestionaré |

Se bajó del tren ansioso, como niño a punto de abrir regalos de navidad, y se tomó un taxi al aeropuerto. Le contó su historia al taxista y este lo invitó a tomar su última taza de café en Buenos Aires. Hasta el día de su muerte, que sucedió solo dos años después (en un lugarcito de barrio como este), Martín recordó como el taxista se puso serio entre risas y lo tomó del hombro mientras le confesó algo que sonaba como "mijo, a veces necesitamos perdernos, del todo, para encontrarnos. Pero acordate de encontrarte."
Con estas palabras abrazo al taxista y viajo a Parati, un pueblo histórico en la costa brasilera. Durmió durante el viaje y al llegar, cambió sus pesos distraído y observó curioso los nuevos billetes. Acostado en un banco, pensó que sería mejor caminar, y de paso ahorraba unos reales.
Sonaban las campanas de alguna catedral y en una ventana se noto despeinado y sucio. Y sonrío. Hace mucho que no sonreía así, mostrando las encías. Nada dura para siempre, quiso decir, pero en vez tomó pasos largos y pausados por la orilla hasta toparse con un puerto.
Un solo pescador miraba el horizonte, con su caña y su balde y sus victorias. Martín lo miro largo rato. El pescador, que dos horas más tarde confesó llamarse Marcos, se limitaba a pestañar de vez en cuando. Cargaba con una camisa larga a cuadros y unos jeans viejos manchados, la piel oscura de un hombre de arena y las manos grandes, de aquellas que dan fuertes apretones al saludar. Martín finalmente se acercó y tomó lugar a su lado.
Marcos le dijo algo en portugués y el porteño respondió con sus ojos, perplejo. Marcos sonrió y largó una larga carcajada. Martín solo había visto chicos reírse así antes, con los ojos tiernos y honestos, como si el mundo empezara a girar hacia el otro lado. Así empezó y les costó conversar pero mientras caminaban por la orilla, Martín sintió que aquel pescador lo entendía más que su ex mujer y amigos juntos.
Esa noche durmió en el piso. Marcos le había ofrecido la cama, pero ambos sabían que de todas maneras no iba a poder dormir. Hace mucho que no tenía estas ansias de despertarse.

Pasó dos semanas más pescando a su lado y festejando cada pique. El silencio le enseñó la paciencia, el ruido de las olas al quebrar lo ayudaron a perdonarse, el hombre le contagió su humildad y franqueza. Y por último, cuando Marcos le ofreció quedarse, tuvo la libertad de elegir, y eligió seguir camino, sabiendo que tenía un hogar.

|

puedo quebrar tu bastón, sin ser visto
puedo esconderme entre las sombras de tu padecer
en tus lágrimas
en tus sollozos de inocencia

puedo perderme entre tus labios y tu verdad
confieso que me encantan los laberintos
pero al final me encuentro en una ciudad de melancolía,
una niebla, y un vacío

puedo escuchar tus miedos a través de las paredes
silbar tu rencor y angustia
puedo correr entre tigres y trigales
sin perder la lengua
puedo serte honesto
pero no sin ser juzgado

hoy, decido no insultar al vagabundo
no vengar mis quemaduras
con la esperanza de que, quizás,
ponga las cenizas a un lado,
y la melodía encuentre su descansar
sin olvidar el pasado.

quebrar las ondas de tu despertar, puedo,
quiero, no debo...
hacer arder las llamas y escuchar el lamentar
de tu inconsciencia, arrebatar la fantasía,
los cuentos de hada, distinguir entre veneno
y culpable, una modesta sonrisa y una mentira

como cuesta, abrir las puertas, esconder los demonios,
callar los vientos, quitar las nubes,
comprar las estrellas, dirigir la luna...
en la libertad de la condición humana
no cuesta nada, otra falsa identidad

sin llave a tu propia celda, sin pasillo a tu verdad
la escondiste sonámbula detrás de alguna roca
tropezaste e ignoraste, te dejaste encerrar.

me pregunto cuando tu aparente felicidad
lograra bañarse en sangre de sus miedos
y aprender a escuchar los gritos y aullidos
de la llave de tu despertar.

|

No es fácil pintar arcoiris cuando las nubes siguen ahí, me susurró el picaflor malherido, con el corazón en la boca y los ojos fuera de órbita. - El universo tiene una extraña tendencia a corregir.

|

rozar tu piel como ancla de mar flotando
escucho el crujir de tus tuercas
tus ojos despavoridos
lo sé!
como un halcón pierde vuelo
lo sé...
entre las rocas de tu suave palpitar
un zorzal visita una tumba y apoya sus espinas
mientras un cactus susurra un final feliz:

"así elijo abandonar el tiempo:
venas de sangre y tinta,
ojos de ladridos o artilugios,
porque soy un delincuente me verás encerrado tras culpa
de un bien mayor"

sorprendido, como viajero ingenuo, quise decir
que difícil es trepar los hilos de tu telaraña
mira como me pierdo, cruel lucero artificial
mira como las riendas se prenden fuego
y la luna festeja nuestro galope inesperado

pero en vez, quedé mudo y abracé al cactus sonriente*

*el abrazo más doloroso e inolvidable,
pero también el más agradecido.

cuestioname |

Pidió un solo boleto, en vez de dos, y le dijo gracias a la señora gorda e infeliz que lo atendió con esas sonrisas despectivas y falsas, como los hombres traspirados adentro de los trajes de Barneys sonrientes.
Después renunció, y su jefe no entendía, verdaderamente estaba asombrado. Martín no. Pero su jefe sí. Y le ofreció más asientos y escalones y pantallas y futuro y Martín notó las palabras vacías en su tono de desesperación y le contó un secreto: tenemos el mismo jardinero.
Sin mujer y sin trabajo, sin cama, sin comida, enfrentó nuevos desafíos con toda confianza de que podría ser peor. Y que se le va a hacer, se repetía entre risas. Y bueno. Y bueno. Sigamos.
Así, Martín logró por primera vez aferrarse al presente.

cuestionar |

[Me gusta escuchar los pasos de pies decididos, cuando caminan hacia un objetivo con una intención, no un plan, con una herida, no un arma. Un hombre herido es forzado a sanar, o morir. La libertad de elegir se vuelve real y concreta. Y la elección es una responsabilidad. Las responsabilidades y las decisiones nos cambian. Dispara y observa.]

él se dirigía hacia el fin del tiempo.
Buscaba su presente en el espacio, el tiempo en sus ositos de peluches. Cargaba con un nombre conocido, Martín, y una barba que lo hacía parecer mayor. Solo tenía 19 años cuando su hermano decidió salir a correr una mañana de niebla, y un camión llevaba erizos le quitó la vida.
Hubiera llorado un poco en el funeral y seguido con su vida si no durmiera al lado de aquella cama vacía, todas las noches, donde el recuerdo y el silencio le susurraban pesadillas y cuentos de hadas. Como cuando Martín le rompió la bici, y su hermanito lloró toda la noche. Sí, era menor, tenía solo 13 y lo había dejado su primera novia recientemente. Primera y ultima, diría Martín, 30 años después, relatándole la historia a su mujer desnuda.
En el cuarto de este hombre casado había una sola cama, más grande, con olor a rosas artificiales, que en realidad era más como a naranjas o libro nuevo, pero Martín nunca olió una rosa fresca, así que nunca supo. Tampoco parecía importar, porque además se mezclaba con el perfume de su mujer, de marca, de alguna otra fantasía. A veces todavía siente que duerme solo.
A veces también se siente vacío. No sorprendido; al verse en el espejo con cara de niño al que le han robado sus crayones, porque ya nada lo sorprende. Nada lo asombra. Su visión se ha moldado a la ciudad de Buenos Aires como whisky en una jarra esperando su próxima víctima.
Todo esto sería muy triste y enternecedor, pero sucedió algo que ilusionó un final feliz, cuando Martín conoció una chica en el tren. Bah, no la conoció; la miró, le habló, le respondió, y se bajó, en ese orden. Y él sonrió, y quiso sentirse culpable porque algo le dijo que debería. Pero no. Se amoldó, y siguió camino al trabajo como winnie de pooh siempre persigue a la miel. Algunos osos no notan las picaduras, otros no las sienten, otros las ignoran. Pero siempre las hay.
Por eso cuando volvió y besó a su mujer antes de sentarse a comer se apagó la vela. Y la volvió a prender y se volvió a apagar. Y, finalmente, sí, finalmente! mierda! diría su madre, se dio por vencido, y se divorció. No fue muy violento, sólo lo suficiente para hacerla llorar hasta el olvido.
Ahora, habiendo hecho una decisión, Martín sale a tomar el tren sin corbata.

camping |

Eran las 5 de la mañana cuando comenzó a armar la carpa. No pudo clavar las estacas pero no importaba porque no había mucho viento. Todo lo demás salió a la perfección, justo como lo había planeado.
Se metió adentro y cerró los dos cierres, el de los mosquitos y el otro, en caso de que algún animal infeliz se atreviera a entrar. Alrededor de las 6 comenzó a oír las bocinas.
Los autos que venían por Suipacha no podían doblar a la izquierda, y los que iban por Libertador se veían forzados a cambiar de carril o meterse en contramano.
No se podía dormir con todo el ruido de llantas, maniobras y insultos y se hundió mas adentro de su bolsa de dormir roja y cerró los dos parpados, en caso de que alguien intente espiar.
El primero fue un Ford Focus.

mi ex |

Monólogo de un idiota XXIII fuera de control, diría mi ex.
y es tiempo, efectivamente, de hablar de mi pasado. Intento retenerme mi cuerpo y mente en el presente, como enjaulado, pero mis huellas me persiguen, no hay viento que las borre y me permita olvidar. Vamos a abrir el maletero y volver a donde alguna vez pertenecí.
Yo era joven. Sigo siendo joven, pero en ese entonces me sentía joven; ahora no. A ella la conocí en un bar. No hubo nada de amor a primera vista ni segunda, ninguna mirada extraña ni perfume penetrante; solo la conocí. Guardé su cara y sus manos y sus piernas en un recuerdo, como una cajita, sonó la alarma días después y la bailarina bailaba detrás de algún vidrio indestructible. Y así salí en busca de la bailarina de esa cajita, y la encontré, salimos a comer, seguí las usuales formalidades, y me casé. Juraba haber encontrado el amor, ese verdadero, que nos venden los cuentos de hadas, los finales felices!, todas esas películas. Mi mamá no estaba muy feliz. Dos años después aprendí que los finales felices no existen; son solo historias que no han terminado. Lo leí en algún lado, y busqué mi cajita, y efectivamente la bailarina no bailaba, tenía los ojos vacíos y el vestido yacía tirado a un costado. Era una desnudez vulgar, demasiado honesta! Mis lágrimas, y el anillo pareció prenderse fuego, me quemaba como las brasas que uno piensa que están frías, pero no...
Fue cuestión de días, y segundos. La vi durmiendo, en paz, la vi con sus miedos y estructuras, sus prejuicios y su inconsciencia, su fe ciega y los muros que protegían sus armaduras. Nunca llegaría. La sociedad había hecho un trabajo impecable. Tan impecable, que la creí perfecta.
Esa era mi ex. Con ella se fue mi anillo y mi casa y mis sueños, mis propios engaños. Una desconfianza horrible creció en mí. Me quité todo, y, como los niños, me asombré con un mundo nuevo y escribí, con crayones nuevos, mi propia filosofía. Mi mamá me grito algo que sonaba como: "yo te dije, yo te avise, me tuviste que haber escuchado." Quien sabe.
Por el momento, ando en algún tipo de tregua infiel con la sociedad. Eso me dicen mis experiencias. Me siento estúpido, pero suele pasar.
Mañana paso a buscar mis miedos por la comisaría y vendo mis anécdotas en el trabajo. Las risas las dejo para alguna comida del sábado. El odio y la represión para mi perro o mis paredes. Listo.

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