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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

Pájaro de metal Sunday, January 14, 2007 |

Entré al baño y estaba vacío, me esperaba, el espejo, esperándome, me confesó que tenía el cuello subido y una marca de rouge en el cuello. Me lavé la cara y miré fijo a esos ojos que me miraban y estuve así largo rato, esperando a que algo suceda. Pero no. A veces esperar no es suficiente.
La puerta decía tire pero empujé y frenó ante un obstáculo, un compañero, que balbuceó algo mientras se masajeaba el cachete pálido. No iba a ser un día fácil.
En el escritorio me hundí en las palabras vacías y los quehaceres reprimidos y, para variar, trabajé, como poseído, algún vagabundo me regaló su concentración y su astucia. El buen karma, sonreí.
Me fui temprano y caminé abstraído entre las cabezas y los botones, la desnudez escondida y los sueños y las derrotas. Me llamó la atención una señorita, posicionada detrás del contador de una farmacia, bajo aire acondicionado y presa tras puertas automáticas, la aborrecía la llegada de una muerte inesperada y una vida prolongada, vivía por que no sabía hacer otra cosa, y sobrevivía por que la ciudad le prestaba su compasión. Ahora entre remedios me mira a los ojos sin temor, y pregunta curiosa, lo puedo ayudar? sí. en algún lado entre tu pesimismo superficial y tu sonrisa inevitable, existe la cura para el cáncer que es la humanidad. Sonrío. Suficiente.
Mis pasos me dirigieron hacia la puerta que se abrió tímida y me escupió a la masa.
Si existe un mañana, volveré. Si existe un te olvido, dibujaré el perdón. Si existe tu amanecer tardío de domingo, exigiré mi despertar a la precoz felicidad de un adolescente enamorado.

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Martín |

Cuando Martín cruzó la calle, se acabó la calle. Apareció un espacio blanco, y sintió que sus pulmones se pinchaban como globo desinflado. Se dio vuelta, muy rápido, de manera brusca... no hay caso, pensó. Todavía tenía las frutas y verduras que le había comprado al pelado de la esquina, pero el pelado no estaba más. En vez de su verdulería ilegal, había un espacio blanco. También la peluquería de su prima, y el café donde trabaja la rubia los martes y jueves. Todo blanco.

El piso parecía haberse ido, pero saltó, y saltaba, y saltó, y no pasaba nada. Pestañó varias veces, mientras intentaba adivinar donde se escondía el mago, cual era el truco, el engaño. Por la cabeza le cruzó la idea de que no volvería a ver a sus hijos y se le cayeron las bolsas blancas y los tomates y las naranjas rodaron, y rodaron, hasta q no los pudo ver más; lo abandonaron.

Pronto se le llenaron los ojos de lágrimas. "Mis tomates..." repitió una y otra vez más, por que mis tomates, aullaba como lobo erguido, afligido o solo. Después sucedió algo extraño y aleatorio: comenzó a correr.

Corrió, y mucho, y luego comenzó a trotar, mucho más. El paisaje no cambiaba, sentía que no avanzaba, que era inútil. Efectivamente era inútil. Frustrado, se sacó el saco y noto marcas de sudor en su camisa blanca. También se sacó la corbata, y la siguió la camisa, un poco más tímida, y pronto se encontró desnudo. Después corrió un poco más, hasta perder de vista su ropa y su pasado.

Había olvidado como llegó ahí, de repente, como si hubiera nacido en esa mismísima eternidad cruel y soberbia.

Al rato notó que había dejado de llorar. O seguía llorando, pero no sentía las lágrimas bajar. Llevo las manos para frotarse la cara, los ojos, pero no pudo. Quiso gritar, pero no pudo. No veía sus manos! ni sus pies! Intentó golpear el suelo blanco, pero no lo encontraba. Se iba a dar por vencido cuando nació una forma irregular, sobre su cabeza. Lo que parecía ser un monstruo se expandió hasta formar un edificio. Pronto nació el semáforo, con sus colores, y la calle, aburrida, y la vereda, vacía y ansiosa con sus tonos de gris. Luego el cielo, nublado, y la lluvia se animó. Apareció el silencio y se asustó. Mucho. Martín se asustó tanto que hasta se creyó un enfermo lunático, un loquito, así, cuando lo usan con diminutivo y todos miran para abajo y sienten pena. Pero no había nadie para sentir pena. Ni siquiera eso. También se puso peor.

Apareció la gente! Finalmente, exclamó, ingenuo e inocente.

euforia |

Si supiera colorear con mis pinceles el triste augurio de tu soledad
si al trazar mis pinceladas de rojo y negro, mi honesta caja de crayones vacía
Quizás, luego, así, vuelva tu olor a cigarrillo y tu sucio respirar
tu encanto misterioso, mi pregunta reiterada:
por que me apego con semejante desespero
a la daga que condena mi existir en una balada
sangrienta
sí, me pregunto mientras corro tu pelo con mi pulgar
y deseo que no vuelvas a abrir los ojos.

Sí! grito con euforia y quiebro el silencio de la muerte que se avecina
Sí! Que canten los pajaros el ave maría!
Que recen los curas por tu salvación!
Sí! Que se quiebre nuestro techo en mil pedazos
y enterrado, sea mi mano la primera en buscar el aire
y mis ojos los primeros en ignorar como se mueven
los escombros.
Como se mueven, sí, las rocas intentando llamar la atención.

Ya estoy lejos! Obsérvame marchar orgulloso!
Mi amplia sonrisa y mi bastón de viajero
me acompañan.

Otros y yo |


Monólogo de un idiota XXII

La radio perdió la señal y chasmuqueaba las voces de mi escapar. También el mate frío.
Por la ventana, los otros. Los camiones, el humo, el perdoname, el movete, el donde estas. Adentro: mis dudas, mis porqués.
El saco descansaba muerto sobre el piso, arrugado y sucio, se mostraba orgulloso. Yo me encontraba en la alfombra, con la espalda en la pared, sentado, entre el vodka y el que pasó.
Estaba casi desnudo, con los ojos vacíos espiando mi aparente eternidad. A mi derecha, la puerta al pasillo estaba abierta y veía sombras pasar, a una velocidad superior a mi capacidad y consciencia en ese momento. Exigían mi atención. Intenté concentrarme. Escuché el ruido tan común de llaves y puertas, teniendo el sexo más íntimo y pasional.
Quise sentir envidia, odio, algo.
No lo logré. El reloj soltó una carcajada monótona, burlona; morbosa. Son las 5 am. Es hora de morir, para volver a renacer.

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O uno o lo otro |

Monólogo de un idiota XXI

Nunca antes había presenciado la muerte.
Vino callada, sin campanas, me quitó una ilusión. En realidad, ni siquiera sabía su nombre. Su marido debe estar a las puteadas, se me ocurre. Los hijos, si tiene, no deben entender nada. Ojalá podría estar presente para explicarles que a su madre la atropelló un camión luego de salir de un telo, a las 6:16 am, en manos de un naufrago.
Y que se le vazer, como decía el kioskero hoy, al mencionar que la inseguridad está subiendo, y la basura en la calles, también.
Que se le vazer, si estoy en un escritorio, junto a una pila de entregas, atascado y atrasado en mi dios del tiempo, con ojos que solo cierran, que se niegan a enfrentar mi realidad matutina.
Así como sopló el viento, muerde el alfil.
Me encuentro confundido entre peón y torre.

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solo un humilde pescador |

Monólogo de un idiota XX

No pestañeé. Puse los billetes en mi bolsillo derecho del pantalón negro, y caminé con cuidado hacia la entrada. Al abrir, sonó una melodía atonal y confusa, y se detuvo sin razón alguna. Me llevé las manos a la cara y la froté, desdichado, al que afuera comenzaba a aclarar ya. Hice tres pasos cortos y pausados hasta el borde de la vereda, y me senté bajo un cartel oxidado de "No Estacionar". Llevaba la camisa afuera, con solo tres botones vivos y el cuello suelto. El nudo se fue desatando y pronto la corbata llegó al piso, como serpiente, hizo contacto con el asfalto y se alejó.

Ella estaba inmóvil, a solo unos metros, acostada en el medio de la calle. No podía distinguir la cara, pero tenía el pelo suelto y le faltaba un taco. La pollera blanca se le había levantado hasta el ombligo y flameaba con el viento, mostrando su carne.

Busqué un cigarrillo suelto entre mis agujeros, y estuve horas para prenderlo. El cielo lamentaba el amanecer. Yo también.

Me levanté con dificultad, ayudándome con una mano mientras sostenía el pucho en la otra. Unas cenizas cayeron sobre mi mano izquierda. Cerré los ojos ante un sentimiento de naufragio que me inundaba, me poseía, levantó ancla y me llevó como bote pescador a la deriva, y me deje llevar, y el agua y el viento me azotaban, y me deje azotar. Tenía la ilusión de encontrarme con una orilla, pisar tierra firma, pero no duró mucho.

Pronto solo quería que las corrientes indecisas se decidan.
[Para todos los que creían al idiota muerto [me incluyo], volvió. No pude evitarlo :/ ]

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Si aquel |

Si aquel ser superior es borracho

"no me sorprendería"
dijo Aldo

"Sí, habré sido su última cerveza"
exclamó Fer

"y yo la sesión que lo conviritó en alcoholico"
pensé

Se abrío una luz
y entró una mujer seria y vieja.
"Si no fuera borracha," se animó
"ustedes no habrían existido"

Con eso dió media vuelta y cerró la puerta desde afuera.

Alterno |

Monólogo de un idiota XIX

Dame el silencio, quiero irme. Eso dijo, ella, sí, cuando quiso irse.
La mandé a freír ilusiones, x supuesto, yo no pienso vender rollos de esperanzas, y menos en la calle.
Y menos x su culpa.
fue viernes, esos días q cargan con una responsabilidad diferente, un principio y un final, siempre algo totalmente culpable, irracional e impreciso. Un sentimiento?
Atrás estaba el despertar, la secretaria, el reloj q me persigue a todos lados.
Sucedió así, en una de esas peleas usuales de mediodía, golpeé el reloj contra una pared, y lo vi ahogarse en el inodoro sucio y usado, y tire la cadena como quien entierra a su suegro.
Lo disfruté, tengo q admitirlo, me encantó.
Después se abalanzó mi memoria sobre mí, invitando a la culpa y mi augurio y mi dolor. Y mi pasado.
Arranqué con dificultad la memoria, a pesar de la sangre q chorreaba como helado en tarde de verano y se pegotea en los dedos, así de frutilla, la sangre... en la fuente la vi hundirse entre monedas de sueños. Se tiño de rojo, y no la ví más... seguí.
Pensé en todo lo que podía hacer, y lo que no podía. Pensé en mis límites: los que me regaló la naturaleza, lo que me impone la ley, lo que creo yo.
Seguí caminando por los bosques de palermo. No los necesito, pensé abstraído.
Me hice una fogata, pequeña, humilde, eficiente. Despegué los límites de mi sistema, y con asco los sostuve con el pulgar y el índice y los observe quemarse, como plástico, perdiendo su forma y identidad, desapareciendo entre las llamas. Me saqué los zapatos para alimentar el fuego y baile en círculos, como indio arraigado, al compás de los aullidos y los gritos y el dolor del quemar.
Me divertí, debo decir, me gustó mucho.
Después apagué el fuego con el saco, y más liviano emprendí viaje.
Encontré una llave en mi bolsillo. Debo volver, urgía, debo encontrarme.
La tiré en el primer basurero municipal.
y con ella mi billetera y documento.
Pronto era un señor vestido.
Luego un hombre.
Y el hombre rascó un árbol bajo una rama, con paciencia, y una puerta se abrió entre las raíces.
Entró sin mirar atrás.
Finalmente, uno.

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Quiebra? |

así como el grito carece de silencio
y busca la eternidad en su eco
así como el miedo se hunde bajo la piel
y quiebra los huesos del limitar
como un tren que cruza montañas
y confundido se encuentra con el océano
y le sorprende su inmensidad
así te conozco a vos
como algo nuevo, sorprendente
como lluvia sin nubes,
inesperada,
como nieve en verano,
brazos abiertos y cara al cielo
ojos bien cerrados y mueca
de chino confundido
al ver en la misma página
el obelisco y su muralla
quiero decir
exacta exactitud y rigurosa simpleza
como melodía de tango solitaria
por manos arrugadas
y el vaso vacío de arrepentimientos
la cruda encrucijada honestidad
exigiendo mi condenar placentero
por que sí
placentero condenar el mío
al despedirte
para verte regresar

|

Como si al dibujarte desnuda,
sobre un atril sinverguenza,
perdería el encanto tu timidez,
la falacia al ocultar
que me robaste
mis pinceles.
Si al escribir sobre tu piel,
al tatuar tu insignia prometedora,
olvidaría las cosas más simples,
como caminar,
y subir escaleras,
lo pensaría.
Antes,
sigo buscando el absoluto,
nublar mis ambiciones,
satisfacer mis miedos,
volar.

|

está el adolescente regular. pobre, no?, con su vida confusa, su identidad en juego, en duda, formada a los golpes, con un pizca de dolor y otra de sufrimiento, una cucharada de desiluciones y un par de noviazgos fallutos. Sin olvidarse del colegio también. Pero a pesar de todo crece y forma un carácter y una personalidad que verdaderamente le pertenecen, que lo hacen único. Busca entre las cenizas de su juventud una idea, y con ella forma una escultura que piensa que lo guiará toda la vida. Busca en el pasado respuestas y mira hacia el futuro con cierta esperanza, anhelo, intimidante lo espera. Y habiendo elegido su personaje, forjado su armadura, sale a conocer un mundo diferente. Pero en vez se encuentra con una mujer. Y esta mujer intenta cambiarlo. [un groso Fontanarrosa]

ahí vamos |

ni ahora, ni nunca, ni nunca jamás

quise buscar lo más íntimo, algo arbitrario. Bajaba lenta la luna, amarilla y soñolienta, y se escabullía tras el edificio de mi vecina. A veces, casi siempre a la tarde, ella se sienta en su balcón, y yo en el mío, e intercambiamos miradas, ojos y sueños de un futuro. Se le nota en la cara, que sueña. Y mucho.
No tanto como yo, supongo, yo soy un tipo ante nada soñador, ante todo, en realidad, un pelotudo. Pero además, me gusta imaginar cosas. De chiquito me divertía jugando solo y podía estar así todo el día.
Hoy tengo a mi vecina, y así, sentados, recorrimos Asia, África y medio Europa. Algún día me voy a animar.
Hoy no por que tengo que pasar a buscar a Laura de la psicóloga en un rato y después me toca a mí escucharla. Laura es mi mujer. Hace 2 años, cuando nos casamos, seguía con el inocente pensamiento, esa idea que te incrustan en la cabeza de chico, que el matrimonio abre tantas puertas.
Pero no te cuentan de las que cierra. Me lo imagine, al matrimonio no, como un orgasmo que se extendía hasta el fin de mis días, así, eterno.
El primer día de la luna de miel empecé con el viagra. Laura no sabe, nunca supo. Estoy tarde.

Agarró el saco y salió a la calle sin ponérselo. Camino media cuadra hacia el río y se acordó de que había dejado el auto sobre Lacroze.
Dio media vuelta, cambió el saco de mano y miró el reloj. Marcaba "te van a cagar a cachetazos".
El auto arrancó lo más bien y ni siquiera había tanto tráfico. Llegó a la casa de la doctora, una casa inglesa rodeada de cedros y malos karmas, escondida entre calles angostas y barrios de perseguidas.
Su mujer lo esperaba en la vereda y entró al auto dando un portazo. También se pinchó al sentarse, por que un resorte del asiento se animó a traspasar la tela.
Le costo arrancar al motor, pero lo logró, como siempre, y se encontraron camino al lugar donde hasta el día de hoy, conviven.

Que hija de puta. Hace solo 1 año y medio, no podía caminar por la calle sin tenerme la mano. No importaba si transpiraba, si tenía pintura, nunca lo pensé. Hasta... últimamente.
Ni me saluda, te das cuenta. Además le digo "como te fue?" y mira por la ventana como si tuviera 5. Malcriada.

Una señora se levantó de la mesa de té, y con una sonrisa forzada exclamó "me tengo que ir yendo chicas. Tengo que llevar a Laura al doctor a que le den las vacunas."
"Yo te acompaño" operó la que se encontraba a su derecha, que de chica no tenía nada y los años de madre le había dejado cicatrices, en todo sentido de la palabra.
La mujer agarró a su hija del brazo y soportó los llantos con los ojos medio cerrados. "Dale, dale, salí del autito. Mañana te traigo a que juegues con tomi de nuevo, dale? Nos tenemos que ir, Lauri, por favor. Enserio te digo. Dale. Después te compro un kinder si te portás bien."
Tomi miró con sus ojos claros a Laura que se alejaba y se le llenaron de lágrimas. Su madre lo sacó del asiento del conductor y corrió el auto celeste a un costado. "Que te pasa? Ay, pobresito. Chicas, tiene sueño tomi, me lo llevo que ya es tarde. Un beso, después arreglamos bien para el sábado."

Por que no te vas un poquito a la puta que te parió, grité para adentro. Laura se fue, pero ya la extraño. Es re divina, a pesar de todo.
Fernanda no. Fernanda es mi mamá. Pero no es buena mamá, Laura sería buena mamá. Sí... ella sabe de esas cosas. Pero no le crece la panza, no sé por qué. Creo que es una de las causas del deterioro de nuestra relación...
Además sé que siempre soñó con ser mamá, y bombera y presidente.
Yo no sé si quiero ser papá. Quiero ser escritor. Los escritores pueden ser papás?

Mago Saturday, January 13, 2007 |



Viernes |

Monólogo de un idiota XVIII

Nunca quise lastimarla...

el viernes llegó, como todo, el tiempo inevitable me roba las horas de siesta y antes de que cante el gallo que nunca escuché, avanzó el viernes, sin campanas o firuletes, callado y casi tímido, me levanté solo. E intente cambiar.
La volví a ver a la secretaria, pero fue diferente, con su aspecto de viernes y su sonrisa de jubilada jugando al ajedrez. Por que no, pensé, después de todo no trabaja conmigo... compartimos el mismo edificio. Y seguí medio así, con cada una de mis mejores amigas, y al sentarme en mi silla negra de cuero con muchas patas para moverme para donde quiera, no solo me sentí que no iba a ir a ningún lado, sino que el reflejo de mi pelo en la pantalla, que aparentaba estar peinado para la derecha, me dio asco.
Pero como llegó el viernes llegó la hora de saludar a la secretaria y hundirme entre la multitud oficinesca, ahogarme entre sus conversaciones de puteadas bajo el atardecer que nunca lo veo por que están los edificios para encargarse.
Pasé por mi escondite, mi agujero, mi humilde hogar helado, y salí a tomar el colectivo que tanto esperaba.
Pero no tenía monedas, como era de esperar. Terminé comprando chicles, aunque nunca me gustaron, y esperé largo rato, mirando la esquina por donde doblaba el bondi hasta que finalmente dejó de jugar a las escondidas y se acercó. Después metí una pata en un charco, de esos bien negros, que parecen bajitos pero el pie se te hunde hasta la rodilla y te hacés el disimulado. Que pelotudo...
Me senté en el mismo lugar de siempre. Al mi lado, ella. Falda blanca hasta las rodillas esta vez, tacos negros y camisa abierta para quien se anime a espiar. Pero ojos cerrados, con quien estará soñando? tanto esperar y se sumerge en otro mar irreal, yo mirándola dormir como angelito perdido entre tanto humo y mentiras.
Me bajé y la seguía mirando, así tan inocente y despreocupada. Apenas arrancó el bondi su cabeza rebotó contra el vidrio, haciendo un ruido bastante preocupante ante nada, muy real. Abrió los ojos y ahí estaba yo del otro lado del cristal, trotando, después corriendo, después jadeando y como me dolía el vaso.
Pero se alejo su carita pegada al vidrio, un poco riéndose un poco sorprendida, y se iba fundiendo entre los otros colectivos... me subí a la vereda, por donde la gente tan sana camina, y camine lento pero derecho. Y pasó algo, como si la gallina después de tanto intentar con sus alas patéticas y su aleteo espástico, agarra vuelvo y nota como todo se ve tan chiquito desde allá arriba y conoce la espuma del cielo y luego, nace el miedo de que sus alas se quemen con el sol.
La vi sentada en la parada del colectivo, esperando. No sabía si abrazarla, habíamos hablado muy poco, pero con una sonrisa pareció suficiente y caminamos la vuelta al mundo en 79 días.
Paramos a tomar un café, y me llené de datos de su existencia, pero seguía siendo una figura misteriosa, de origen esfumado, con una risa curiosa ante todo, fugaz y abreviada. Nos fuimos sin pagar, como cómplices de un crimen, y nos corrió un mozo un par de cuadras. Terminamos en un lugar con pasto y arbustos, encerrados entre rejas, y bajo un árbol milenario tropezamos con nuestros cuerpos una y otra vez, entre rizas y llantos y recuerdos recientes. Las palabras pronto se escabulleron entre los más arbitrarios yuyos y, la última lamparita, titilando, se apagó.
Rodamos como rollos de fotos entre la gente que paseaba su perros, manchamos con risas el traje, la falda, las camisas, y vivimos el marrón de la tierra. Opinamos sobre la gente que pasaba con crueles similitudes y casi nos subimos a las hamacas. Una vez terminada la niñez pasamos a la adolescencia y volvimos a caminar. En un ciego abrir y cerrar de ojos nos quedamos sin sol y sin luna, se hizo la noche nublada y turbia, pero la ignoramos. Ahora me arrepiento.
Entre tanta euforia y rebelión nos topamos con un motel, con la figura de una mujer titilando y un nombre de otra generación, que no recuerdo. Si recuerdo que subimos las escaleras de la mano, pero que ascensor no había y nos divertimos encontrando nuestro cuarto. La llave abrió en el primer intento y ni siquiera cerramos la puerta. Tampoco deshicimos la cama. Primero el saco y después el saquito, luego las camisas. Pasamos a la falda que llevaba el cierre al costado y entre tantas carcajadas se negaba a abrir. Pero como lo demás termino por ahí. Luego los tacos, las medias no, y sin prender una luz nos olvidamos del horizonte y de las paredes, del espejo, la puerta y la hora. Nos olvidamos de las nubes, y después la lluvia, haciendo su tamboreo único sobre nosotros. Jugamos con las sábanas y una lámpara cayó al piso, sinvergüenza, no la noté hasta que me dijo que tenía que irse, porque que la esperaba en su casa su marido, y me corté el pie con un vidrio de la lámpara que nunca prendimos entre tanta oscuridad.
No me atreví a decir nada, a pesar de la sangre, me puse el zapato sin pensarlo y bajamos. Frené en la entrada para pagarle al dueño las horas o los días o los minutos que habíamos estado ahí adentro y ella siguió de largo hacia la calle. Busqué mi billetera en cada uno de mis bolsillos, volví a revisar y supuse que había quedado en el cuarto. Subí rengueando a buscarla y la encontré en la mesita de luz junto a su cartera. Bajé las escaleras solo y le pedí que sepa perdonarme, que no tenía cambio. Se demoró largo rato en contar los billetes, y antes de terminar escuché el ruido de ruedas desconocidas sobre un asfalto, seguido de un grito afónico y un silencio que pareció prolongarse hasta el último de mis días.

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y después deliramos juntos |

Todos sabemos que no hay tal cosa como cristales rotos
como frágil sapo desmantelado.
como el te quiero fingido y te amo desubicado
el te querés casar conmigo con asado sin digestión
y los llantos de los bebes
que nunca están de más
los que no llegan
y los que no quieren llegar
las uñas que no se cortan
y las que no quieren crecer
las rojas, negras, blancas, azules
y las lilas también
por que no

quien no se lo merece?
la mayoría
pero eso no se dice
o no?

pero te puedo decir una cosa
a pesar de todo
te puedo contar
que el agua se derrama en el más alto manantial
fluye sin problemas
topa con una catarata
y observamos como cae
luego sigue
y desmaya entre lo demás
después la sequía y muere
para volver a crujir con la lluvia
por que no
con las gotas
pesadas
pesadumbre
con tus manos
ligeras
en las nubes frías del ardor

mientras te cuento Otra cosa
como olvidarlo
al susurro de medianoche
ese que desenvuelve el suspiro
y desentierra el sonido
te encuentra siempre
solo y acompañado
bajo las sábanas o con el café
tibio o helado
ese ruidito que da vueltas
por los senderos de tu enloquecer
que intenta, pondera, retuerce
pisquetea, lamenta y amenaza
te quiere distorsionado
fuera de sí
dentro de otros
acorralado entre virginidad
de tiempo
y muerte joven
eliminado entre empleado
y número

te cuento otra
así te me perdés
pensá en tus venas
en tus ojos y sus anécdotas
en tus cachetes rebuscados
pensá en como movés las manos
pensá,
en vos
en tus despedidas y tus días
en todo lo que tomás por sentado
o parado
o dado
y capaz
no...
no?
capaz no...
pensá en tu brazo
en la lapicera que tenés a mano
negra o azul?
manchada de inocencia?
por qué?
quién?
lo culpás?
suficiente de vos
egocéntrico
pensá lo que tenes a tu derecha
y a tu izquierda?
nada, no?
o capaz sí...
pero espero que nada
porque el vacío te hace único
inexplicable
y yo te clasifico
como tangible
alcanzable
y real.

quiero |

Quiero seguir acercándome
tocar el filo del paraíso, buscar los bordes, los picos, sentir las formas

acorralado entre caminos
vuelo en dirección contraria
quiebro la línea entre espacio y tiempo
busco buscar para nunca tener que encontrarte
pero me zambullo entre burbujas de tu sombra
y tu más abstracto palpitar
y así me pierdo como letra china en abecedario
y deseo cruzarte en barco o en velero
navegar tus olas y hundirme en tu ombligo
escucharte sonreír y quebrar el silencio
que nos separa
antes del crujido de la puerta
y el gemido de la madera bajo tus botas
antes de mover las nubes a un lado
y verte devolver la lluvia
hasta en la manera que giras!
para no verme más
cuando se baja la persiana y se acerca la noche
un vestido rojo se despluma
entre arrugas, arrugado
y yo
yo
sigo desplumado

volví |

Monólogo de un idiota XVII

volví.

volví a ese colectivo. Ese colectivo donde la ví por primera y última, y yo, todas las semanas, a la misma hora, recuerdo con melancolía gastada la barba del colectivero, el olor a buenos aires y una excepción, sentada a mi lado, escondida bajo atuendo rayado, cartera y esposas en pies y manos. Pero ya pasaron un par de meses, ya pasaron gotas de esperanza, perdiéndose entre la laguna, y ya pasó la última entre rocas cuadradas, frías, casi heladas en realidad. Casi entre tanta catarata encontré el río, entre tanto yuyo nació un zorzal espinado para despertar en una selva ajena, con cantos nuevos de animales sin nombrar, árboles anónimos y verde como manos saliendo de la tierra, saludando, saludando, culpándome.
Fue ayer que me subí y me senté en el mismo asiento. Y al lado estaba ella, otra vez volviendo de su cárcel y yo de la mía, nos encontramos entre el temblor y el silencio luego de tanto esperar.
Le pregunté si se bajaba en Talcahuano. Si su abuela se había ido hace un par de meses. Si sus manos cargaban el corazón equivocado. Me miro, y me siguió mirando. El viernes te parece? dale. acá? y se bajó.
solté una sonrisa que pateaba la puerta, cerré los ojos y el techo del colectivo me contó sus historias. finalmente.
si no hoy, cuando.
si no el viernes, nunca.
quién me dijo que existen las recetas equivocadas?

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donde me perdí |

Monólogo de un idiota XVI

Abro los ojos y miro alrededor confundido la mesita de luz ratona, la lámpara tan moderna y tan apagada, los roperos altos junto a la tele de 39' pulgadas. Más allá, el baño. Se escapa un poco de luz por la puerta, me levanto y salgo. Un par de sillones forrados, más lámparas, piso de alfombra calentito. Fotos. Fotos de alguien que no conozco. Miro el teléfono y marca las 5:36, vuelvo al cuarto a buscar mis zapatos y en eso encuentro un cuerpo inmóvil bajo las sábanas. Salgo descalzo a la calle. Nunca me gustó dormir bajo colchas ajenas. Vuelvo a casa, me entero de que es sábado por suerte, forcejeo la puerta con delicadeza, tiro las llaves por ahí, me siento en alguna pila de ropa sucia e intento prender la tele. Le doy un golpe y saludo a la antena, como siempre suele hacer, y aparece una mancha rubia, un rubio plastificado, otra vieja operada ofreciendo esperanzas tan falsas como su cara, su pelo, sus uñas, su sonrisa, su vida. Apago y me escondo bajo colchas, las mías. Le sigo teniendo miedo al cuco y sus secuaces.

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Remera |

Un míto...
¿sí, o no, o más o menos?

Nacer y renacer |

Monólogo de un idiota XV

Se me tuerce el brazo cuando veo la ropa descansando sobre los muebles. Cuando veo los muebles viejos resignados en el piso sin barrer. Y el piso como papel, que me brinda el placer de escuchar y no perderme ninguno de los alaridos de abajo. A la vez está el edificio que amenaza con caerse abajo y terminar todo de una buena vez. Y la ciudad que cruzo todos los días, con sus caras y corbatas. ¿Por qué iría yo a quejarme?
Busqué por toda la casa una remera blanca, con una mancha de vino en el hombro derecho y un par de agujeros acá y allá. Pero nada serio. No era cualquier remera tampoco; en sus hombros llevaba historias de departamentos y hoteluchos, piel, erizo y otra brusca caricia. La encontré enterrada bajo cajones de papeles, no sé de qué, y unas cajas viejas de mudanza. No vendría mal una mudanza tampoco, un cambio.
La remera cargaba el mismo perfume de muñeca quebrada y sueños ilegales. Máquina del tiempo que solía esconderme en mi juventud y sus alegorías, sus esquinas, las clases, la tiza y las reglas. Ahora se me notan las venas en el brazo y en mi mochila encuentro ojos cansados que no perdonan, manos hábiles que buscan matar, uñas no tan prolijas y cicatrices por dentro y por fuera de una guerra que se esfumo.
Igual no me la pude poner esta vez. Algo era diferente. Parecía que me miraba una arruga insignificante, espía verdaderamente cruel, me sometía a la duda, había venido para juzgarme. Golpeé el armario y la pared, todavía están mis nudillos marcados ahí. Después me senté encorvado hasta que me dolió la espalda y me escabullí entre colchón, sábana y pesadilla, todos usados, todos viejos, todos mejores amigos.
Un par de horas después me miro al espejo con camisa blanca impecable y sonrisa colgate. También pasa un gato husmeando los rincones de mi vulnerable tiempo, dejando rastros, pelos, arañando sillones caros y tan importantes. Yo también quiero tener 7 vidas.
Y no… a la vez con una me sobra.
Qué parte entendí mal de todas esas películas de países lejanos, tan lejanos que se camuflan con el infinito, entre los dedos del universo, debajo de una manta de nada, que tanto disney presencié y fumé, adquirí, compré, alquilé sueños y esperanzas de Mickey y Donald y el otro mounstruo feo que no me acuerdo como se llama.
Algo me había dicho que eso era la felicidad. Algo me dice que me equivoqué. ¿Qué es la felicidad?

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Hacia donde voy |

Monólogo de un idiota XIV

Ayer fue ayer. Y un pésimo ayer.
Hoy conocí a una chica.
Agarré el boleto, Nº0006535, y me encontré en el clásico duelo estratégico de elegir un asiento, vacío, al lado de otro, también vacío o ocupado, aplastado por un individuo de identidad desconocida (en la mayoría de los casos). El primero yacía al lado de un chico guardapolvo, y el otro al lado de una que seguro volvía de trabajar, por que hasta su falda miraba por la ventana con los ojos vacíos.
No tardé tanto como suelo hacer, y decidí sentarme al lado de ojos vacíos porque no le tengo mucha paciencia a los nenes guardapolvo y su rutina involuntaria.
Pero no se me hizo tan fácil. Después de todo, ¿por qué iba dios a permitir que yo pueda sentarme con cordura y elegancia? Era demasiado pedir. El colectivo se hundió en un pozo de Maipú, resucitó entre los muertos, y siguió camino. Entre tanto yo caí, volé como pájaro desplumado y casi la mato. Tartamudeé perdoname y se le escapó una sonrisa. Punto a favor.
Me preguntó si faltaba mucho para Talcahuano.
Le dije que mi abuela vive ahí.
"Mi abuela se murió la semana pasada", me confesó.
Y después de eso no dijimos mucho, pero seguimos hablando.
Le pedí una última cosa a dios y sus 7 angelitos: que, en la medida de lo posible, mueva Talcahuano un par de km al oeste, o al sur, eso se lo dejaba a su merced. Si quería al día siguiente podía volver a poner todo como estaba así esa gente que se encargaba de eso, él sabrá quiénes son, no tienen que hacer mapas nuevos. No pasó.
Pidió permiso para pasar, me paré y vi que éramos parecidos de altura, sacándole los tacos, por supuesto, por que ese hdp me condenó enano. La puerta se abrió antes de que tocara el botón y se bajó dando saltitos de comadreja. Desde la ventana del colectivo parecía más real.
Quizás comienza el principio del final para mi receta perfecta de la soledad.
Si la vuelvo a encontrar.

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Perdón. |

Monólogo de un idiota XIII

Estoy sentado en la vereda. Se ensucia el pantalón negro, se arruga, se muerde la lengua y no pasa nada.
A mi derecha pasan dos señoras, dos libros, dos historias de la mano, bailando hacia el altar en sus camperas multicolores.
Enfrente, la calle, un edificio, un falcon verde oxidado; nada más.
Atrás de mí, un portero quiere preguntarme si me pasa algo pero no se anima. Igual lo que vale es la intención.
Todavía no llueve pero me cae una gota.
Todavía no soy gerente, pero soy empleado.
Todavía no me dejan soñar, pero llueve a cántaros.
Adentro de un café de por acá, él sigue tratando de descifrar cifras ajenas.
¿Las mías dónde están?
Veo al portero con sonrisa malgastada y manguera en mano. Bueno, me voy.
Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

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Caído |

Monólogo de un idiota XII

Honestamente, enfermo.
Físicamente discapacitado.
Me arrastré hasta el teléfono y llamé para avisar que lamentablemente no iba a poder ir, pero mi amiga la secretaria no me creyó, y era de esperar, eso me pasa por decir que el lobo venía cuando nunca vi un lobo. Los escuché igual. Es una decisión en realidad: ¿lobo solitario u oveja del rebaño?
Quién sabe.
El tema es que la cabeza me daba muchas vueltas, para ambos lados, como esas calesitas que no te dejan bajar. No sé si el que giro soy yo, o todo lo que me rodea.
Y camino tanteando por mi propio espacio vacío, pestañeando demasiado, mi garganta pidiendo pastillas a los alaridos, de esas rosas que te dan de chico con gusto a frutilla. Pero pastillas no hay. Tengo que ir al médico. Recurrir a esos que se aferraron al sueño de salvar vidas, de hacer algo bueno, contribuir. Y conozco unos pocos, mejores amigos de la vida y la muerte, a escondidas borran la línea que los separa. La muerte enseña, la vida felicita, y yo no me quiero morir. Quiero quedarme de este lado de la raya.
Salgo a la calle completamente desorientado y camino, camino, camino hacia algún curandero. Una chica me sonríe en el reflejo de una vidriera, y me suena la cara, como melodía conocida, como garrapiñada pensé, la deben hacer en todas las esquinas de Cabildo. No me quejé, y como buen enfermo necesitado, seguí mi camino.
Hay una persona vendiendo collares, un florero mirando la gente pasar, un mendigo que se esconde de la indiferencia tras una columna. Una chica joven, en shorts cortos, se caga de frío mientras le hace propaganda a una computadora que nunca va a poder comprar. Y sonríe, y le sale bien, pero uno nota el grito de ayuda acumulado, protegido en el lado derecho de sus labios maquillados. Bajo, capaz, haya alguien, quizás.
Me faltan un par de cuadras. Veo pasar una mujer en un abrigo de piel; una señora, más bien, una anciana, de esas que dirán que la piel es vieja y sólo juntaba polvo en su ropero, como perfecta excusa, más para convencerse a sí misma que a cualquier otro.
Otra pasa al lado cargando una de esas miradas abstractas, comprada en easy o wallmart, adquirida en doce cuotas sin interés. Con su tarjeta visa capaz que obtuvo un descuento en las miles de cirugías plásticas que mostraba orgullosa. Engaño por dentro, por fuera, alrededor y vuelta carnero. Qué triste.
Entro al hospital y espero, sentado en una silla verde de plástico, con mis manos temblando de vez en cuando sobre mis rodillas, la mirada fija en el reloj. Estaría sentado en una silla más cómoda ahora, en mi escritorio, muriéndome. Qué irónico. Hay otros como yo ahí, no estoy solo, pero igual me atienden rápido, porque es jueves y los doctores apuran las citas que el viernes espera a la vuelta de la esquina. Si total todos sufrimos de lo mismo, digerimos la misma cruda realidad. Otra mentira.
Me debe haber visto cara de viejo machucado el doc, porque me dio una planilla de fondo amarillo clarito, medio tímida, con cuadraditos vacíos y texto, por supuesto, causas... arriba leía ¿Qué tan estresado se encuentra?" Y había instrucciones también. Y en ningún lugar leí "no estoy estresado". pero bueno. Dejé mis ticks en lapicera negra y busqué una reacción en la cara del doc. Nada. Escribió algo mientras tarareaba nombres complicados para afirmar que efectivamente estudió uno que otro trimestre de la carrera, y con una sonrisa falsa me entregó el cheque medicinal, la receta a una vida mejor, y con eso un "que se mejore".
En la farmacia me atendió una chica con ojeras bien marcadas, y me dijo cuarentainuevenoventa. No me sorprendió. Salí por la puerta automática, caminé con los ojos cerrados y abrí mi puerta manual, pero no sin antes juguetear con las llaves, para eternizar ese momento de transición donde no me encuentro ni adentro ni afuera, donde no puedo ser fácilmente clasificado y subclasificado.
Me tiro en el sillón que sopla con remordimiento mientras me dejo caer... y silencio. Veo mi cara en el reflejo de la tele apagada. Me pregunto cómo quedaría con cirugía plástica.

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Winnie |

Entre paredes |


Monólogo de un idiota XI


Yo odio muy pocas cosas. En principio, para empezar, hoy, mañana, odio a esa gente que dice ser del “gobierno”, del sistema. A esa incorrecta generalidad de "los políticos". A esos que usan máscaras de Ghandi y debajo encontramos delincuentes, mentirosos, creando falsas esperanzas a los inadaptados. Para empezar nomás.
Y como hay filósofos codiciosos también hay diosas confundidas. Esas que no saben lo que quieren y deambulan probando frutas inocentes por que comer sólo una va en contra de su dieta, y así dejan todo por la mitad, lo dejan por muerto en algún pastizal seco, y ajeno.
Como hay disfraces, farsantes idealizadas, también existen los ignorantes felices. Todos somos ignorantes de manera alguna, pero ellos deciden ignorar todo aquello que no sucede dentro de su jardín. Y en su jardín también ignorante éste vive feliz, de lo demás se ocupan los demás, y si no pueden los demás, se ocupa dios. Para algo está, ¿no?
También hay una parte de mí, una de mis personalidades opresivas que se odia a sí misma por un pasado vergonzoso, por no haber hecho las cosas mejor o simplemente diferentes. Otra que habla de alguna playa en Brasil y morir pescador. Y otras, tantas otras, otras. Las demás no se quejan tanto, o elijo no escucharlas, o no aprendí a descifrar su extraña simbología.
Me da pena la gente que no hace nada con su vida. Esas que buscan refugio en el trabajo, en la rutina, y pasan los años y acumulan objetos y dinero y un día les agarra cáncer y tienen unos buenos tres meses para pensar en todo lo que pudieron haber hecho. Y, así, mueren angustiados, pero sin antes decirle a su hijo mayor que haga algo con su vida. Y éste entiende lo mismo que su difunto padre entendió de su abuelo, y así crece uno más, otro trabajador compulsivo, otro vaso vacío, otra glándula venenosa.
No es gracioso.
Así comienza el fin.
Así, una vez terminada mi escalada hacia mi pedestal sombrío y falso, miro las cosas desde otra perspectiva, con otra niebla, y me bajo para ir a trabajar, diciendo más o menos las mismas tres palabras de siempre: la puta que lo parió. Son cinco en realidad.

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Otro |

Monólogo de un idiota IX


Como cuadradito entre papel cuadriculado, de los de abajo, o los del costado (que a veces llegan cortados por la mitad y no se quejan), abrí los ojos antes de escuchar el despertador.
Y le pegué por bronca nomás, capaz de un sueño que olvidé, capaz porque simplemente es un despertador, y despertarse no está bueno.
Pero lo logré y en cinco estaba cambiado, aunque no fui al baño para no tener que mirarme al espejo, y salí. (ahora que lo pienso, dejé la puerta abierta) Y cuando el tiempo parecía estar de mi lado me metió un gol en contra, a propósito, de esos traicioneros: apenas puse un pie sobre la calle, empezó a llover, y vi una vieja que sacó el paraguas de abajo del brazo y con una sonrisa lo abrió. Seguro que estaba muy orgullosa. Todo mal con la gente tan preparada. Viven menos.
Igual seguí y no miré los charcos ni la gente, ni los cafés hirviendo, ni al cana que me decía que no cruce. Quién se cree que es.
Y abrí esa puerta giratoria con la que me mareo todas las mañanas y vi a la flacucha histérica de la secretaria, y la vi una y otra vez y no me saludaba y le dije, así como así, ¿qué carajo te pasa? Y no me respondió. Y ahora la pregunta salió algo como Qué NO te pasa a vos que tenés más problemas que el libro de matemática que guardas bajo la mesa para hacer al mediodía. Y me volvió a mostrar su cara de indiferencia, pero un reflejo invertido en sus ojos. Me escuchó lo más bien. Pero no dijo nada, así que aproveché para dejar las formuladas de lado, y le dije de todo, de arriba abajo, cubrí todos sus miedos y sus defectos, y la critiqué y la describí, como ciervo de montaña malparido y uno que otro animal que suele surgir a la mañana al verla. Y aprendí que es una de las cosas que hago mejor. Casi me siento culpable, pero no soy bueno en hacerme sentir culpable. Por suerte. Es pesada la culpa.
Igual después seguí mi camino y vi que tenía los auriculares puestos, y nada, seguí, hacia las escaleras y les saqué el polvo, a cada uno de los miles de pisos, para llegar a ningún lado, y la verdad que no estaba preparado para tanto tan temprano. Pero llegué y fue el primer y último logro del día. Trato de no pensar en escalas de tiempo más grandes, mejor dejarlo ahí, a ver si me preocupo del futuro, o si me estanco en el pasado. Mejor no arriesgarse. ¿No hay que focalizar la mente en cosas positivas, y sonreír, y reírse? Eso me dijo mi psicólogo. Pero al tarado ese nunca lo vi reírse, ni sonreír. (Mi ex me dijo que vaya al psicólogo, y le hice caso, pero esa es otra historia.) Próxima vez le hago un chiste al delincuente. Si no se ríe no voy más. Hipócrita. Me mata esa gente.

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Zapas |

Filosfías pasando la medianoche:

"no, por que tu abuela lea lo del maniqui"
"cayendose de la silla y rompiendose la columna"
"te lo digo por experiencia propia"
"tas en una relacion, y el aujero para q entre loq produce el amor se agrandaa... y despues no llega mas yyyyy cajamo.. le vas a dar al bicho de la esquina"
"ta la conciencia ahi atras. encerrala con anacleto"
"si tuvieras 88 no te preocuparia"
"quiero q vuelva el frio"
"la gente honesta
son inadaptados sociales
son como hormigas"
"yo tengo casos familiares a mano"
"es todo psicológico"
"mejor ser mounstruo q hormiga"
"donde esta la compasion? . en el placard"
"y probablemente tenga razon"
"me mata la gente q toma tantas pastillas"

A pesar de todo |


Monólogo de un idiota VIII


Y a pesar de todo, me levanto, buscando esa mañana soñada, esperando que el desayuno vuele, se deslice por los confines de la finitud, hacia las sábanas con olor a sueño y así comience el día sin querer terminarlo.
Pero por supuesto que las tazas no vuelan y me trago la dura realidad porque café hoy no había y salgo, salgo por la puerta con ese crujido que hoy me dice ya sabés lo que te espera, con asquerosa complicidad. Pero tiene razón.
Yo sé muy bien lo que me espera, un día tan único pero tan parecido a los últimos diez años, horas tan regulares como el tráfico y las huelgas, los divorcios y los empleados miserables, el te odio y el te amo, el te extraño falso y el que nunca apareció; vos y yo.
A veces intento buscar la esquina en un cuarto redondo.
Hoy no la encontré.
Mañana será.

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Hoy no |

Monologo de un idiota VII


Y miro por la ventana, y digo qué día de mierda, honestamente, y trato de convencerme de que podría ser peor, pero todos sabemos que no, no hay caso.
Y buscás regalarle un fósforo al tiempo, que se haga de noche y se apague todo, quedando solo vos y las llamas de lo que fue, así, de una, como esa noche que la pasaste bien acompañada por primera y última. Ahora se quema.
Y buscamos entre nuestras cosas y nos vamos acordando de esto y el otro y la noche llega nublada y húmeda, como gato callejero de esos multicolores, que cada vez pasan más, con paletas reveladas… y capaz si pasas más veces alguien se enamora. No vendría mal.
Y me doy cuenta de que hace días le hablo a alguien que nunca apareció y me cansé de esperar.

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Cerrando los ojos |

Monólogo de un idiota VI


Otra noche sin sueños, ni siquiera pesadillas, como ésas en la que te caés, o te matás, y te levantás y el silencio te confunde, metido bajo las sábanas.
Y mirás el reloj negro aburrido sobre la mesita de luz, que de luz no tiene nada, y además marca las cuatro o las seis, algún presente olvidado entre tanto blanco y negro.
Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata.

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Predicciones |

Monólogo de un idiota V

Odio decirlo pero estoy comenzando a creer en las predicciones.

Empezó con un sol, un mar y la arena brasilera, y yo sentado, quizás acostado, quizás con amigos, no me acuerdo pero sé que vi una, vestida con taparrabos, viniendo como directo hacia mí, con sus ojos verdes, enormes como de camaleón mal camuflado o sin cama. Y mirándome. ¿Por qué a mí?
No fue casualidad que miré hacia atrás y a los costados para ver si había alguien más, alguien esperándola con los brazos abiertos pero no, ésta venía por mí y como vino me confundió por largo rato y se fue. Lo que me dijo me iba a cambiar la vida, así de dramático fue, pero no lo supe hasta mucho después.
Y me dijo muchas cosas, además, del pasado y el futuro y el presente, con escalofriante exactitud, y yo la miraba asombrado pero continuaba con mi actitud de verdadero argentino cabeza dura, si yo no creía en esas cosas, por más que logre resumir mi vida en un par de olas y unos granitos de arena insignificantes.
A todo esto, 3 años más tarde me encuentro con una oficina con cuatro paredes y cuatro esquinas y una sola puerta y las vacaciones que no llegaban. Y me acordé de sus predicciones, que sonaban tan terribles en ese entonces y ahora eran parte de mi vida. Recuerdo lo de no volver a pisar Brasil con ese ánimo, lo de encerrarme o ser encerrado, lo de vida inequilibrada o algo así y no quiero recordar más. En fin, taba en lo correcto y por eso me dolió pagarle, chanta, por qué no me pudo mentir, como todas las demás mujeres de ojos verdes con taparrabos... y además me salió tan barato, pero tan caro.
Y todo esto saltó porque mientras iba en el tren camino a algún lugar, me volvieron algunas de sus palabras, algo de sufrir para aprender y me pregunté, humilde y en tercera persona, ¿qué venía aprendiendo?
Y en eso venía cuando distraje la vista de los atributos de la blusa de al lado y por la ventana pasó un cartel, con fondo verde o azul, y creo que con letras blancas. Y todo indicaba que me había pasado de mi parada.
Resignado, con una sonrisa de costado muy escondida, me bajé medio ansioso por ver la cara enojada de la secretaria, que tanto la quiero, y los papeles esperándome sobre el escritorio, que tanto los quiero, y yo llegando al fin del mundo, en un tren; pensar que con ochenta centavos podría dejar todo atrás... ¿En qué iluso amante de Mc Donalds me he convertido?

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Tarde |

Monólogo de un idiota IV

Me encontré perdido entre mucha gente tan extraña pero tan normal, mientras caminaba hacia el Obelisco, tan blanco pero tan sucio, tan lleno pero tan vacío.
Y miré el reloj, como siempre, sin importarme la hora, para llevarme por delante una señorita, u otra señorita, rubia o morocha, y me dijo perdón con una sonrisa practicada, seguro de abogada porque se quedó mirando, analizando algo, hasta que me di cuenta de que le estaba agarrando el brazo o el hombro, y siguió caminando sin mirar atrás.
Y busqué entre la multitud de vereda a esas personas que parece que daría gusto abrazar, abrazarlos sin tener que cerrar los ojos, o compartir un mate callado, o dos, o tres… pero no encontré y seguí caminando porque al final era lo mismo, si total ya nadie se abraza.
Y pensé que podía cruzar la calle, o avenida, y por más autos que hubiera no iba a escuchar ese “guarda” o “cuidado” que nos recuerda que no estamos tan solos. Por lo menos si te vas a morir alguien dice algo. (Aunque capaz es por egoístas, por no querer presenciar... no importa)
Miré el reloj una vez más, pero observé la hora con detenimiento, esperando a que vuelva mi agenda despedida con mis horarios o a que alguien me pida permiso. Tengo que estar a las 9 en Juncal y Sucre y Estoy tarde.

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chavo |

a las heridas
les puse curitas
y volví a sonreir
para hacerte sentir vacía

|


( entrada N° 101 =D )

!!! |


:D
(es un número curioso el 8)

Bum |


Monólogo de un idiota III


Me desperté con otro dolor de espalda importante, casi del tamaño de la copa de anoche o de mis cordones negros entrelazados en el zapato también negro y le agregamos una media fucsia y otra marrón, probablemente también de ayer.
Bajé el ascensor mirando fijo al espejo y su opuesto, y los miles de personas tan parecidas a mí, tantos juntos, una mera ilusión, pensé, cuál será más real, mientras la caja de espejos paró o frenó en algún piso, y una chica de medias fucsia abrió la puerta con cara pintada de pancho de madrugada y café mal preparado. Sin amor dicen algunos; yo digo mal preparado.
Igual ni se gastó en mirarme, ya estaba concentrada o abstraída en algún otra lado, pensando en otro príncipe azul, seguro, o capaz ni me veía, no sé, (me asustó decir no sé), mientras la espiaba por el espejo y observaba una línea blanca insólitamente familiar que trepaba su hombro y se escondía en su escote en V.
El resto sigue como sigue: caminé mis cuadras sonámbulo, aturdido por el silencio de la mañana y los ceños fruncidos en todos lados, hasta en la secretaria, que ni levantó la cabeza para olvidarse de saludarme y ya me gritaba y me escupía que el jefe quería verme de inmediato en su oficina, que además bien lejos quedaba, bien arriba, me parece recordar, tan lejos que esperaba que uno de estos días el mismísimo dios lo bajara de un sopapo. Pero no.
De todos modos recuerdo que subí, medio harto de los ascensores ya, y sus patriotas, con sus trajes tan prolijos, casi tan prolijos como el de al lado, pensé, casi tan tarados, mientras subíamos, y me iban dejando solo, y subíamos, yo y mi propio espacio vacío, hasta el punto de extrañar a los verdaderos oficinescos burocráticos y odiar la anti-claustrofobia de este ascensor despreocupado, hasta el punto de hacer una decisión, que no era una decisión sino un hecho inevitable, en el momento que paró, o frenó, y casi inconscientemente me bajé.
Y abrí la puerta casi de un portazo.
Casi por que los portazos generalmente se dan cuando se cierra una puerta.
Y además casi porque la frené, o paré, antes de que chocara contra una estatuita de nosequién, inmóvil, muy quietita para ser de precio, atascada con esa cara de ñoqui come-hamburguesas las 24 horas del día. Y lo reflexioné. Lo reflexioné, cuidadosamente, con unos alaridos de fondo de una versión barata y quejosa de Pavarotti, doblada al chino avanzado. Y mientras, como si no fuera suficiente, el re-retrasado de bolsillos llenos me explicó, me reiteró y me volvió a explicar, las consecuencias (las de siempre) por no haberme fumado el sistema con pipa y no haber ignorado el humo negro y la niebla y el sol y la luna y todo lo demás que alguna vez podría importar.
Pero lo hago, y me olvido, me encuentro con unos amigos, y entre cervezas, se escucha el silencio, una vez más, de un presente vacío.

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el árbol y la luna |

Sigo |

esperando el boleto capicúa...

O no? |

Monólogo de un idiota II (dibujo: retrato de Mashu)

Nostalgia de miércoles, dijo el contador.
No sabía si creerle o no, y me volví a casa medio asustado, a decir verdad. Pero pasó.

Me levanté en el piso, me miré al espejo, y vi que me dolía la espalda, tenía las marcas de la alfombra sobre mi cara, un ojo morado y la corbata desnutrida, aunque encontré el saco entre corpiños y otra ropa interior ajena, pero me volví a mirar al espejo, y afuera hacía frío, así que decidí esconder mis guantes y mi bufanda de amaneceres y los tiré por la ventana.
Salí a la calle y hacía frío y me detuve frente a una vidriera de alguna marca desconocida, de mujer creo, sí, pero no quería comprar ropa, mucho menos a mi sobrina, esa pendeja malcriada, en realidad 'taba mirando el maniquí, que taba bueno, para partirlo si no fuera de aluminio, con esas curvas. Pero sin cara.
Y miré el reloj, no porque me importaba la hora sino por qué la chica de al lado me cachó mirándola, observándola, y le quería hablar pero me quedé mudo, y seguí caminando, entre la gente, todos vestidos de mañana con sus caras largas y sus puños cerrados y sus ojos abstraídos, pensando en llegar temprano, mientras llegan tarde. Siempre lo mismo, ¿no?
Pero me aburrí de la calle, de los que miran el piso y los escotes que parecen escotes pero no, y los viejos que caminan lento por la calle y los empujan y los empujan y todos pasan y siguen caminando, y yo sigo caminando como todos los demás, por que soy eso, al fin y al cabo, uno más.
Y esta vez, decidí ir al trabajo, porque venía faltando mucho, y esta enfermedad que tengo, esta crisis existencial bajo el nombre de gripe, debe llegar a su fin, hoy, y me acuerdo que ayer dije lo mismo y ante ayer también. Una gripe puede durar una vida, ¿no?
No sé pero entré y la recepcionista abrió grande sus ojos azules de secretaria malcogida y los cerró y los volvió a abrir, y ahí estaba yo esperando a que me saludara, no porque lo necesitaba, pero por primera vez quería sentirme parte del grupo, extrañaba eso de pertenecer a algo, a este sistema. Cualquiera.
Pero no me saludó, reverenda hija de su madre, y en vez concentró sus ojos marrones en la pantalla y yo pretendí no sentir nada pero sabía que el miércoles iba a ser peor de lo que pensaba, mientras me metía en el ascensor junto a otros infelices, y nos miramos los zapatos cuando subía y el techo cuando bajaba, como suele hacer la gente oficinesca. Y cuando frenó miramos para afuera y nos dimos cuenta de que no, acá no nos bajamos, faltan 2 o 4 o 7 mil pisos. Y capaz nunca llegamos, ¿no?
Y a pesar de todo me bajé, salí, escapé, de esas cuatro paredes, 3 eternas y sólidas, indiferentes pero dispuestas a reflejar la estupidez, mientras la otra es temporal, maleable a la altura, a los pisos, a los botones. Me falta un botón en la camisa y se me ve el ombligo... qué cagada, ¿no?
Y me veo la corbata amarilla antes de sentarme, después de ignorar los gritos y saludos de supuestos amigos, verdaderos compañeros de trabajo, la mejor raza de oficinescos, mientras veo por la ventana polarizada al pintor sonriendo. Ta para sacarle una foto, ¿no?

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muerte |


fer |

Sailor Moon |



Gracias a Crispín, me enteré de dos cosas:
1) El dibujo se parece a una de las de Sailor Moon. Aparentemente se llama Serena...
2) Había lesbianas en Sailor Moon.
:S Sí, ya sé... pero el sujeto tiene buena memoria y mostró pruebas y no pude negarlo y... no se... nada... tb

Dibujando con el mouse |


Hace rato, Windows Messenger introdujo la opción de dibujar, lo hice cada vez más seguido, y de a poco me fui acostumbrando. Con el tiempo empecé a guardar algunos,  y acá están.