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Bajo y Batería Thursday, September 23, 2010 |

Tocábamos a las 8 en El Arrecife, un bar en la costanera que solía llenarse los jueves. Hace meses que veníamos ensayando tres veces por semana, ansiosos por la llegada de esta fecha. A las 16 horas de ese jueves me llama Alejandro, el cantante, a decirme que estaba con 39 de fiebre y no se podía mover. Pasé por su casa a llevarle pastillas y arrastrarlo pero no lo logré: estaba ferozmente abrazado al inodoro y de tanto en tanto amenazaba con vomitarme los zapatos.
A los quince minutos me llamó Sebas, el guitarrista, que con los alaridos de su mujer de fondo, me comunicó que estaba camino al hospital, que el nene se había adelantado un mes. Lo peor es que la mujer tocaba el piano y hacía los coros.
Quedábamos bajo y batería.
Salí tarde para la prueba de sonido. Llegué 15 minutos antes y le conté las buenas noticias al bajista. Abrazados lloramos durante un rato, y después compartimos un whisky y un tequila en silencio.
Se hicieron las 8, subimos al escenario, y nos presenté:
Hola, somos Bailando con Marta. Marta esta teniendo un hijo varón en este momento en el hospital Italiano, así que no va a poder venir. El guitarrista está casado con Marta, así que tampoco va a venir. Y el cantante Alejandro está con fiebre y vómitos. Él tampoco viene.
Por lo tanto voy a pasar a contarles un poco de mí porque firmamos un contrato y en una de esas después nos hacen garpar, y al sonidista y al de las luces alguien tiene que pagarles, así que esto sigue.
Podríamos empezar con que ayer tapé con una cruz de cinta la camarita de mi notebook porque me sentía observado. También, la semana pasada llamé a McDelivery y me quedé dos horas hablando de los diferentes combos con la que me atendió. Se llamaba Patricia y era muy simpática. Le dije de ir a comer a Burger King algún día pero se negó.
Sin ir más lejos ayer vi en la tele que en Asia Oriental tu suegra tiene que estar presente tu noche de bodas. Y que en Hong Kong si una mujer le es infiel a su marido éste puede matarla como quiere, pero si ocurre al revés, ella solo puede matarlo con sus propias manos. Sino es ilegal. También leí que en Yale, la universidad americana, te garpan 10 dólares la hora por cuidar una impresora. Si se atasca el papel, lo arreglás, y si no podés, llamas al Departamento de Computación. 10 dólares la hora. Levanten la mano acá todos los que ganan más de diez dólares la hora. Un bajón, ¿no?
Y bueno. Nada. Me quedé sin anécdotas. Por lo menos quemé 15 minutos. Ahora viene media hora de solos de bajo y batería. Disfruten.

Diálogo entre dos Saturday, August 14, 2010 |

- Yo creo que tiene que tener terraza, así tomás sol, sino en el invierno quedás hecha un alien pálido, ondulando entre el verde venoso y el blanco cadáver.

- Mirá Mauricio, no te preocupes por mí, no voy a ir nunca y la terraza me da miedo porque no voy a estar yo para cuidar a los chicos. Lo único que te pido es que duerman de a dos igual que acá. Es importante que les guste ir a tu casa los fines de semana.

- Bueno pero no te pongas así, podés pasar cada tanto a visitar, pensá que ellos son dos y yo soy uno, y yo a diferencia de otros no soy mantenido: yo trabajo, pago alquileres, pago reproches, malcrianzas, caprichos...

- ¿Cómo dos? Espero que tengas lugar para los cuatro. Ya sé que Miguel y Benjamín no son tus hijos pero necesito que te los lleves con sus hermanos. Ellos no pueden separase. Por supuesto que si me gusta la casa, voy a ir a visitar. ¿Te gusta este barrio?

- Bueno pero Miguel todavía no dejó la teta y Benjamín sigue usando pañales, supuse que se iban a quedar con vos, perdoname. El barrio bien, no sé, vos sabes como me siento respecto a los supermercados chinos. Parece que estuvieran mutilando ballenas moribundas, se huele desde libertador, es un bajón. ¿Por qué, a vos sí te gusta?

- Me parecía bueno que estuvieras cerca por si necesito algo. Como una transición. Yo en realidad no quiero que vayas, eso es una decisión tuya. Pero pensalo. Yo seré fea y pálida pero cocino bien y tengo una dentadura sana.

- Es verdad, pero yo siempre te dije que vayas a algún casting de Colgate y nunca me diste bola, y con el tema de la cocina ni empecemos, los platos te salen ricos pero los ingredientes carísimos, siempre probando cosas raras al final del día los ravioles de salmón tienen un gusto amargo a cuenta eterna de supermercado. Yo encantado de que pases por casa, siempre y cuando tomés sol en la terraza y me ayudés con los chicos, ¿Es mucho pedir?

- Si voy a tomar sol, voy con un amigo. Juan Galvez, ¿lo conocés? Es de Lanús.

- No, por mi ni te preocupes, caé tranquila con tus pretendientes, yo encantado, si hay un cuarto de invitados te lo cedo, o mejor, voy yo al cuarto de invitados y les dejo el principal, así están más cómodos.

- Ah, ¡Estás celoso! Es sólo un amigo pero tu reacción indica que me seguís queriendo. Estoy segura. Te conozco. Sé que me querés castigar, que estás enojado por algo. Por favor decime qué es.

- No no no no, no voy a caer en tu psicoanálisis barato tan fácilmente, yo se donde termina esto, vos te haces la arrepentida nosequé miau miau uaf uaf perrito mojado, esto se desvirtúa, y en vez de concentrarnos en mirar casas acabamos encerrados en algún cuarto, la de la inmobiliaria sale del baño de una puta vez y nos encuentra trepados arriba de un mueble todo plastificado y después encima me culpás a mí por impulsivo cuando en realidad vos lo tenías todo planeado de antemano, ¿O me vas a decir que venís vestida de mini-falda en invierno porque las calzas son más abrigadas que el jean?

- ¿Y eso que tiene de malo? Así es la vida. Queremos cojer, cojemos. ¿Cuál es el problema? Todavía sos mi esposo lo que entiendo es por qué te querés ir de casa. ¿Es por Benjamín y Miguel? Si al final son como tus hijos.

- Claro. Hagamos énfasis en el “como”. Porque yo soy rubio, ojos azules, blanco teta y ellos amarillos, pelo negro y ojos semi-achinados. ¿En qué aspecto son como mis hijos? ¿Porque les pago los pañales, la ropa y me banco los gritos?

- Eso es culpa tuya por mudarnos al barrio chino. No des vueltas las cosas me eches la culpa a mí.

Yo escribí la voz masculina, Ana la voz feminina.

mauricio Friday, August 13, 2010 |

- Tenemos que hablar Mauricio. Tengo algo que decirte. Mauricio. Es importante. Mauricio mirame. Mauricio me podés prestar atención es la última vez que te lo digo, ¡Respondeme!

- Qué pasa.

- Nos vamos a tener que mudar.

- ¿Y eso por qué?

- Porque no nos va a alcanzar el espacio.

- ¿Y espacio para que querés? Esa maquinita de karaoke ya te dije mil veces no la vamos a comprar.

- No, eso no Mauricio.

- ¿Andas queriendo adoptar un perrito de la calle o algo así? ¿Por eso hinchabas el otro día con que te sentías sola durante el día? Mira tu telenovela, o mejor salí a caminar que no te vendría mal. O anda al gimnasio de una puta vez que vengo pagando la cuota hace tres meses.

- No Mauricio, no es eso. Y no me digas que estoy gorda.

- Yo nunca dije que estés gorda. El ejercicio hace bien.

- Yo hago ejercicio. Casi todos los viernes voy a bailar salsa con Chechu y Pani a Tropicana.

- Con esas dos malparidas que son como la garrapiñada, se las hacen en todas las esquinas.

- No hables así de mis amigas Mauricio. Vos terminás toda las noches en algún bar y yo nunca digo nada.

- Bueno pero a la mañana salgo a correr y me mantengo en forma, por más resacado que esté.

- Pero Mauricio yo no estoy gorda. Estoy embarazada.

- Justo lo que me faltaba, no me vengas con esas pelotudeces de nuevo.
- Pero enserio Mauricio. Esta -

- ¿Esta que? Si hace 4 meses que no hacemos nada, desde que te cortaste el pelo y te lo teñiste de rojo parece un travesti, ya te lo dije mil veces, no te toco ni con un palo hasta que vuelvas al rubio.

- Mauricio no me hablés así, sabés que me duele. Hoy me hice el test y me dio positivo, te juro que esta vez no es mentira.

- Y bueno, si no es mentira, no vas a esperar que me haga cargo, mío no es.
- Pero Mauricio nosotros somos una pareja, tenemos que acompañarnos en las buenas y en las malas.

- Bien que no me pediste que te acompañe en las buenas, cuando estabas abajo del padre de esa criatura, ¿y ahora querés que esté acá para las malas?

- Pero hicimos un pacto: ¡hasta que la muerte nos separe!

- No me lo repitás dos veces que en una de esas te caes por las escaleras y quedamos felizmente separados.

- Mauricio me estás rompiendo el corazón, fue una sola vez, te lo prometo, no debí haber tomado tanto, son cosas que pasan.

- ¿Y quién es el padre?

- No sé.

- ¿Pero no había sido una sola vez?

- Sí bueno. Pero eran más de uno.

- ¿Osea eran dos?

- Osea eran más de uno.

- Ah bueno, que plato. Mira con el bichito que me vine a casar.

- Mauricio perdoname. Quiero que entiendas, estoy muy arrepentida, vos sos el amor de mi vida.

- Bien que no me lo mencionaste hasta que se te infló la panza, sinverguenza.

- Pero yo sabía que ibas a reaccionar así, ¡no te quería lastimar!

- Ah, ¿lastimarme a mí? No nena, por mí no te preocupes, si hoy sale alguien lastimado de este cuarto sos vos.

Estas son las mañanitas Tuesday, June 15, 2010 |

Escucho el teléfono y salgo apurado de la ducha. Me frena tan sólo un instante un frío que me da la bienvenida al pasillo, y troto como pingüino malherido, sabiendo que al teléfono no voy a llegar. Pero lo que vale es la intención, me convenzo, porque de lo contrario, me persiguen verbos condicionales por el resto del día: y que si tal, y que si cual. (Yo quería ser bombero, de chiquito, quería ser alto y bigotudo. Enano no soy, pero los bigotes me hacen acordar al verdulero de la esquina de Juncal, y por eso nunca los dejé crecer.)
Sigo dejando rastros, gotitas ordenadas, como migas de pan y Hansel y Gretel. Hace mucho que nadie me lee un cuento. Hace mucho que estoy parado en el mismo lugar, frente a un teléfono callado, y se observa una laguna tímida en la alfombra.
Termino de cambiarme, salgo a la calle y me siento en los escalones.
No hay nadie.
Del lado de enfrento veo un árbol de tronco flaquito que se asoma entre la maleza casi artificial del lote vacío. Las ramas y las hojas recién comienzan a la mitad de su tronco pálido, que contrasta con el verde muy verde de su melena. No veo ningún nido de hornero. Y tampoco es bueno para trepar.
En cambio, sería un buen cepillo de dientes para un gigante.
Orgulloso, me permito continuar hacia la parada.
Por suerte el camino hasta la oficina es largo, y una vez arriba del colectivo, con la cabeza rebotando contra la ventana, mi mente puede abstraerse y flotar, como haciendo la plancha en el Mar Muerto.
Pronto me siento pequeñito, así en diminutivo, confundido entre la diferencia entre el kung fu y el karate. Honestamente. Los primeros 10 años de vida estuve convencido de que nací destinado a ser un power ranger rojo. Pero aún teniendo miles de horas de capítulos de esas figuras multicolores, y habiendo sido traído a este planeta oscuro para salvar a la humanidad y andar en robots extrañamente enormes y torpes, no sabría decirte si los power rangers hacían kung fu o karate. O tai chi. O ninjitsu. O taekwondo. Y a estas horas de la mañana, verás, estos dilemas son esenciales.
Yo pienso en figuritas de acción. La rubia de al lado en un castillo construido con cosméticos y el gordo quiere abrir la ventana del asiento de adelante pero la vieja no lo deja, y sabe que no se va a poder sacar el saco en todo el día, por las marcas en la camisa. De sudor. De odio. De ganas de abrir ventanas. No sé.
Tengo la mala costumbre de autoperdonarme todas las mañanas. No importa qué haga, qué piense, qué diga, todo está bien porque es la mañana. Y las mañanas son horribles, porque levantarse no está bueno. Entonces no dejo pasar a la señora saliendo del ascensor, no ayudo al ciego a cruzar la calle, no le devuelvo la sonrisa a la farmacéutica, no me afeito, no me peino, no me ajusto la corbata. No me apuro. No me lavo los dientes, no le doy monedas al quiosquero, no le hago caso a mi vieja y rompo la dieta, no puedo no gritarle a la pobre chica que vende los boletos en la estación, no puedo no pegarle al obrero que le grita bombón a mi vecina, no puedo evitar que me deje el ojo morado como pasa de uva vieja. No puedo no llegar tarde, no puedo concentrarme, no puedo trabajar, no puedo no mirarle el escote a Vicky, no puedo no mirarle el escote a Susana, no puedo no poner cara de asco cuando pasa Francisca, no puedo ir al baño y mear tranquilo sin que algún clásico ofinicista reprimido quiera hacer de mí su nuevo mejor amigo. En el baño. Hacerse amigos. No se puede creer.
Se hacen las doce, el sol pesado sobre nuestros hombros, pleno mediodía; mi mente analiza el caos matutino, lo estructura, lo identifica, lo categoriza, finalmente lo acepta y en la primera vidriera que cruzo al salir del edificio en mi recreo del almuerzo, me perdono. Simplemente, me perdono, y está todo bien, porque levantarse no está bueno, y las mañanas son difíciles. Por no decir imposibles.

Llave Saturday, June 12, 2010 |

Mi abuelo era veterinario. Pocas personas lo saben, pero los veterinarios suelen tener acceso a todo tipo de drogas. En los procedimientos quirúrgicos de varias especies animales es usual usar ketamina o hasta mezcalina. Le sumamos que mi abuela sufría de constantes ataques de ansiedad y tensión, así que se daba la libertad de tomar todo tipo de anti-depresivos y sedantes. Con los años fue aumentando las dosis. Pronto los cajoncitos del baño no alcanzaban y colocaron todos los farmacéuticos en un viejo ropero chino. El mueble estaba cerrado con llave. Llave que me prometí a mí mismo que algún día encontraría y haría la fiesta más psicodélica y alucinógena del barrio.
Nunca había tomado drogas disociativas ni planeaba hacerlo de manera rutinaria, pero estaba profundamente interesado en el tema. En el colegio mi materia favorita era química, y en mi casa solía estudiar las formas moleculares de los diferentes compuestos, aprendiéndome de memoria sus pesos moleculares, la existencia de centros quirales, el pH en la solución en la que se preparan, las constantes de ionización…
Estaba fascinado. Si hubiera vivido en la ciudad probablemente me hubiese encontrado con las drogas a más temprana edad. Pero en un pueblucho chiquito como el nuestro, las fuentes era escasas y lo que estaba de moda era el metegol y los fichines. Por esa razón recién a los 29 años, cuando encontré la llave, se me abrieron las puertas hacia ese mundo desconocido. Mis abuelos se habían ido de viaje a Mar del Plata y me confiaron la casa, pobres ingenuos, suponiendo que con casi treinta años y a dos meses de casarme ya no había riesgo de que haga nada. No habían ni terminado de sacar el auto de la cochera y ya estaba revisando todas la casa. En los cajones de la mesita de luz encontré un arma, cosa que me dio un poco de miedo. Mi abuelo tenía un carácter fuerte, y en una de esas al ver su casa destruida se le ocurría llenarme de agujeros. Escondí el arma en la alacena junto a la polenta y el arroz.
En los cajones del baño encontré una pipa, y entre los cosméticos había un dildo que brillaba en la oscuridad, pero la llave no aparecía. Di vuelta toda la casa, busqué entre los libros y las toallas, debajo de colchones y sillones pero nada. La terminé encontrando a las siete de la mañana, acompañado por un amanecer turbio, entre la ropa interior de mi abu, de la cual me niego a hacer ningún comentario. Festejé con una taza de leche tibia y me puse el despertador a las dos de la tarde. Había mucho trabajo para hacer.
Apenas me desperté comencé con las preparaciones. Llamé a Fran para que se ocupe de invitar a todos. A Juan y a Tito para ordenar el inventario y a Jorge, que solía ayudar en la farmacia a la noche, para preparar las soluciones, las dosis per capita y demases. En menos de dos días ya estaba casi todo listo. Habíamos encontrado más de cincuenta químicos. Entre ellos había anti-depresivos, sedantes, drogas con propiedades analgésicas, anestésicas y algunas, en altas dosis, con potencial alucinógeno. Elegimos las que creímos que tenían una encubierta capacidad recreativa y las pusimos en vasitos de diferentes colores. Por suerte Jorge era epiléptico así que no podía tomar ni drogas ni alcohol. Usualmente lo usábamos de conductor, pero hoy le tocaba ser supervisor de actividades ilegales. La fiesta fue un sábado. Invitamos todos a comer antes, para asegurar la correcta digestión del postre mágico, y yo di un discurso enternecedor en el cual explicaba las precauciones que debíamos tomar. Elegimos cada uno un vasito y, como si fuera año nuevo, hicimos una cuenta regresiva desde diez, brindamos, y tomamos el contenido.
Desde ese momento en adelante mis recuerdos me fallan. En algún momento, probablemente en el principio, estabas todos bailando música tranquila, oscilando entre el reggae y unos blues viejos que no sabía de adonde habían salido. Después hubo una especie de oleada de nostalgia y cariño, y nos encontramos abrazando todo: algunos abrazando la biblioteca, otros al aparato de música, repartiendo besos al piso, las paredes, las alfombras. Yo me mantuve como garrapata colgado a una estatua de mármol de Medusa, acariciando mi cachete derecho contra el mármol frío de las serpientes.
En la cocina varios lo obligaron al pobre epiléptico a cocinar, rodando en el piso, convencidos de que morirían de hambre mientras otros amenazaban con suicidarse desde lo alto de un sillón.
En un momento salimos al jardín, nos tiramos a la pileta con ropa y después bailamos en círculos. Jorge nos alcanzó ropa de mi tía abuela: tapados de piel, impermeables, vestidos. Nos vestimos unos delante de otros, sin vergüenza ni placer. Solo Tito, Martina y Vicky se alejaron saltando del grupo y desparecieron entre los arbustos.
Los demás volvimos a entrar a la casa. Pero María empezó a gritar que había un monstruo violeta enorme que quería comernos a todos y pronto empezamos a maullar, rugir, ladrar, mugir, correr. Nos defendíamos con sillas, esculturas enanas, cuadros, tirábamos libros como hachas pequeñitas y soltábamos heroicos alaridos de guerra.
Eventualmente María gritó “¡retirada!” y todos salimos a la calle. Ya a salvo nos encontrábamos de mejor humor pero seguíamos sobresaltados y con los pies lejos de la tierra.
Vestidos como una pandilla de coquetas y travestis entramos a un restaurant y fui yo, si mal no recuerdo, quien dijo “esto es un asalto”. No pedimos dinero ni robamos nada de valor. En cambio nos dedicamos a picar un poco de los platos, hacerles caras y muecas a los clientes y pararnos sobre las mesas. Obligamos a la banda en vivo a tocar algo más movido y sacamos a las mozas y cocineras a bailar. Laila y Sofi hicieron un gran baile del caño imaginario sobre la barra. yo me robe el micrófono un rato para cantar “Yellow Submarine”. Del mismo modo asaltamos dos bares y un colectivo antes de ser arrestados por la policía. Pasamos los treinta unos cuatros días en la cárcel municipal, de los cuales dos fueron durmiendo a pata suelta unos arriba de otros.
Lo poco que recuerdo de esa noche nunca lo olvidaré.

Gunther Friday, June 11, 2010 |

Fui al consultorio de Gunther porqué me di cuenta de que no tenía amigos. Los pocos amigos que había tenido durante la secundaria y luego en la facultad, los había ido distanciando, uno a uno, y me quedé solo, con mi mujer, único ser humano con el que mantenía una relación más o menos cercana además de mi mamá. Cuando ella iba a jugar al bridge, yo miraba tele. Cuando ella iba a hacer shopping con Laura, yo miraba tele. Y me harté. De vez en cuando salía a pescar con el grupo del trabajo, pero siempre la pasaba mal porque pescar no me gusta y los tipos eran unos aparatos. Todos con su grupo de amigos, despedida de soltero, cumpleaños, abrazos, fútbol los domingos, y yo, nada, cero, caput. La mismísima Laura que se robaba a mi mujer, me recomendó este tipo porque un primo de ella había perdido a su perro y le funcionó bárbaro. Camino a mi primera sesión suponía que era una especie de adivino, pero cuando me empezó a hablar de acupuntura y agujas, me di cuenta de que no. Que era una persona malvada que disfrutaba de pinchar a otros inocentes seres humanos. Me convenció diciendo que la primera sesión era gratis, y que prometía restaurar mi salud y mi bienestar. Al final no le conté el tema de no tener amigos porque me moría de la vergüenza y no quería que pareciera como que le estaba pagando para entablar una amistad o algo por el estilo.
Así casi sin querer me encontré yendo dos veces por semana. Cada vez que salía del consultorio me auto-inspeccionaba de arriba abajo, minuciosamente, tratando de encontrar algún cambio, algo. No estaba seguro si estaba funcionando. No me sentía una persona más alineada, más en contacto con mi subconsciente, renaciendo en mi plenitud en la búsqueda de mi identidad. Pero tampoco podía saber si seguía todo igual porque no sabía muy bien qué definía “igual”. Por esa razón fui casi seis meses todos los martes y jueves a lo de Gunther, supuesto maestro en acupuntura y otras técnicas de medicina tradicional china.
Mi desconfianza nacía de la parte que indicaba que la técnica era de gente con ojos achinados, y Gunther era un alemán de casi dos metros, rubio y pálido, que casi no hablaba español, y mandarín, menos. Como si no fuera poco sus manos eran las de un gigante, torpes y bruscas, poco indicadas para la manipulación de agujas. Pero sobre todas las cosas, mi desentendimiento surgía del hecho de que yo me quedaba dormido, sin falta, las casi dos horas que pasaba ahí adentro. Y era tal el misterio de cómo lograba ese gigante rosa dormirme en tan sólo 10 minutos que me veía forzado a volver, a intentar descubrir su secreto, como niño que ansioso busca el conejo adentro de la galera y al meter su cabeza ésta queda atascada y no se la puede sacar y corre de la desesperación y se golpea contra una pared y muere. O se desmaya. O le duele mucho. No sé. Yo suponía que estaba en la parte en la que el niño corre, y aun sabiendo que era inevitable chocarme, no podía dejar de correr.
En primer lugar, yo siempre dormí boca abajo. Hasta las fotos de cuando era pequeño me muestran babeando en una almohada de pocahontas. Boca abajo. En el consultorio de Gunther me acostaba boca arriba sobre una mesa de masajes que aparentaba cómoda pero en realidad era dura como una piedra, sostenida en unas patitas finitas que te brindaban un tranquilizador sentido de pánico y precipicios. Le sumamos que yo sufría de un agudo insomnio que todas las noches me acosaba, como burro persiguiendo a la zanahoria, y tenía que leer y contar ovejas y tomar pastillas y recién ahí me dormía. A Gunther le bastaba con pedirme que me sacara la camisa con los ojos, algo que me hacía sentir terriblemente homosexual, y me apoyaba unas piedras coloridas sobre el pecho. Luego emitía un sonido bajo, como si fuese un ronroneo de un gato gordo y peludo, y a los cinco minutos me hundía en un profundo sueño. A la hora y media o dos me desperataba Gunther con unas palmaditas en los cachetes y me devolvía mi camisa. Al levantarme siempre encontraba sobre mi pecho unos pequeños puntitos, como rastros de lunares que nunca tuve, entremezclados entre los pocos pelos que tengo y mis dos inusualmente pequeñas tetillas marrones. Y no entendía nada.
Mis sospechas fueron y volvieron, tomaron mil formas y colores y ruidos y llegué a resumirlas a sólo unas pocas.
La primera es que me dormía con su ronroneo mágico y efectivamente lo único que hacía era pincharme con agujas durante dos horas con la sola intención de sanar mi alma. La próxima era que me vestía con disfraces eróticos de Mickey Mouse y Winnie de Pooh y Barney, me sacaba fotos con una cámara berreta y las vendía por Internet, en diferentes tamaños y colores. Por supuesto que nunca encontré nada en Internet, sobre todo porque era muy difícil decidirme que poner en el buscador en primer lugar, porque entre dibujitos animados y disfraces eróticos puede aparecerte cualquier cosa.
Mi tercera opción era que una vez dormido me usaba de apoya vasos para su termo y se tomaba un mate. Que en realidad era un uruguayo cualquiera y la jugaba de alemán para hacerse el interesante.
En último lugar sospechaba que me hipnotizaba y luego me mandaba a trabajar de paseador de perros en el barrio o alguna otra cosa así. Cuando volvía me pinchaba un par de veces y eso explicaba los puntitos.
Lamentablemente nunca pude descifrar el misterio. Pasados los seis meses me llegó una invitación al reencuentro de los veinte años de egresados, y ahí me encontré con Pedrito, un enano con el que solía coleccionar figuritas del mundial. A la semana nos volvimos a encontrar para tomar una cerveza, y después nos juntamos a hacer un asado con su mujer también enana y además, barrigona. No tuve otro remedio que considerarme curado, y encima andábamos con problemas económicos así que no podíamos darnos el lujo de seguir pagándole a Gunther. Le dejé dicho en el contestador que no iba a ir más.
Nunca descubrí cómo hacía para dormirme, ni que hacía una vez que estaba dormido. En la lucha contra el insomnio llegué a comprarme un gato, por el ronroneo, y piedras de colores, que apoyaba sobre mi pecho, pero nada funcionó. Hasta el día de hoy antes de dormirme, pienso en Gunther y en sus manos torpes y en su piel rosada.

adicciones Monday, June 07, 2010 |

Pastillas para sentirse mejor.
No cuestionan la causa. La ignoran.
No responden la pregunta. La olvidan.

Desde esa vez en la plaza no la volví a ver a Sofí. No la extraño, o por lo menos no como uno extraña a su prima o al chocolate. Quizás me contagio su despreocupación, pero creo que más que nada estoy intentando concentrarme en las cosas chiquitas. Es más fácil así, ¿no, doctor?

Mire. Esto puede hacerse muy simple, muy rápido.
Para dormir, las azules.
Para la memoria, las lilas.
Para despertarse, la de las agujitas. Esa también hace ruido.
Para evitar la violencia, las rojas.
Para guardar silencio, las rosas.
Para ignorar esos temas que nos desequilibran y disturban, las violetas.
Para sonreír, las verdes con rayas doradas.
Para abrazar, las verdes con cruces plateadas.
Para enmascararse y esconderse, disfrazar los candados, evitar la paranoia y los delirios, no distraerse de la realidad, tener una visión objetiva y moderna, ampliar el vocabulario, parecer intelectual, tener esa sonrisa de Bruz Wilis de costado y hasta esconder la pelada eficazmente, tome la celeste con puntitos amarillos.

Le aseguro que esto le permitirá olvidarse de esta tal Laura y no sólo eso sino que encontrará a la mujer ideal, su profesión indicada, dormirá 8 horas, se levantará sin lagañas u ojeras. En pocas palabras, la verdadera felicidad, ¿no le parece? ¿Qué más puede pedir un hombre?

Martín aguardó silencio. ¿Qué más puede pedir?
La independencia de las pastillas, se le cruzó. Animarse, a sentir, aunque sea tan sólo dolor, siempre será mejor que nada, pensó, pero rápidamente tomó el pastillero y se fue.
No conviene mostrar actitudes anti-sociales enfrente de doctores.
En una de esas terminás en un manicomio.

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(Otra sofía) Saturday, June 05, 2010 |

no pude cambiar la bombita
porque estaba demasiado caliente

y me queme.
y me duele.

pero no digo nada.

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Ventilador prendido, casi que no hacía ruido, era luna llena, y el reloj se acercaba a la medianoche. Noche sin lobos, ésta, noche sin fantasía ni fantasmas. Celebrabamos sin ninguna buena razón para celebrar. Celebrabamos porque no sabíamos que otra cosa hacer.
Las paredes estaban pintadas de rojo y blanco. Como manchones arbitrarios. Como los días que nunca recordaremos, días irrelevantes, días de charlas pequeñitas, de clima templado, o de paraguas, da igual, días en los que nos da igual. Blanco o rojo, nos da igual, son días que componen nuestra vidas, y aún así, son irreconocibles, son inútiles, son ahogados en generalizaciones de estaciones o fechas o adjetivos. Las paredes eran así de tristes. Ni bien entré, fue suficiente para entender que este día no sería uno de ellos.
El principio lo resumo: dos copas de champagne, hola a la gente conocida, intercambio conversaciones sobre el pasado, el futuro, deportes, dinero, dinero, dinero. Nada me sorprendía, hasta que escuché la voz de alguien cantando. Era la voz de una mujer, que viene del fondo, de lejos, como de muy lejos. Y me animé hacia el fondo del salón.
Y había un karaoke.
Eso no me lo esperaba. Resulta que a los japoneses les encanta el karaoke. Y esta fiesta era organizada por japoneses. De Japón. Japoneses que ilustraban comics. E invitados estábamos otros dibujantes. No sé.
Arriba del escenario estaba tímida una chica de pelo oscuro, prolijo, cortito, usando un vestido infantil, cantando una canción de U2 con un acento forzado, mezclando los versos con ocasionales risas y vueltitas en las que se enredaba y desenredaba con el cable del micrófono.
No pude sacarle los ojos de encima. Estaba completamente borracha.
Y se terminó la canción. Y se bajo del escenario.
Y me acerqué.

Muy buena interpretación. Estoy seguro que Bono estaría muy orgulloso de vos.
Aprecio el reconocimiento de mi talento natural. De chiquita quería ser cantante. Y lo soy, a solas en la ducha.
¿Nunca haces conciertos privados?
Nunca es demasiado tarde para empezar ¿y vos?
Yo no, no hago conciertos en mi baño. Me baño en silencio.
No, eso no, que cuando vas a subir a cantar
Nunca.

El diálogo siguió, interrumpido por ocasionales empujones de ojitos achinados y ojitos normales.
La perdí por un buen rato, y me senté en una mesa a tomar vodka barato. Suele sucederme cuando hay barra libre. La que preparaba los tragos se llamaba Marcela. Sentado al lado mío había un pelado con anteojos. Le aposté 100 pesos a que Marcela era lesbiana. Y le preguntamos. Y gané.
Le di 20 de propina a Marcela y dos o tres frases cortitas casi tiernas, y eso me reservó mi lugar permanente en la barra. Tomé dos o tres tragos más y Marcela le fue a decir al DJ que me llamé al karaoke. Estaba tan distraido pensando en chica del vestido infantil que ni me di cuenta que llamaban mi nombre.
Marcela me arrastró hasta el escenario y empezó una canción de Oasis. Wonderwall. Bárbaro.
Las primeras frases no me salieron y di como seis vueltas buscando la pantalla donde aparecían las letras. No había. Entre risas recordé la letra y me encontré cantando como nunca había cantando en mi vida. Me sentía Sinatra, pero con menos panza. No conocía a nadie, estaba completamente desinhibido.
Si la audiencia no hubiera estando mayormente compuesta por japoneses enanos, me hubiese tirado onda el gato volador a que me agarren. Pero hice la sabia decisión de no hacerlo, y terminó la canción, y me sacaron el micrófono y bajé, o tropecé, con los escalones.
Acto seguido, salí al jardín miniatura y prendí un cigarrillo. Fumaba como mucho un cigarrillo por semana, pero siempre llevaba encima. Había momentos que me exigían a los gritos fumar, el humo, el hábito, había algo tan poético que me transportaba a mi juventud. Lamentablemente. (Ahora me limito a hongos alucinógenos con un amigo de la primaria todos los 14 de febrero.)
Habré fumado por cinco minutos cuando apareció tambaleando la chica infantil. Noté que su vestido de celestes y rosas estaba compuesto por cuadraditos. Muchos. Y mirándole me maree y no escuché lo que dijo.

¿Perdón?
Qué dejes de mirarme las tetas.
Estaba mirando los cuadraditos.
Aham.
¡Te lo juro!

Así empezó.
Nos fuimos juntos a un bar irlandés que ella conocía en la esquina. Invité los tragos con la plata de la apuesta y pedí pochoclo dulce. No sé de que hablamos pero no recopilé datos relevantes de su pasado.
En cambio aprendí que le gustaba jugar al pool y que quería hacerse un tatuaje de Nietzsche. No se afeitaba el bigote, pero tenía amigas que sí. Planeaba raparse al cumplir los 30. A veces se comía las uñas.
Y su nombre era Sofía. Como conocimiento en latín, recuerdo haber pensado, pero no lo mencioné.
Quedamos en vernos. Escribió algo en un papelito y me lo dió. Lo metí en mi bolsillo.
Al llegar a casa noté que era la dirección de su casa.
Me pareció un detalle muy simpático.

alemania Friday, May 28, 2010 |

No hablaba ni una palabra de alemán y tenía que hacer tiempo hasta las cinco de la tarde. Me había ido a Alemania para gastar todos los ahorros que teníamos. Que teníamos mi mujer y yo. Mi mujer se llama Sandra. Me corrijo: mi ex-mujer se llama Sandra. El mes pasado me entero de que hace dos años que duerme con otro hombre a mis espaldas. Me entero porque me echan de la oficina, y me hundo en una terrible depresión, pensando que mi vida no podía estar peor, pasa el tiempo y nos cortan el cable, Internet, no vienen más los diarios. Yo era un amante de la rutina, y el cambio brusco me había dejado desentendido con mi ser y mi propósito en la vida. Tan así que apenas me adaté al trayecto del sillón al baño y del sillón a la cocina, temía que si hacía otra cosa me hubiese muerto. Literalmente. Si hubiese agarrado el diario para buscar trabajo, hubiese sido tal el calentamiento global en mi cráneo que se freiría como perro que una anciana loca mete en un microondas gigante y disfruta de los ladridos que emite antes de morir sofocado y radiado por esas ondas malas que tiran lo microondas. Así de mal estaban. Tan mal que cuando escuche el mensaje en el contestador del jardinero comprendí de inmediato que mi mujer tenía relaciones con él.
Habrá sido porque ningún jardinero llama preocupado por las plantas, y menos se atreve a decir (por más extraños fetiches sexuales que tenga) que no puede esperar a regar esos jazmines, encima en un tono picantón pero de ravioles bañados en pimienta negra, asqueroso, pegajoso, te diría que serían ravioles con pimienta y gelatina y miel y dulce de leche.
Estaba tan mal, te cuento, tan abajo en un pozo feo, (sin usar más adjetivos, solo un pozo feo), que al cortar el teléfono sonreí. Sonreí mucho y seguí sonriendo.
Agarré una valija, puse todas las cositas pequeñas de valor que pude encontrar. Los collares de su abuela, los aritos de oro de su mamá, los vestidos de marca, los tacos, los relojes, hasta el maquillaje, y las pulseras, y la plata que tenía guardada para regalarle a su sobrino que cumplía dieciocho. Le vendí las llaves de mi casa aun vagabundo por cincuenta pesos, que me entrego en monedas.
Y la valija la vendí en once por el generoso precio de casi seis mil pesos. Con eso me fui al banco, saqué lo que quedaba de nuestros ahorros y me tomé un avión a Alemania. Y ahí estaba.
Haciendo tiempo hasta las cinco de la tarde. Caminé entre los peatones alemanes por horas. Frené en un bar, me tomé un café, volví a la calle. De repente me empecé a sentir raro, como abusado, estaba imaginando los lugares de mi casa que el jardinero habrá estrenado, cuando percibí efectivamente que algo me vibraba. Y buscando en los bolsillos me cuenta que para mi sorpresa el saco era de un color amarillo patito, y en realidad me quedaba bastante apretado, y encima lo que vibraba era un celular rosa, con stickers de florcitas, que emitía a todo volumen una melodía electrónica acelerada, y ahí nomás, cuando levanté la vista ví unos hombres vestidos de negro, con esculturas siniestras en la cabeza, y tiras de cuero colgando de sus hombros como árboles llorones pero malvados y extraños y no podía parar de pestañar, como película entrecortada, giré en círculos y escuché risas y ví a un de espectadores, literalmente, espectadores riéndose. Y ahí estoy, entre bailarines, en medio de alguna plaza importante, siendo fotografiado por turistas japoneses, preguntándome, casi en voz alta, mientras hago un intento de seguir la coreografía de los profesionales. “¿Estaré bailando bien?”
La cita de las cinco con la stripper jardinera tendrá que esperar.

Gateando hasta el fin del mundo Tuesday, February 02, 2010 |

una tranquera
convencida por el viento
se deja abrir;
nada escapa.
-----------.-------------

Suele sucederme que me siento antiguo, un pinchazo en el tiempo y espacio, con sólo mirar a mis alrededores todo me es tan conocido, tan común, tan usual, y no puedo evitar no sentirme cómodo en lo habitual. Mi cuerpo se va ablandando, acostumbrándose a la cama de espinas, como si nunca me hubieran dolido en primer lugar. Recuerdo sin nostalgia los días de mi niñez, cargados de un asombro puro e inocente, creyente de un extraño culto con el que uno nace, un respeto hacia la naturaleza, una fe ciega en la humanidad y una mirada optimista, llena de esperanza, fija en el horizonte.
"Quiero ser presidente", recuerdo haber dicho. "Yo voy a arreglar todo."

Era caminar y observar por horas las plantas, contar las tetas de la perra de la vecina, aprender a andar en bici y animarme hacia las calles oscuras, una adrenalina hacia lo desconocido, mis primeros intentos de pintar amaneceres fucsias y anaranjados, una fe en mí mismo para ser el mejor, corriendo a mi máxima velocidad, esforzándome para ganar la carrera.
Y casi sin darme cuenta, de a poquito, me fui acomodando, como un viejo pedófilo que te sienta en su falda, y vos curioso intentas buscar tu lugar en el mundo y, no hay caso, hay un gran bulto que no te lo permite. Y el asco y el asombro y el medio se van esfumando, y dejás de golpearlo, dejás de arañarlo, te vas quedando quietito, escuchando la respiración del hombre que se anima a abrazarte, y lo dejás, y quedás ahí, ya casi cómodo, ya entumecido, cerrás los ojos.

Uno va perdiendo el asombro por las cosas, todas las cosas, y lentamente aparecen preguntas retóricas que nos van haciendo más lentos, más razonables, más adultos.
Éramos rebeldes, imparables, ruidosos, sucios, curiosos, nos metíamos todo en la boca, no teníamos miedo a nada. Y nos enseñan a tener miedo, a tomar precauciones:

"No te pongás atrás de las patas del caballo por que te va a patear."
"No salgas desabrigado por que te vas a resfriar."

Lo desconocido deja de ser un desafío. Ahora lo desconocido, es peligroso. La memoria nos deja grandes cicatrices, y un tropiezo nos quita las ganas de caminar. Si nos caemos del caballo una vez, no queremos volver a subir. Si nos rompen el corazón una vez, no lo volveremos a poner en vidriera.
Y así, comenzamos a negociar nuestra libertad:

"Tenés que estudiar".
"Pero quiero seguir dibujando."
"Si estudiás mañana te compro un juguete."
"¿Un lego? ¿Grande?"
"Sí. Un lego grande."
"Está bien."

Nos familiarizamos con todo a una velocidad increíble: nuevos idiomas, la bici, la tele, la compu, el mar, la lluvia, las tormentas, los bichitos, los gritos de los adultos, el silencio de los adultos, las malas noticias en los noticieros, las malas malas noticias en los noticieros, las fotografías de niños desnutridos, de adolescentes drogados, las historias clásicas de robos y secuestros y asesinatos. Nos familiarizamos hasta el punto que el miedo es un lugar cómodo, es un miedo conocido, hasta podríamos ponerle nombre y apellido y vestirlo de verde loro y abrirle la puerta y saludarlo con un beso en la mejilla o un gran apretón de manos.

Y finalmente, estamos oficialmente educados.
Nada de cantar en la mesa. Aprendimos a agarrar los cubiertos. Nada de andar desnudo por la casa. Hablamos inglés y nos podemos cambiar solos. Nada de escupir en la vereda, ya lo dejamos atrás. Ya no interrumpimos a gente mayor, ahora pedimos por favor y gracias, y comprendemos el significado de pecado, consecuencias, penitencia. Ya no hacemos más preguntas molestas. Ordenamos nuestros juguetes, no les pegamos a otros chicos, y cuando alguien te ofende, vas a contarle a la maestra. También nos bañamos una vez por día. Y tomamos coca sólo en el almuerzo. Y no lloramos.

No lloramos más por cualquier cosa.
Somos chicos grandes ahora.

Podemos acostarnos en la cama de espinas y por más que nos ofrezcas una cama cómoda, acolchonada, te diremos que no: ya estamos acostumbrados al dolor, gracias. Estoy bien así.

Lo desconocido, después de todo, es peligroso.
Los brazos del pedófilo no serán cómodos, pero tienen un lindo olor a colonia.
Y el lindo olor a colonia nos gusta.

Subtes multicolores Sunday, November 29, 2009 |

cortes y cicatrices
susurraba despacito
cortes y cicatrices
es todo lo que tengo

creo que no me vio. Estaba en el subte, como en diagonal a mi izquierda, botitas verde loro destruidas, una bermuda hasta las rodillas, cicatrices y tajos de una vida que no conozco. Ojos cerrados. Boca cerrada. No puedo evitar reírme de la gente que duerme con la boca abierta, apuntando al cielo, como esperando que ananá caiga justo entre sus filas sucias de dientes y lo ahogué ahí en pleno subte. Pero ella tenía los labios cerrados, orejas chiquititas, remera negra lisa, muñecas desnudas, ningún bolso. Si no la hubiera conocido así, durmiendo, hubiera apostado cien dólares que era lesbiana; o bi, ante la duda de esta gente dudosa. Pero ni se me cruzó por la cabeza despeinada. Saqué un cuadernito azul garabateado de mi mochila (suelo llevar cuadernitos y lapiceras negras a todos lados), y, dos estaciones antes de bajarme, escribí la siguiente nota:

Verdes
Tajos
Cerrados
Me hiciste sonreír.

No tengo muy buena letra y encima el subte porteño no ayuda, pero no importó, corté el pedacito de papel y antes de bajarme en Juramento de mi queridísimo subte verde, el D de dedo, se lo apoyé sobre las manos.

Sucedieron un par de cosas que no esperaba. Mi plan se basaba en las suposiciones de que, en primer lugar, ella viajaba sola, y por ende, no habría ningún conocido despierto que podría llamarme la atención. En segundo lugar, supuse que ella estaba dormida. Y finalmente, creí que era heterosexual, mujer y nunca la volvería a ver.
Más adelante sí confirmé que era heterosexual y mujer. De varias maneras. En todo lo demás, estaba equivocado.

Para empezar: no, no estaba sola. Una amiga viajaba con ella, de pelo medio azulado violetaceo, (como peluca sacada de juguetitos una banda indie-pop australiana que aparenta ser metalera pero canta de amor y pajaritos), y mientras yo la miraba a la de botas verdes, la peliazul me espiaba. Esto duró 5 estaciones hasta que me acerqué a dejarle mi nota, y la metalera wannabe me preguntó así como así,

qué hacés?

no tuve tiempo de responder o correr o mirar para otro lado, y la Alicia de las maravillas de botas verdes ya había abierto los ojos y ya me estaba desnudando con ojos negros, cara de hipopótamo o rinoceronte confundido, como insertado en telenovela mexicana y notando que no entra en el set. Simplemente, no entra.

Y como verán: no, no estaba dormida, sólo descansando con los ojos cerrados como sabrán si alguna vez se subieron a cualquier medio de transporte público de Buenos Aires, es algo que mucha gente hace.

Los hechos que siguieron a este incidente me son medio confusos. Yo intenté escabullirme velozmente hacia la puerta, por más que faltaba una estación para llegar a Juramento, pero para cuando llegué, la puerta se cerró en mis narices. Literalmente. Casi la pierdo. No como en esos chistes que dicen ay, te saqué la nariz, jaja. No tan triste, no tan gracioso.

Nos miramos esperando una respuesta una, dos, tres veces, y empecé a caminar hacia el fondo del vagón, y me escondí detrás de un hombre enorme, que parecía estar puesto ahí por el mismísimo LocalizadorDeLaGenteEnSubtes. No, no Dios. Dadas las circunstancias, no creía en Dios, por lo menos no en ese momento.

Llegó Juramento, me bajé del subte, y me posicioné en un escalón de las escaleras mecánicas para salir a la luz. No había pasado ni la mitad del trayecto cuando miro para mi izquierda y ahí está, niña botitas verdes, mirándome, sonriendo, subiendo por las escaleras "normales" por decir algo. Y yo sin lugar para ir o esconderme, sonreí, con cara de excusa incómoda, como frunciendo la puntita de una ceja y agradeciendo al doctor por el chupetín después de la dolorosa aguja que me clavó en el hombro. Todo eso, en una sonrisa.
Llegamos arriba y me quedé quietito, siendo empujado por la gente pero como quieto entre los empujones, esperando a que alguien emita alguna palabra. A todo esto la peliazul gritaba en otro idioma por celular y yo cada vez entendía menos.
Escribió algo en la parte de atrás del papelito que le había dado y estiró su mano para dármelo. Tardé en reaccionar, y medio ansioso lo agarré y leí casi en voz alta 8 númeritos, uno atrás de otro, que luego comprendí, formaban un cadencia de números, porque eso son números, y con eso, uno llama a personas. Como ella.
Para cuando levanté la cabeza ya se habían ido.

Quiero aclarar que esto no me sucede muy seguido. Es más, no me sucede nunca. Uno puede pensar que yo soy un drogadicto confundido maníaco depresivo que va dejando papelitos con palabras sinsentido en las faldas de diferentes mujeres y eventualmente alguna posible bisexual reprimida debía obsequiarme algo de atención. Pero me gusta pensar que no fue tan así, porqué era la primera vez que entregaba mi papelito en un subte, como los niños que piden monedas y dejan figuritas o estampillas de la Virgen, era mi primera vez, y me salió bastante mal. Pero tan bien.

Caminé las catorce cuadras hasta mi casa con un aire de victoria y honra, repasando los eventos y ocurrencias que llevaron a que yo tuviera en mis manos un papel con un número de teléfono de una desconocida. Desconocida. Que linda palabra.
Caminé casi sin notarlo, me parece recordar que casi me pisan un par de veces, pero nunca está de más cambiar bocinazos por segundos de fúnebres sueños de un futuro cercano. Abrí la puerta de mi dulce hogar, saludé a Fernando, un amigo con quién pago alquiler, y me concentré en un calendario de argentinas desnudas de él que tiene colgado sobre su cama. En cinco días la llamaría. Sábado 9 de abril.

No sólo no dormí bien, sino que tuve pesadillas con escaleras en cinco dimensiones que parecían llevarme a lugares inesperados, y pronto me perdía en un cubo mágico de caminos sin fin. No le intenté encontrar ninguna correlación directa con la mujer de botas verdes, simplemente dormí mal. Varias veces intenté dibujar su rostro o recordar detalles de sus manos pero no lo logré, los bocetos todos terminaban pareciendo de viejos arrugados por la cantidad de líneas inciertas y desencontradas. Hice un esfuerzo por contarle a Fernando pero pronto comenzó a parlotear de su salida con una pelirroja la noche anterior, y perdí interés.

No me sorprendió cuando llegó el viernes y me encontré llamándola desde un teléfono público, ya harto de esperar. No me pregunten porque desde un teléfono público, supongo que he visto demasiadas películas y ante la duda seguí el consejo de los directores hollywoodenses que me criaron.

No atendió. Tomé un café en la esquina, tomándome el trabajo de mirar toda la carta y leer todas las descripciones. A la hora volví a llamar. La conversación fue algo parecido a lo siguiente, pero con más Mmm y ehh y silencios incómodos que la hicieron durar una eternidad, como pato estático en medio de una laguna. Y blop se lo traga el viento:

- Hola?

- Hola.
- Quién habla?
- Ehm yo, soy el chico del subte.
- Ah.
- Sí.
- Estoy ocupada, me dejás un teléfono, te llamo más tarde?

Seguí instrucciones al pie de la letra, y le di el número de casa. No se me ocurrió darle mi celular por razones que me superan. Supongo que porque el número de casa era más corto y mientras menos palabras me veía forzado a emitir, mejor. No sé. De nuevo al sucio departamento compartido. Todo sucedía demasiado rápido y demasiado lento. Como hombre quieto en la lluvia exagerada, sin paraguas ni sonrisa, estático, todo parece moverse tan rápido y él quieto. Quizás esperando, como aquella letra de la renga, a aquel que nunca va a llegar, en la esquina de su barrio. Good times.

La historia sigue.

Pasaron varios días sin recibir su llamado. Tuve mucho tiempo para pensar, idealizar, imaginar, sus hobbies, si tenía mascota, si todavía vivía con sus viejos, si era lesbiana, si había leído a Sábato o si conocía a Elliot Smith. Si le gustaba escuchar el sonido que hace el silencio cuando todos intentamos no hacer ruido.
Y después tuve una especie de revelación. Su voz. No sonaba argentina, mucho menos uruguaya, o chilena... no conocía muchos personajes latino americanos, pero supuse que tampoco era colombiana o venezolana, ni ecuatoriana o brasilera. Ni mexicana. Automáticamente pensé que podría ser americana, pero la oración tenía un fraseo diferente. Horas pasaron, hasta comencé a buscar conferencias políticas en la tele, o algo por el estilo que me diera distintos acentos. Nosé porqué pero concluí, correctamente, a pesar de nunca haber cruzado el Atlántico, que era europea. Fa, fue lo primero que pensé; Fa.

Una semana y media pasó antes de que llamara. Varias veces pensé en llamarla e insistir, quizás había perdido mi número, quizás la había atropelldo un camión de Coca-Cola y estaba recibiendo ayuda médica y un gran cheque y necesitaba alguien con quien irse a Hawai a pasar unas hermosas vacaciones estereotipadas. Quizás la respuesta era simple y triste: no me quería volver a ver. O hablar. Pero efectivamente el llamado llegó. Atendió Fer, y me dijo medio riéndose medio serio y preocupado, que era la chica del subte, que suponía que quería hablar conmigo porque él no había conocido nadie en el subte, y tampoco anda repartiendo su teléfono por el subte como desesperado malcogido. A todo esto me imaginaba la europea de botas verdes riéndose del otro lado. Efectivamente cuando atendí se escuchaban rastros de una risa tímida. La llamada habrá durado 17 segundos. Nos veíamos el jueves en un bar Irlandés. A las 8. Llevá a un amigo. Bárbaro.

No está muy claro mi descripción cronológica de estos días bastante calurosos de abril, pero no creo que sea seriamente relevante a como se desenvolvieron los eventos desafortunados. De todos modos, para aclarar, el jueves se encontraba a dos días de distancia. Creo. Y con Fer fuimos al bar, entregados al destino. Para incentivarlo le dije que a Fer que la amiga estaba buenísima, que era rubia y alta y de gomas enormes. Tan grandes como coco de palmera africana. Eso lo convenció, y en el colectivo ya estaba pensando como emparchar las diferencias o la falta de similitudes entre la amiga peliazul que yo había conocido y la barbie que yo había descrito. No me tardo mucho para concluir que diría que aparentemente es una mujer europea con muchas amigas y no trajo a la misma que había visto en el subte.

Suficiente por hoy.

Esteban Monday, November 16, 2009 |

necesito silencio para escribir por razones que me superan

Él maneja una combi de escolares. Nunca le gustaron mucho los chicos, pero las horas son cortas y el recreo al mediodía, largo. Come siempre solo, pocas veces se junta con otros colectiveros a charlar de accidentes de autos, el clima, el partido del domingo. Tampoco le gusta tanto el fútbol, pero igual lo sigue. Es de Tigre. Vive a veintitrés cuadras de la estación de tren, pero para el lado feo, donde los perros callejeros muerden la basura y una que otra calle es de tierra. Cada vez que llueve hay una gotera que no lo deja dormir. Nunca pudo encontrarla. La gotera. Se imagina que hay un gnomo verde que hace el ruidito arriba de su techo, y en realidad, no hay ninguna gotera. Sólo un gnomo verde. Su mujer duerme lo más bien. Siempre. Se llama Carolina. Ella no trabaja. Nunca le mencionó el tema de la gotera. Ni que le cuesta dormir. En realidad, pocas veces le menciona cosas. Ella en cambio siempre tiene algo que decir. Que falta esto, que falta el otro, que te olvidaste de buscarme el pan rallado para hacer las milanesas y los chicos están cansados de comer la carne así nomás. Sí, tiene tres hijos. Dos nenas y un nene. Florencia, Agustina y Marcos. Tienen 5, 7 y 8 respectivamente. Las chicas son insoportables. No paran. Marquitos en cambio es callado, casi no habla, nunca se quejó de nada. Nos los ve mucho. Después de terminar su recorrido siempre hace tiempo en el centro viendo vidrieras o tirándose en alguna plaza a mirar el cielo. Se acuesta panza arriba en el pasto y mira las nubes pasar. Tipo 11 llega a casa con cara de nada, come solo, y se acuesta al lado de su mujer. Ya están todos durmiendo. Menos él.
Los sábados y domingos se despierta temprano, con los primeros indicios del amanecer, pero recién sale de la cama a las 12. Los chicos juegan afuera, y vuelven a la tarde para ver la tele. A veces hace trabajos de electricista para juntar unos mangos más. Cada tanto, se toma el 113 hasta Luján para visitar a sus viejos. De vez en cuando camina sólo las 23 cuadras hasta la estación de tren, y se para sobre la línea amarilla. Y cuando se escucha el tin-tin y se bajan las barreras, se imagina como sería tirarse, dejarse ir, y olvidarse del micro de escolares y las gauchadas como electricista, y la lucha por su jubilación, y los útiles de los nenes. Pero la gente se empieza a amontonar, y pronto él es solamente un estorbo, y se corre y se vuelve a su casa.
Ya no le preguntan adonde estuviste.
Al loco Esteban lo ven caminando solo, siempre solo, y callado, se dice que le pega a su mujer y que no quiere a sus hijos. Otros dicen que solía cantar y tocar la guitarra como los dioses. Otros que es un pobre infeliz y hay que dejarlo en paz, que haga su vida.
Que haga su vida.

buena Sunday, October 25, 2009 |

antes de que comience a parlotear de más, debo aclarar que no es una buena noche. O una noche buena.

Simplemente no lo es.
Verás, sucedieron ciertos acontecimientos desafortunados que me hacen pensar que el universo es un escenario decorado, y detrás de escena está el sonidista y el director, brindando, siempre, la misma escena, brindando, sea champagne o vodka, vasos o copas, se ríen siempre igual, voces oscuras y roncas, profundas como bocas de leones o hipopótamos. Cosas que pasan.
No sé, a veces creo que estoy loco, a veces que soy el único sano, pero la mayoría del tiempo me esfuerzo por no clasificarme o excluirme, hago un esfuerzo por incorporar la masa, incorporar las culpas y las responsabilidades, hasta intento llorar, intento llorar y no puedo.

No puedo. Y no se de quién es la culpa. No tengo una buena razón para llorar tampoco, o quizás tengo demasiadas, pero la cuestión es que la última vez que lloré fue a los 10 años de edad. Lloraba en la ducha, no me acuerdo porque, pero lloré por horas sentado en la bañadera, con el agua golpeándome, mis lagrimas se perdían entre líquidos ajenos.

Nunca gano en sorteos, ni concursos, y tampoco quiero empezar a ganar y poseer una suerte supernatural, sólo pido acceder a pequeños datos curiosos que llenarían mi vacío existencial. Para empezar me encantaría saber adónde fueron todas las cosas que perdí, adonde se escapan, en que universo paralelo está el power ranger rojo de mi niñez, donde está el buzo turquesa que me tejió mi abuela, que habrá pasado con aquel taxista que compartí una noche de confesiones en el café la humedad, en que cama duerme mi primera novia y que pasó con la morocha que prometió encontrarme en el muelle al atardecer y nunca llegó, y la esperé días comiendo panchos y durmiendo en la playa, y nada. Donde van? Carajo, aprieto la mandíbula, aprieto los puños y cierro los ojos, y siento que la sangre se apura a llegar a mi cabeza antes de que rompa algo, las articulaciones impacientes y un dolor de cuello y una nube de ansiedades y pensamientos que nublan mi juicio, quiero saber, quiero entender, que pasó, porqué no vino, hablándole a paredes, me pierdo en una música de boliche insoportable. Adónde van, carajo, será que enanitos multicolores me siguen y me roban las cosas y las apretujan en cajas de cartón que embalan y acomodan y las llevan a Japón para ser expuestas en alguna exposición de arte? será eso? enanitos multicolores?
me siento y no puedo no pararme para volver a sentarme
estoy harto de esperar
eventualmente no es suficiente, quiero las respuestas prometidas, no más comparaciones y metáforas.

No quiero gastar tu tiempo. Tampoco quiero saber si estás bien. Solo quiero molestarte.

carajo Monday, October 12, 2009 |

quiero escribir algo que comience por los dedos del pie, algo bittersweet, algo que me convenza
quiero dejarme ir entre bosques y mares y estereotipos tiernos de naturaleza
y puedo
pero a veces no

Se sentó como indio en el piso del living. Estuvo así tres horas. Quietecito, inmóvil, mirando la pared blanca. Alguna vez salimos a caminar y me preguntó, de que color son las nubes? blancas. ah. como la pared de casa. y sí, las nubes son como la pared. o será que la pared es como son las nubes?

se paró, mueca de nada, ojos cansados, caminó hacia el teléfono, lo desconecto, se volvió a sentar.

de que color son las nubes hoy? no hay nubes, sólo cielo. solo cielo.

hacía parpadeos largos, inflaba sus cachetes, miraba en diagonal las lámparas apagadas. Siempre fue inquieto, solía decir su madre, entre sonrisas nostálgicas.

Se calzó los zapatos y se fue. Caminó cuatro cuadras hasta la plaza. Se desató los cordones, la camisa, el cinturón, las medias, la remera, los boxers grises. Se desnudó sin gesitarlo, sin mirar a los costados, y se acostó panza arriba al cielo. Esperando a ser arrestado.

Fue un acto poético que me quebró el corazón. Los policías lo golpearon mientras él se resistía, una y otra vez, y pronto llamaron una ambulancia y se lo llevaron, ya quietecito, no del todo muerto pero no del todo vivo.

Quedó su ropa, en la plaza, dibujando arte abstracto para las palomas, regalándoles sus ansias de volar.

Me siento a recordarlo en la oscuridad, con un nudo en la garganta y una botella helada en la mano. Y no puedo evitar sentirme culpable, un cómplice de la incomprensión y la dictadura, manchado en sangre, hundido en tinta negra, con un nudo en la garganta, y una botella helada en la mano, lloró la primera gota por él.

celebremos la locura
carajo

Ahora Monday, October 05, 2009 |

Sentirse solo es curioso.

No hay que necesariamente estar físicamente solo. Hasta la presencia de muchas personas, sean conocidos hiperactivos o una masa gris que nos abraza, puede agravar la soledad. En contraste, al estar solo uno no necesariamente tiene porque sentirse solo. Es curioso.
Mas la soledad es cómplice, y cuando se encuentra presente, sin vueltas ni sarcasmos lo sabemos de inmediato. Prendemos la radio, subimos el volumen, abrimos una ventana para filtrar los ruidos de la ciudad molesta. Algo hay que hacer. No te podés quedar quieto, expectante, dejar la brisa entrar, como una cuchillada lenta en el pecho, respirar hondo y sin pestañar, ya mirando la nada, dejarse estar, y sentir el latir de un corazón amargado, amenazando con ir cada más lento; sentir la sangre en las venas; más allá, quizás la lluvia, sobre el techo de chapa del vecino, o los ladridos de algún perro vagabundo, o el ruido indestructible que hace el silencio cuando lo escuchamos. Categorizar y dividir todas las melodías que nos ofrece nuestro entorno, abstraerse, prenderlas y apagarlas, elegir, el piso bajo nuestros pies, la sirena de la ambulancia que se aleja. Por último, los suspiros de un viejo pudriéndose en un geriátrico, impaciente, intranquilo, como suspendido en el aire. Son los silbidos del taxista. Paredes de aire que nos separan. Lámparas y faroles y luces que no tienen nada para alumbrar. Porque no pasa nadie. Ni un alma.

Es un borracho que se acerca a pedirte monedas. Y no sabes porque pero le decis que no. Le decís que no. Que no tenés. Gracias igual gaucho, dice por lo bajo mientras se aleja caminando lento, yendo a ningún lugar. Y la garganta atada, y los hombros caídos, y las manos movedizas y quietas y movedizas, la mente en blanco y el inconsciente pasado de vueltas, zapatillas cansadas y medias esbeltas. Es escribir, solo, en una plaza mal iluminada, y sentir que la noche acelera, y la luna llena se mueve tan despacio, y el frío que no es frío sino la mismísima muerte haciéndote cosquillas, y uno que no puede no mirar los autos pasar.
Estoy cansado. Voy a irme a otro lugar.

Secretos de un idiota Friday, September 11, 2009 |

-- Veo el fuego, veo el final --
-- Cursy gilipollas te juro que me la pagarás --

Fue una triste cadencia de acontecimientos desafortunados, una especie de sopa de recuerdos que fui tragando a cucharadas, medio atragantado, medio triste, con los ojos llorosos mirando a la moza arreglarse el corpiño. Que bello mundo cruel.

Primero tapé la camarita de mi notebook con una cruz de cinta. Me sentía observado por un alguien desconocido.
Denuncie al cordero de dios en plena consagración de misa dominguera. Tenía 7 o 8, y siempre me quedaba dormido o hacía demasiado ruido, siempre corriendo de acá para allá, escondiéndome en los confesionarios. La única vez que le presto atención al cura escuho "Este el cordero de Dios que quita los pescados del mundo". Acto seguido, pronuncio, con las manitos en el aire en forma de protesta: "cordero chorro!"
Ahora tengo 9. Encuentro, en la computadora de mi papi, un video de mi tía bailando en bikini. Me invade una sensación de asco y placer. Me voy corriendo a mi cuarto y me abrazo a mi peluche favorito, que era un mono llamado Alpagualpa.
La semana pasada intento luchar contra mi pánico de los asientos dados vuelta en los colectivos. Me siento. Miro por la ventana. Veo a una mujer embarazada y en vez de jugarla de dormido, le ofrezco el asiento. Me dice muy fuerte y claro, "no estoy embarazada mi vida". Todos en el colectivo me miran. Casi corriendo me bajo del colectivo en pleno panic attack.
Ayer me sentía sólo y llamé a la operadora de McDelivery para hablar con alguien. Me aprendí todas las nuevas promos. Y hasta la invité a salir. Pero me dijo que tenía novio. Todavía sigo pensando si me mintió.
No puedo escuchar una canción sin marcar el tempo, sea mentalmente, 1,2,3,4, o con los dedos... o los pies... o la lengua. Es un problemón. Una mala conducta social. Atenta contra la tranquilidad de los que me rodean.
En momentos de absoluta clarividencia, no puedo diferenciar mi derecha de mi izquierda. No me juzguen.
Nunca uso los dos lados de la hoja. Sólo uno. No me pregunten por qué.
Mi madre solía festejarle el cumpleaños a nuestro gato "Chichón". Con torta, velitas, globos y guirnaldas, yo no podía no ponerme celoso, tanta atención a un gato obeso y arisco, lo único que sabía hacer era morderme mis power ranger.
Y hoy confieso mis secretos ante desconocidos porque, la verdad, no tengo nada mejor que hacer, con 49 años, ya usé todas las corbatas, ya recorrí todos los atajos y ya me emborraché hasta el cansancio, ya me casé y me divorcié, ya pasé por la etapa de las madres, y las abuelas, pase por la de las hijas, las hermanas, las nietas y las tías, y sigo sintiéndome un infeliz. Y mi psicólogo dice que el primer paso, es aceptarlo. El segundo, compartirlo. Así que ahí va.

Te miran |

kiosco de dulces
que quieres comprar
tenemos rocas, manos y luces
tenemos rosas, pies y atravesar
los confines del silencio
podemos
siempre intentar alcanzar
las llanuras del vacío
podemos
escapar cadenas ajenas
debemos escapar cadenas ajenas

deberíamos escuchar palabras
las nuestras.

reina matutina Wednesday, September 02, 2009 |

[A la gente le encanta repetir cosas.]

Me levanto confundido. Suele pasar, sobre todo últimamente, siempre con la mochila al hombro, siempre tropezándome con cosas y gente y más cosas, porque al fin y al cabo parecen ser sólo cosas, objetos inanimados que no me producen ninguna emoción o reacción, pedazos de materia abstracta o concreta que no me transmiten ningún mensaje, y que parecen estar posicionadas casi arbitrariamente para hacerme tropezar.

Hoy no es la primera vez que tengo un accidente, que me choco, que un camión acelera en rojo y me aplasta para hacer de mí y el asfalto uno solo. Lo que cambió fue que hoy pude sorprenderme, tuve la capacidad de asombrarme ante el tamaño y la forma, o más bien ante la curiosa cadencia de obstáculos que hicieron de mi mañana un viaje en tren de Retiro a Tigre, ida y vuelta, ida y vuelta, hasta que el tren se descarrila y aparezco misteriosamente en un mundo multicolor de fragancias desconocidas color rosa y enanitos violetas asquerosamente simpáticos. Mentira, mi terror a los trenes no viene al caso. Entonces.

Me levanté confundido. Apagué el despertador con la mano izquierda. Respiré. Respiré. Uno. Dos. Ojeé el cuarto. Todo seguía como lo dejé. El usual orden infeliz con el que suelo lidiar al amanecer. Fui a la cocina y me encontré con una mujer desnuda tirada en el piso. Me ventilé un poco más, y di media vuelta al living. Vi un caminito de ropa blanca que comenzaba en la puerta de entrada, se trepaba al sillón rallado y terminaba bajo mis pies. Mis uñas estaban largas. Ya era hora de cortarlas.

No sé cuánto tiempo estuve parado frente al espejo del baño haciendo nada.

En cambio, sí recuerdo haber cruzado la cocina en puntas de pie, con cuidado de no despertarla. No lo pensé, pero podría haber estado muerta o enferma o paralítica y yo me puse a hacerme el desayuno como todas las mañanas. Una taza de café, dos tostadas, tres puteadas, dos tropiezos. Me senté a comer, tragar, digerir. No pude no observar el cuerpo inmóvil. Y llegué a la conclusión de que mis sentidos fueron lentamente apagándose con los años. La veía como cuando un niño comparte la bañadera con su primita por primera vez, y confundido la mira y la evalúa y juega a encontrar las diferencias, tocándola con asombro, casi con miedo, con la mano bruta de un niño ingenuo. Ni una pizca de pasión o atracción. Era simplemente un obstáculo en el curso de mi mañana. Estaba boca abajo, con los pies descalzos bajo la mesa, un pelo negro hasta los hombros, mostrando los primeros indicios blancos de la vejez. Completamente desnuda, su color pálido contrastaba con los azulejos de tabla de ajedrez que tiene mi cocina humilde. Tenía la marca del bikini, así que supuse que A: había ido en el verano a la playa, o B: era de esas mujeres extrañas que toman sol en su terraza. Por sus curvas delicadas y su figura esbelta supuse que no sólo era desempleada, sino que pasaba su tiempo libre yendo al gimnasio, corriendo y elongando con un personal trainer mexicano atractivo con el que solía serle infiel a su marido gordo y orgulloso, todos los martes y jueves, a la misma hora. De esto salió una reflexión sobre lo saludable que debe ser mezclar sexo y deporte de manera consistente y rutinaria, y lo moralmente incorrecto que es meterle los cuernos a tu marido de manera consciente y estructurada.

No sé que planeaba hacer, no había un plan A o X, me estaba dejando llevar por mis impulsos matutinos. Nunca se me ocurrió que tendría que entablar una conversación con una mujer desnuda y desconocida a estas horas de la mañana, en mi cocina. Pero sonó el teléfono. Y seguía sonando. Escuché una especie de ruido, como ronquido de gato en celo, o como bostezo de vagabundo. Me preocupé, no por ella, pero por mi falta de respuesta, como tenista que saca y tenista que recibe la pelota con la frente. O no. No se sabe.

Sonó el teléfono, me acuerdo de haber atendido y mentirle a mi secretaria de que mi padre fue atropellado por un taxi. Amarillo. Un taxi amarillo. ¿Podés creer?

Corté. Me acerqué, y al segundo me aparté sobresaltado cuando tomó una bocanada de aire con los ojos abiertos como loca fresquita del manicomio. Me escondí atrás de la heladera y me quedé mirándola.

Giró la cabeza como búho, 180 para cada lado, y despacito se levantó y comenzó a probar mi desayuno. Un sorbo de café, una tostada con manteca, una sonrisa. No me acuerdo que paso después. Si me acuerdo que me saqué la ropa y compartimos el desayuno desnudos, entre risas y carcajadas. Desconecté el teléfono y puse unas pizzas. Se llamaba Natalia, estaba estudiando para ser monja, ojos verdes, orejas, chiquitas, labios tiernos, pómulos marcados.

No le pregunté como llego a mi encantador hogar, ni que representaban las marcas en su espalda, como tatuajes o cicatrices. Por el gustito a Gancia o licor me gusta pensar que se equivocó de departamento, y se tropezó con un mueble, una cosa, un obstáculo.

Y tuvo sexo desenfrenado con un desconocido en una cocina como un tablero de ajedrez.

Mi reina matutina.

Son las 7 am y estoy llegando tarde al trabajo.

Aprendí que las cosas pueden evolucionar en algo más que obstáculos.

Un auténtico accidente celebrado.

Y me subo la corbata.

pingüinos Tuesday, August 04, 2009 |

Hay pocas razones por las cuales un hombre estaría dispuesto a matar a un pariente de su mujer. Como una tía, por ejemplo. Pero antes de proseguir a intentar explicarlas, es importante aclarar dos cosas:
a) no suelo caber cómodo dentro del cubito de la estereotipada manera en la que se usa la palabra hombre, llena de prejuicios de coraje, fortaleza, orgullo, honor, una estúpida pasión por los deportes de contacto físico, una constante omisión de sentimientos y emociones y un forzado instinto por bombear todo lo que hace sombra. Tengo mis días, verás, pero usualmente simplemente no me siento identificado. No vamos a decir que no lo intenté, pero esa cajita es demasiado chica, y a la vez demasiado grande, como si no fuera cuadrada pero algún tipo de triángulo anti-geométrico malvado, y por más que gire y me tuerza, no lo lograré. Me tardo un rato aceptarlo. Me encantaría ser ignorante de todo y seguir, sentirme parte de un club privado. Pero no, un pingüino me recuerda de mi idiotez y pronto vivir no es tan fácil como pensaba.
b)[Preludio] Odio enumerar las cosas, como si fueran todos items separados y categorizados, cuando en realidad parece todo estar tan entremezclado que es imposible separar el chicle de la suela del zapato del trabajo que aborreces. [/Preludio]
De chiquito solía odiar a una maestra de lengua llamada Beatriz. Era cruel, vil, mala, malévola. No se me ocurren más adjetivos, pero si se me ocurrieran, los pondría. Muymuymuy mala. Tan mala que hasta tenía arrugas malas. Solía gritar, pero sólo cuando menos lo esperabas. Golpeaba la mesa con el puño para pedir silencio, y su diálogos se caracterizaban por ser adornados por una seguidilla de amenazas e insultos tan sutiles, pero tan evidentes. El ocasional uso de palabras como tarado o idiota, o hasta tonto, honestamente me herían. Yo me creía tan inteligente, único, superior, o por lo menos standard, normal, culto. Todo esto viene a que en julio del 94', cuando estaba en 5to grado, algo le pasó a una pierna (algunos decían que fue en una pelea en un bar contra seis borrachos, otros que se peleó con palos de billar con su marido, otros que saliendo de un taxi, este aceleró antes de que terminará de bajarse). No vino al colegio por 3 meses. La suplantó una hueca, de 25 años, que solía repartir unas hojas y escaparse a fumar mientras nos decía que trabajemos. Nunca golpeó la mesa, nunca levantó la voz. De vez en cuando se mordía el labio o jugaba con su pelo con la mano izquierda. Cuando Beatriz volvió todos sonreímos al escuchar sus gritos, ya montada en sus maletas y su pata de palo. La habíamos extrañado. Hasta el día de hoy no estoy muy seguro de que aprendí. Pero algo hizo tic. O crack. O cataplum.

Habiendo dicho esto, debería proseguir. Pero estoy cansado, y tengo la mala costumbre de siempre responder a mis impulsos. Y en este momento, quiero dormir. Seguiré después.

Yo no la maté Sunday, July 26, 2009 |

Siempre las manos frías. Ante todo, manos frías y ojos llorosos, un aspecto de lluvia, un apego a la palabra "enterrar" y una pasión irracional por todo lo verde loro. Se llamaba Sofía. Leí alguna vez en un libro que significaba "conocimiento", en uno de esos libros que ofrecen una introducción a la filosofía, pero nada tangible ni sensato, abusando de sinónimos de abre tu mente, abre tus ojos, sal de la cueva, como si recibir más órdenes haría que rebalsara el vaso y entendiéramos que no tenemos control sobre nuestras vida y somos tan sólo títeres. Blah blah blah. Es todo muy cliché. Y me avergoncé tanto al pensar que su nombre significaba "conocimiento", que apenas se lo comenté me di cuenta de lo fuera de contexto que estaba mi comentario, de lo fuera de contexto que estaba yo en ese bar oscuro de barrio, cambiando la cerveza de mano cada diez minutos para que no se me congelen los dedos, con mi usual paranoia que todos los ojos están en mí. Y lo peor es que esa noche turbia de lunes monótono, cada vez que giraba, efectivamente estaban todos observándome. El viejo de la barba. La chica de la barra, entre boina y rastas. Las solteronas. Los solterones. No había personaje que no me dedique su tiempo para hacerme sentir espiado y vulnerable entre el rock de los 80' y el humo de los puchos de Sofía, uno atrás de otro. No recuerdo de que hablamos. Sé que cuando la alcancé caminando hasta su casa, tenía la seguridad de que la volvería a ver. Días más tarde me odiaría a mí mismo por olvidarme de pedirle el teléfono. Cosas que pasan, trata de uno de convencerse.
No sé si lo mencioné, pero desde chiquito siempre tuve pesadillas, me han acompañado a lo largo de los años, y ya ni intento otorgarles significado. Esa noche me levanté agitado después de pensar que mi mano derecha se había transformado en un bonsai horrible y deforme. Comenzó con un pastito, del que tiré casi instintivamente, y pronto apareció otro, y otros, y a medida que arrancaba desesperadamente con mi mano izquierda los yuyos verdes, brotaban más ramas y raíces y veía menos dedos y uñas.

Pero ese es otro tema. Ya habrá tiempo de hablar de mis pesadillas y mi insomnio. Me interesa hablar de Sofía, y los eventos que me llevaron a matar a su tía.

negación artística Tuesday, March 17, 2009 |

No. Ese no es mi nombre.
Soy titulado desconcertante, desconfiado, desconocido.
Ya era de noche. Apoyé el maletín con rabia; no lo arrojé, no lo tiré, no lo chamusqué contra la pared: con odiosa suavidad lo apoyé en el sillón, y ahora así, casi me ahorco sacándome la corbata, y luego la camisa, y zarandeé los zapatos y dejé caer el cinturón y observé por un segundo el living comedor infestado de ropa. Media vuelta y a la cocina. Busqué en uno, dos, tres armarios. Cuatro, cinco, siete cajones. La heladera. El frizzer. Nada. Abajo del lava platos. Sí. Bingo.
Me serví un vaso. Medio más. Saqué unos hielos. Respire hondo. Me saqué el anillo, y lo acosté con cuidado en la mesada de mármol helada. Me froté los ojos. Me distraje mirando los deliverys pegados en la heladera. Un chau fan; medio kilo de menta granizada: una napolitana; una comedia romántica pésima. "Como en tu casa".
Me estiro, prendo la radio. La última del dial. Me siento en el piso, con mi vaso y los hielos que acompañan mi cavilar descarrilado con el ruido sutil que hacen contra el vidrio.

Me había olvidado mi celular. Eran las 11. Apuré la reunión y me subí a un taxi para buscarlo. Llegué 11:20. La puerta estaba abierta. Antes pasé por el baño. La tapa estaba levantada. En la cocina, todo limpio. Empecé a subir las escaleras. Me acuerdo que escuché música. Cinco, seis, siete escalones. Frené a escuchar. Era Barry White. Ocho, nueve, diez. Sin moverme, vi el celular al lado del jabón, en el baño, y noté que estaba tarde y a pesar de haber considerado irme sin saludarla, puse el aparato en el bolsillo, y entré al cuarto.

Me sirvo dos vasos más. Respiro hondo. Ni me molesto en ponerle hielo. Me agarran ganas de toser, pero no. Entra una luz por la ventana desde el departamento de enfrente. Sigo en el piso, con la espalda contra la pared. Me miro los dedos del pie. Tomo otro sorbo. A mi derecha, veo que dejé la puerta abierta. Fuckit.

Entré. La cama estaba desarreglada. La puerta del baño suite, cerrada, la luz de adentro, prendida. No pude no sentir nada. Me quedé inmóvil, sabiendo exactamente como se iban a desarrollar las cosas. Cerré los ojos en un pestañar en cámara lenta. La luz del baño de apagó. Salió mi mujer, con una de mis camisas a cuadros y un short amarillo cortito que había usado ayer para disfrazarse de colegiala. Sus ojos. Ella también, quedó estupefacta. Muda. Barry White seguía de fondo, I can't get enough of your love. Éramos dos muñecos. Quietos. Esperando. Desde atrás de la cama, el tercero. Un hombre en boxers negros apretados se pone de pie lentamente. Somos tres piezas de ajedrez. No hay reloj. No hay lágrimas. No hay gritos. Pestañeo. El hombre levanta su camisa del suelo. Me doy cuenta que estoy bloqueando la salida. No puedo no quedarme quieto. Mi mujer deja de mirar el piso para mirarlo a él, luego a mí, luego a él. El desconocido casi parece tenerme miedo. Como si yo fuera a sacar una tijera y cortarle la aorta en este preciso instante, bañando nuestro tablero desordenado, quitándole la vida al rey, festejando en silencio un jaque mate apresurado. Me corro a un lado y le hago señas con la cabeza para que se marche. Sin pasar por mis ojos, se va y encara la calle semi-desnudo.

Suena el teléfono. Suena como si hubiese estado sonando hace años. Hace siglos. Me agarra un profundo sentimiento de extraño confundir, un mareo de alta mar, como si tuviera un segundo latido en mi cabeza enviándome una señal en código Morse. Toco tierra firme con mi mano izquierda. Me rasco la barba. Está todo oscuro. Solo entra una tímida luna nueva de una noche nublada. Y hoy, es suficiente.

Quedamos dos. Ella, y yo. Miré alrededor con repulsión, con desapego, y no pude evitar que me inunde una lujuria desenfrenada, mientras quebraba los botones de las camisas y, sobre el piso de madera, compartíamos un sexo imprudente, atropellado, aturdido, casi violento en completa profanación de lo absoluto y misterioso. Una vez terminado me levanté, y también yo salí semi-desnudo a la calle. Quedo una.

Me levanté para buscar otra botella. Me llevé puesto el sillón y tanteé la pared hasta encontrar la luz [No lo sabía en ese entonces, pero la luz, al final de túnel, era un tren de carga aproximándose: chú, chú… chú y chú.]. Caminé hasta la cocina, destapé otra botella en pleno estado de inconciencia y sonreí, ya entregado a la luna nueva y el silencio y una oscuridad invitada para no revelar el vacío. Persiguiendo el cambio, me serví otro vaso.

ojotas Saturday, March 14, 2009 |

Infragante insomnio y anomalía tenue y cremoso nublar
de un portazo
desquebrantar injusto de una pared mal pintada

Salgo vestido, cubierto, escondido
arduo caminar, bostezar, bostezar
injusta lluvia de un peso inmenso
húmeda gota final

como quieres que te siga
si soy tan sólo un espectador
si cielo no es no llegar
si caerse no es no levantarse

adonde escaparon las gaviotas de este puerto
adonde se escondieron los fantasmas del sordo
acontecer

adonde se escuchan las palabras y se huelen
los aullidos
adonde se dictan las leyes del correr
desaforado

adonde encuentro mi espejo arañado
de quehaceres indispuestos y jardines sin podar
adonde encuentro mi espejo anclado
entre tanto místico pasado y un tierno Gibraltar

adonde están las sirenas del presente
indulce,
aleteando
en la arena
sin respirar

adonde fueron las palomas blancas
de nuestro buenos aires
idiotas
inocente
signo de vitalidad

quiero tirarle pan a las palomas
muertas de nuestro pasado
quiero pisar un gato atobianado
y llorar manchas irregulares
e irme a dormir de triste mojado
quiero saltar las rejas grises
de nuestras conductas
y romper los botones de tu camisa
quiero dejar atrás nuestras huellas
quiero caminar sin prisa
quiero husmear sin siesta, sin ella
limpiar mi playa de arena
y en un cine del abasto
mi presente interrogado se estrena
en silencio
sin luces ni pochoclo
sin niños ni silbidos
quizás
uno que otro espectador reprimido
pelado
viejo
y un vacío asiento vacío.