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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

Friday, January 02, 2009 |

Le gustaban las cosas pequeñas. Mientras tomábamos desayuno, solía sacarle el costadito al pan lactal. Solía mezclar el dulce de naranja y el dulce de leche y lo acompañaba con una chocolatada temperatura ambiente. Siempre con mueca de algo, hacía más de una cosa a la vez. Tomaba el desayuno y se cortaba las uñas. Leía el diario y miraba tele. Se cambiaba y hablaba por teléfono. En el colectivo siempre viajaba parada. En el subte prefería sentarse. Tenía manos torpes para lo cotidiano pero hábiles para el violín. Tocaba como sirena desde el fondo del mar, solía tocar con los ojos cerrados y muy seria. Tenía unos libros viejos de partituras clásicas y de jazz de su abuelo que tocaba una y otra vez. Me encantaba. Creo que la primera vez que la vi tocar, fue la primera vez que comprendí que esa mujer tenía algo para ofrecerle al mundo. No se me ocurre nada mejor, pero fue un instante de aquellos que se caracterizan por estar llenos de claridad y luz, un impulso del corazón o de la mente que arrebata la niebla para dejarnos ver lo que tenemos debajo de nuestras narices. Personas y errores y gente y dolor y violines que suenan como caracol ahuecado.

Subtes multicolores |


cortes y cicatrices
susurraba despacito
cortes y cicatrices
es todo lo que tengo


Creo que no me vio. Estaba en el subte, como en diagonal a mi izquierda, botitas verde loro destruidas, una bermuda hasta las rodillas, cicatrices y tajos de una vida que no conozco. Ojos cerrados. Boca cerrada. No puedo evitar reírme de la gente que duerme con la boca abierta, apuntando al cielo, como esperando que ananá caiga justo entre sus filas sucias de dientes y lo ahogué ahí en pleno subte. Pero ella tenía los labios cerrados, orejas chiquititas, remera negra lisa, muñecas desnudas, ningún bolso. Si no la hubiera conocido así, durmiendo, hubiera apostado cien dólares que era lesbiana; o bi, ante la duda de esta gente dudosa. Pero ni se me cruzó por la cabeza despeinada. Saqué un cuadernito azul garabateado de mi mochila (suelo llevar cuadernitos y lapiceras negras a todos lados), y, dos estaciones antes de bajarme, escribí la siguiente nota:
Verdes
Tajos
Cerrados
Me hiciste sonreír.
No tengo muy buena letra y encima el subte porteño no ayuda, pero no importó, corté el pedacito de papel y antes de bajarme en Juramento de mi queridísimo subte verde, el D de dedo, se lo apoyé sobre las manos.
Sucedieron un par de cosas que no esperaba. Mi plan se basaba en las suposiciones de que, en primer lugar, ella viajaba sola, y por ende, no habría ningún conocido despierto que podría llamarme la atención. En segundo lugar, supuse que ella estaba dormida. Y finalmente, creí que era heterosexual, mujer y nunca la volvería a ver.
Más adelante sí confirmé que era heterosexual y mujer. De varias maneras. En todo lo demás, estaba equivocado.
Para empezar: no, no estaba sola. Una amiga viajaba con ella, de pelo medio azulado violetaceo, (como peluca sacada de juguetitos una banda indie-pop australiana que aparenta ser metalera pero canta de amor y pajaritos), y mientras yo la miraba a la de botas verdes, la peliazul me espiaba. Esto duró 5 estaciones hasta que me acerqué a dejarle mi nota, y la metalera wannabe me preguntó así como así,
qué hacés?
no tuve tiempo de responder o correr o mirar para otro lado, y la Alicia de las maravillas de botas verdes ya había abierto los ojos y ya me estaba desnudando con ojos negros, cara de hipopótamo o rinoceronte confundido, como insertado en telenovela mexicana y notando que no entra en el set. Simplemente, no entra.
Y como verán: no, no estaba dormida, sólo descansando con los ojos cerrados como sabrán si alguna vez se subieron a cualquier medio de transporte público de Buenos Aires, es algo que mucha gente hace.
Los hechos que siguieron a este incidente me son medio confusos. Yo intenté escabullirme velozmente hacia la puerta, por más que faltaba una estación para llegar a Juramento, pero para cuando llegué, la puerta se cerró en mis narices. Literalmente. Casi la pierdo. No como en esos chistes que dicen ay, te saqué la nariz, jaja. No tan triste, no tan gracioso.
Nos miramos esperando una respuesta una, dos, tres veces, y empecé a caminar hacia el fondo del vagón, y me escondí detrás de un hombre enorme, que parecía estar puesto ahí por el mismísimo LocalizadorDeLaGenteEnSubtes. No, no Dios. Dadas las circunstancias, no creía en Dios, por lo menos no en ese momento.
Llegó Juramento, me bajé del subte, y me posicioné en un escalón de las escaleras mecánicas para salir a la luz. No había pasado ni la mitad del trayecto cuando miro para mi izquierda y ahí está, niña botitas verdes, mirándome, sonriendo, subiendo por las escaleras "normales" por decir algo. Y yo sin lugar para ir o esconderme, sonreí, con cara de excusa incómoda, como frunciendo la puntita de una ceja y agradeciendo al doctor por el chupetín después de la dolorosa aguja que me clavó en el hombro. Todo eso, en una sonrisa.
Llegamos arriba y me quedé quietito, siendo empujado por la gente pero como quieto entre los empujones, esperando a que alguien emita alguna palabra. A todo esto la peliazul gritaba en otro idioma por celular y yo cada vez entendía menos.
Escribió algo en la parte de atrás del papelito que le había dado y estiró su mano para dármelo. Tardé en reaccionar, y medio ansioso lo agarré y leí casi en voz alta 8 númeritos, uno atrás de otro, que luego comprendí, formaban un cadencia de números, porque eso son números, y con eso, uno llama a personas. Como ella.
Para cuando levanté la cabeza ya se habían ido.
Quiero aclarar que esto no me sucede muy seguido. Es más, no me sucede nunca. Uno puede pensar que yo soy un drogadicto confundido maníaco depresivo que va dejando papelitos con palabras sinsentido en las faldas de diferentes mujeres y eventualmente alguna posible bisexual reprimida debía obsequiarme algo de atención. Pero me gusta pensar que no fue tan así, porqué era la primera vez que entregaba mi papelito en un subte, como los niños que piden monedas y dejan figuritas o estampillas de la Virgen, era mi primera vez, y me salió bastante mal. Pero tan bien.
Caminé las catorce cuadras hasta mi casa con un aire de victoria y honra, repasando los eventos y ocurrencias que llevaron a que yo tuviera en mis manos un papel con un número de teléfono de una desconocida. Desconocida. Que linda palabra.
Caminé casi sin notarlo, me parece recordar que casi me pisan un par de veces, pero nunca está de más cambiar bocinazos por segundos de fúnebres sueños de un futuro cercano. Abrí la puerta de mi dulce hogar, saludé a Fernando, un amigo con quién pago alquiler, y me concentré en un calendario de argentinas desnudas de él que tiene colgado sobre su cama. En cinco días la llamaría. Sábado 9 de abril.
No sólo no dormí bien, sino que tuve pesadillas con escaleras en cinco dimensiones que parecían llevarme a lugares inesperados, y pronto me perdía en un cubo mágico de caminos sin fin. No le intenté encontrar ninguna correlación directa con la mujer de botas verdes, simplemente dormí mal. Varias veces intenté dibujar su rostro o recordar detalles de sus manos pero no lo logré, los bocetos todos terminaban pareciendo de viejos arrugados por la cantidad de líneas inciertas y desencontradas. Hice un esfuerzo por contarle a Fernando pero pronto comenzó a parlotear de su salida con una pelirroja la noche anterior, y perdí interés.
No me sorprendió cuando llegó el viernes y me encontré llamándola desde un teléfono público, ya harto de esperar. No me pregunten porque desde un teléfono público, supongo que he visto demasiadas películas y ante la duda seguí el consejo de los directores hollywoodenses que me criaron.
No atendió. Tomé un café en la esquina, tomándome el trabajo de mirar toda la carta y leer todas las descripciones. A la hora volví a llamar. La conversación fue algo parecido a lo siguiente, pero con más Mmm y ehh y silencios incómodos que la hicieron durar una eternidad, como pato estático en medio de una laguna. Y blop se lo traga el viento:
- Hola?
- Hola.
- Quién habla?
- Ehm yo, soy el chico del subte.
- Ah.
- Sí.
- Estoy ocupada, me dejás un teléfono, te llamo más tarde?
Seguí instrucciones al pie de la letra, y le di el número de casa. No se me ocurrió darle mi celular por razones que me superan. Supongo que porque el número de casa era más corto y mientras menos palabras me veía forzado a emitir, mejor. No sé. De nuevo al sucio departamento compartido. Todo sucedía demasiado rápido y demasiado lento. Como hombre quieto en la lluvia exagerada, sin paraguas ni sonrisa, estático, todo parece moverse tan rápido y él quieto. Quizás esperando, como aquella letra de la renga, a aquel que nunca va a llegar, en la esquina de su barrio. Good times.
La historia sigue.
Pasaron varios días sin recibir su llamado. Tuve mucho tiempo para pensar, idealizar, imaginar, sus hobbies, si tenía mascota, si todavía vivía con sus viejos, si era lesbiana, si había leído a Sábato o si conocía a Elliot Smith. Si le gustaba escuchar el sonido que hace el silencio cuando todos intentamos no hacer ruido.
Y después tuve una especie de revelación. Su voz. No sonaba argentina, mucho menos uruguaya, o chilena... no conocía muchos personajes latino americanos, pero supuse que tampoco era colombiana o venezolana, ni ecuatoriana o brasilera. Ni mexicana. Automáticamente pensé que podría ser americana, pero la oración tenía un fraseo diferente. Horas pasaron, hasta comencé a buscar conferencias políticas en la tele, o algo por el estilo que me diera distintos acentos. Nosé porqué pero concluí, correctamente, a pesar de nunca haber cruzado el Atlántico, que era europea. Fa, fue lo primero que pensé; Fa.
Una semana y media pasó antes de que llamara. Varias veces pensé en llamarla e insistir, quizás había perdido mi número, quizás la había atropelldo un camión de Coca-Cola y estaba recibiendo ayuda médica y un gran cheque y necesitaba alguien con quien irse a Hawai a pasar unas hermosas vacaciones estereotipadas. Quizás la respuesta era simple y triste: no me quería volver a ver. O hablar. Pero efectivamente el llamado llegó. Atendió Fer, y me dijo medio riéndose medio serio y preocupado, que era la chica del subte, que suponía que quería hablar conmigo porque él no había conocido nadie en el subte, y tampoco anda repartiendo su teléfono por el subte como desesperado malcogido. A todo esto me imaginaba la europea de botas verdes riéndose del otro lado. Efectivamente cuando atendí se escuchaban rastros de una risa tímida. La llamada habrá durado 17 segundos. Nos veíamos el jueves en un bar Irlandés. A las 8. Llevá a un amigo. Bárbaro.
No está muy claro mi descripción cronológica de estos días bastante calurosos de abril, pero no creo que sea seriamente relevante a como se desenvolvieron los eventos desafortunados. De todos modos, para aclarar, el jueves se encontraba a dos días de distancia. Creo. Y con Fer fuimos al bar, entregados al destino. Para incentivarlo le dije que a Fer que la amiga estaba buenísima, que era rubia y alta y de gomas enormes. Tan grandes como coco de palmera africana. Eso lo convenció, y en el colectivo ya estaba pensando como emparchar las diferencias o la falta de similitudes entre la amiga peliazul que yo había conocido y la barbie que yo había descrito. No me tardo mucho para concluir que diría que aparentemente es una mujer europea con muchas amigas y no trajo a la misma que había visto en el subte.
Suficiente por hoy.

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Esteban |

necesito silencio para escribir por razones que me superan

Él maneja una combi de escolares. Nunca le gustaron mucho los chicos, pero las horas son cortas y el recreo al mediodía, largo. Come siempre solo, pocas veces se junta con otros colectiveros a charlar de accidentes de autos, el clima, el partido del domingo. Tampoco le gusta tanto el fútbol, pero igual lo sigue. Es de Tigre. Vive a veintitrés cuadras de la estación de tren, pero para el lado feo, donde los perros callejeros muerden la basura y una que otra calle es de tierra. Cada vez que llueve hay una gotera que no lo deja dormir. Nunca pudo encontrarla. La gotera. Se imagina que hay un gnomo verde que hace el ruidito arriba de su techo, y en realidad, no hay ninguna gotera. Sólo un gnomo verde. Su mujer duerme lo más bien. Siempre. Se llama Carolina. Ella no trabaja. Nunca le mencionó el tema de la gotera. Ni que le cuesta dormir. En realidad, pocas veces le menciona cosas. Ella en cambio siempre tiene algo que decir. Que falta esto, que falta el otro, que te olvidaste de buscarme el pan rallado para hacer las milanesas y los chicos están cansados de comer la carne así nomás. Sí, tiene tres hijos. Dos nenas y un nene. Florencia, Agustina y Marcos. Tienen 5, 7 y 8 respectivamente. Las chicas son insoportables. No paran. Marquitos en cambio es callado, casi no habla, nunca se quejó de nada. Nos los ve mucho. Después de terminar su recorrido siempre hace tiempo en el centro viendo vidrieras o tirándose en alguna plaza a mirar el cielo. Se acuesta panza arriba en el pasto y mira las nubes pasar. Tipo 11 llega a casa con cara de nada, come solo, y se acuesta al lado de su mujer. Ya están todos durmiendo. Menos él.
Los sábados y domingos se despierta temprano, con los primeros indicios del amanecer, pero recién sale de la cama a las 12. Los chicos juegan afuera, y vuelven a la tarde para ver la tele. A veces hace trabajos de electricista para juntar unos mangos más. Cada tanto, se toma el 113 hasta Luján para visitar a sus viejos. De vez en cuando camina sólo las 23 cuadras hasta la estación de tren, y se para sobre la línea amarilla. Y cuando se escucha el tin-tin y se bajan las barreras, se imagina como sería tirarse, dejarse ir, y olvidarse del micro de escolares y las gauchadas como electricista, y la lucha por su jubilación, y los útiles de los nenes. Pero la gente se empieza a amontonar, y pronto él es solamente un estorbo, y se corre y se vuelve a su casa.
Ya no le preguntan adonde estuviste.
Al loco Esteban lo ven caminando solo, siempre solo, y callado, se dice que le pega a su mujer y que no quiere a sus hijos. Otros dicen que solía cantar y tocar la guitarra como los dioses. Otros que es un pobre infeliz y hay que dejarlo en paz, que haga su vida.
Que haga su vida.

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buena |


antes de que comience a parlotear de más, debo aclarar que no es una buena noche. O una noche buena.
Simplemente no lo es.
Verás, sucedieron ciertos acontecimientos desafortunados que me hacen pensar que el universo es un escenario decorado, y detrás de escena está el sonidista y el director, brindando, siempre, la misma escena, brindando, sea champagne o vodka, vasos o copas, se ríen siempre igual, voces oscuras y roncas, profundas como bocas de leones o hipopótamos. Cosas que pasan.
No sé, a veces creo que estoy loco, a veces que soy el único sano, pero la mayoría del tiempo me esfuerzo por no clasificarme o excluirme, hago un esfuerzo por incorporar la masa, incorporar las culpas y las responsabilidades, hasta intento llorar, intento llorar y no puedo.
No puedo. Y no se de quién es la culpa. No tengo una buena razón para llorar tampoco, o quizás tengo demasiadas, pero la cuestión es que la última vez que lloré fue a los 10 años de edad. Lloraba en la ducha, no me acuerdo porque, pero lloré por horas sentado en la bañadera, con el agua golpeándome, mis lagrimas se perdían entre líquidos ajenos.
Nunca gano en sorteos, ni concursos, y tampoco quiero empezar a ganar y poseer una suerte supernatural, sólo pido acceder a pequeños datos curiosos que llenarían mi vacío existencial. Para empezar me encantaría saber adónde fueron todas las cosas que perdí, adonde se escapan, en que universo paralelo está el power ranger rojo de mi niñez, donde está el buzo turquesa que me tejió mi abuela, que habrá pasado con aquel taxista que compartí una noche de confesiones en el café la humedad, en que cama duerme mi primera novia y que pasó con la morocha que prometió encontrarme en el muelle al atardecer y nunca llegó, y la esperé días comiendo panchos y durmiendo en la playa, y nada. Donde van? Carajo, aprieto la mandíbula, aprieto los puños y cierro los ojos, y siento que la sangre se apura a llegar a mi cabeza antes de que rompa algo, las articulaciones impacientes y un dolor de cuello y una nube de ansiedades y pensamientos que nublan mi juicio, quiero saber, quiero entender, que pasó, porqué no vino, hablándole a paredes, me pierdo en una música de boliche insoportable. Adónde van, carajo, será que enanitos multicolores me siguen y me roban las cosas y las apretujan en cajas de cartón que embalan y acomodan y las llevan a Japón para ser expuestas en alguna exposición de arte? será eso? enanitos multicolores?
me siento y no puedo no pararme para volver a sentarme
estoy harto de esperar
eventualmente no es suficiente, quiero las respuestas prometidas, no más comparaciones y metáforas.
No quiero gastar tu tiempo. Tampoco quiero saber si estás bien. Solo quiero molestarte.

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No sé |

nosé que hacer. es como estar en la clásica división entre dos caminos la perspectiva fuerte y presente el horizonte eterno, está el asfalto impecable y la llanura interminable estamos nosotros estamos todos mirando esperando y sin previo aviso una explosión un destello de gritos ahogados y fuerzas desconocidas tiembla el piso y se nubla el cielo y corremos todos en direcciones contrarias los caminos siguen ahí ignorados y nos cautiva un surrealismo exasperante son los enanitos verdes es la lluvia amarilla es la escena que sucede en la televisión sin volumen es una mujer golpeando la almohada con el puño cerrado a los alaridos y el espacio vacío, sigue siendo espacio vacío y se congela la imagen nos mira la luna correr en direcciones contrarias ignorando los caminos y se distorsiona la perspectiva y el asfalto crudo y la niebla que esconde el horizonte hasta volví a leer y cantar buscando alguna verdad para aferrarme como niño que aprende a caminar cayéndose odio decirlo pero devuélvame los crayones porque no puedo no quiero y no debo simplemente los necesito.

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carajo |


quiero escribir algo que comience por los dedos del pie, algo agridulce, algo que me convenza

quiero dejarme ir entre bosques y mares y estereotipos tiernos de naturaleza
y puedo
pero a veces no
Se sentó como indio en el piso del living. Estuvo así tres horas. Quietecito, inmóvil, mirando la pared blanca. Alguna vez salimos a caminar y me preguntó, de que color son las nubes? blancas. ah. como la pared de casa. y sí, las nubes son como la pared. o será que la pared es como son las nubes?
se paró, mueca de nada, ojos cansados, caminó hacia el teléfono, lo desconecto, se volvió a sentar.
de que color son las nubes hoy? no hay nubes, sólo cielo. solo cielo.
hacía parpadeos largos, inflaba sus cachetes, miraba en diagonal las lámparas apagadas. Siempre fue inquieto, solía decir su madre, entre sonrisas nostálgicas.
Se calzó los zapatos y se fue. Caminó cuatro cuadras hasta la plaza. Se desató los cordones, la camisa, el cinturón, las medias, la remera, los boxers grises. Se desnudó sin gesitarlo, sin mirar a los costados, y se acostó panza arriba al cielo. Esperando a ser arrestado.
Fue un acto poético que me quebró el corazón. Los policías lo golpearon mientras él se resistía, una y otra vez, y pronto llamaron una ambulancia y se lo llevaron, ya quietecito, no del todo muerto pero no del todo vivo.
Quedó su ropa, en la plaza, dibujando arte abstracto para las palomas, regalándoles sus ansias de volar.
Me siento a recordarlo en la oscuridad, con un nudo en la garganta y una botella helada en la mano. Y no puedo evitar sentirme culpable, un cómplice de la incomprensión y la dictadura, manchado en sangre, hundido en tinta negra, con un nudo en la garganta, y una botella helada en la mano, lloró la primera gota por él.
celebremos la locura
carajo

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Ahora Thursday, January 01, 2009 |


Sentirse solo es curioso.
No hay que necesariamente estar físicamente solo. Hasta la presencia de muchas personas, sean conocidos hiperactivos o una masa gris que nos abraza, puede agravar la soledad. En contraste, al estar solo uno no necesariamente tiene porque sentirse solo. Es curioso.
Mas la soledad es cómplice, y cuando se encuentra presente, sin vueltas ni sarcasmos lo sabemos de inmediato. Prendemos la radio, subimos el volumen, abrimos una ventana para filtrar los ruidos de la ciudad molesta. Algo hay que hacer. No te podés quedar quieto, expectante, dejar la brisa entrar, como una cuchillada lenta en el pecho, respirar hondo y sin pestañar, ya mirando la nada, dejarse estar, y sentir el latir de un corazón amargado, amenazando con ir cada más lento; sentir la sangre en las venas; más allá, quizás la lluvia, sobre el techo de chapa del vecino, o los ladridos de algún perro vagabundo, o el ruido indestructible que hace el silencio cuando lo escuchamos. Categorizar y dividir todas las melodías que nos ofrece nuestro entorno, abstraerse, prenderlas y apagarlas, elegir, el piso bajo nuestros pies, la sirena de la ambulancia que se aleja. Por último, los suspiros de un viejo pudriéndose en un geriátrico, impaciente, intranquilo, como suspendido en el aire. Son los silbidos del taxista. Paredes de aire que nos separan. Lámparas y faroles y luces que no tienen nada para alumbrar. Porque no pasa nadie. Ni un alma.
Es un borracho que se acerca a pedirte monedas. Y no sabes porque pero le decis que no. Le decís que no. Que no tenés. Gracias igual gaucho, dice por lo bajo mientras se aleja caminando lento, yendo a ningún lugar. Y la garganta atada, y los hombros caídos, y las manos movedizas y quietas y movedizas, la mente en blanco y el inconsciente pasado de vueltas, zapatillas cansadas y medias esbeltas. Es escribir, solo, en una plaza mal iluminada, y sentir que la noche acelera, y la luna llena se mueve tan despacio, y el frío que no es frío sino la mismísima muerte haciéndote cosquillas, y uno que no puede no mirar los autos pasar.
Estoy cansado. Voy a irme a otro lugar.

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Secretos de un idiota |

-- Veo el fuego, veo el final --
-- Cursy gilipollas te juro que me la pagarás --
Fue una triste cadencia de acontecimientos desafortunados, una especie de sopa de recuerdos que fui tragando a cucharadas, medio atragantado, medio triste, con los ojos llorosos mirando a la moza arreglarse el corpiño. Que bello mundo cruel.
Primero tapé la camarita de mi notebook con una cruz de cinta. Me sentía observado por un alguien desconocido.
Denuncie al cordero de dios en plena consagración de misa dominguera. Tenía 7 o 8, y siempre me quedaba dormido o hacía demasiado ruido, siempre corriendo de acá para allá, escondiéndome en los confesionarios. La única vez que le presto atención al cura escuho "Este el cordero de Dios que quita los pescados del mundo". Acto seguido, pronuncio, con las manitos en el aire en forma de protesta: "cordero chorro!"
Ahora tengo 9. Encuentro, en la computadora de mi papi, un video de mi tía bailando en bikini. Me invade una sensación de asco y placer. Me voy corriendo a mi cuarto y me abrazo a mi peluche favorito, que era un mono llamado Alpagualpa.
La semana pasada intento luchar contra mi pánico de los asientos dados vuelta en los colectivos. Me siento. Miro por la ventana. Veo a una mujer embarazada y en vez de jugarla de dormido, le ofrezco el asiento. Me dice muy fuerte y claro, "no estoy embarazada mi vida". Todos en el colectivo me miran. Casi corriendo me bajo del colectivo en pleno panic attack.
Ayer me sentía sólo y llamé a la operadora de McDelivery para hablar con alguien. Me aprendí todas las nuevas promos. Y hasta la invité a salir. Pero me dijo que tenía novio. Todavía sigo pensando si me mintió.
No puedo escuchar una canción sin marcar el tempo, sea mentalmente, 1,2,3,4, o con los dedos... o los pies... o la lengua. Es un problemón. Una mala conducta social. Atenta contra la tranquilidad de los que me rodean.
En momentos de absoluta clarividencia, no puedo diferenciar mi derecha de mi izquierda. No me juzguen.
Nunca uso los dos lados de la hoja. Sólo uno. No me pregunten por qué.
Mi madre solía festejarle el cumpleaños a nuestro gato "Chichón". Con torta, velitas, globos y guirnaldas, yo no podía no ponerme celoso, tanta atención a un gato obeso y arisco, lo único que sabía hacer era morderme mis power ranger.
Y hoy confieso mis secretos ante desconocidos porque, la verdad, no tengo nada mejor que hacer, con 49 años, ya usé todas las corbatas, ya recorrí todos los atajos y ya me emborraché hasta el cansancio, ya me casé y me divorcié, ya pasé por la etapa de las madres, y las abuelas, pase por la de las hijas, las hermanas, las nietas y las tías, y sigo sintiéndome un infeliz. Y mi psicólogo dice que el primer paso, es aceptarlo. El segundo, compartirlo. Así que ahí va.

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Te miran |

kiosco de dulces
que quieres comprar
tenemos rocas, manos y luces
tenemos rosas, pies y atravesar
los confines del silencio
podemos
siempre intentar alcanzar
las llanuras del vacío
podemos
escapar cadenas ajenas
debemos escapar cadenas ajenas
deberíamos escuchar palabras
las nuestras.

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reina matutina |




[A la gente le encanta repetir cosas.]
Me levanto confundido. Suele pasar, sobre todo últimamente, siempre con la mochila al hombro, siempre tropezándome con cosas y gente y más cosas, porque al fin y al cabo parecen ser sólo cosas, objetos inanimados que no me producen ninguna emoción o reacción, pedazos de materia abstracta o concreta que no me transmiten ningún mensaje, y que parecen estar posicionadas casi arbitrariamente para hacerme tropezar.
Hoy no es la primera vez que tengo un accidente, que me choco, que un camión acelera en rojo y me aplasta para hacer de mí y el asfalto uno solo. Lo que cambió fue que hoy pude sorprenderme, tuve la capacidad de asombrarme ante el tamaño y la forma, o más bien ante la curiosa cadencia de obstáculos que hicieron de mi mañana un viaje en tren de Retiro a Tigre, ida y vuelta, ida y vuelta, hasta que el tren se descarrila y aparezco misteriosamente en un mundo multicolor de fragancias desconocidas color rosa y enanitos violetas asquerosamente simpáticos. Mentira, mi terror a los trenes no viene al caso. Entonces.
Me levanté confundido. Apagué el despertador con la mano izquierda. Respiré. Respiré. Uno. Dos. Ojeé el cuarto. Todo seguía como lo dejé. El usual orden infeliz con el que suelo lidiar al amanecer. Fui a la cocina y me encontré con una mujer desnuda tirada en el piso. Me ventilé un poco más, y di media vuelta al living. Vi un caminito de ropa blanca que comenzaba en la puerta de entrada, se trepaba al sillón rallado y terminaba bajo mis pies. Mis uñas estaban largas. Ya era hora de cortarlas.
No sé cuánto tiempo estuve parado frente al espejo del baño haciendo nada.
En cambio, sí recuerdo haber cruzado la cocina en puntas de pie, con cuidado de no despertarla. No lo pensé, pero podría haber estado muerta o enferma o paralítica y yo me puse a hacerme el desayuno como todas las mañanas. Una taza de café, dos tostadas, tres puteadas, dos tropiezos. Me senté a comer, tragar, digerir. No pude no observar el cuerpo inmóvil. Y llegué a la conclusión de que mis sentidos fueron lentamente apagándose con los años. La veía como cuando un niño comparte la bañadera con su primita por primera vez, y confundido la mira y la evalúa y juega a encontrar las diferencias, tocándola con asombro, casi con miedo, con la mano bruta de un niño ingenuo. Ni una pizca de pasión o atracción. Era simplemente un obstáculo en el curso de mi mañana. Estaba boca abajo, con los pies descalzos bajo la mesa, un pelo negro hasta los hombros, mostrando los primeros indicios blancos de la vejez. Completamente desnuda, su color pálido contrastaba con los azulejos de tabla de ajedrez que tiene mi cocina humilde. Tenía la marca del bikini, así que supuse que A: había ido en el verano a la playa, o B: era de esas mujeres extrañas que toman sol en su terraza. Por sus curvas delicadas y su figura esbelta supuse que no sólo era desempleada, sino que pasaba su tiempo libre yendo al gimnasio, corriendo y elongando con un personal trainer mexicano atractivo con el que solía serle infiel a su marido gordo y orgulloso, todos los martes y jueves, a la misma hora. De esto salió una reflexión sobre lo saludable que debe ser mezclar sexo y deporte de manera consistente y rutinaria, y lo moralmente incorrecto que es meterle los cuernos a tu marido de manera consciente y estructurada.
No sé que planeaba hacer, no había un plan A o X, me estaba dejando llevar por mis impulsos matutinos. Nunca se me ocurrió que tendría que entablar una conversación con una mujer desnuda y desconocida a estas horas de la mañana, en mi cocina. Pero sonó el teléfono. Y seguía sonando. Escuché una especie de ruido, como ronquido de gato en celo, o como bostezo de vagabundo. Me preocupé, no por ella, pero por mi falta de respuesta, como tenista que saca y tenista que recibe la pelota con la frente. O no. No se sabe.
Sonó el teléfono, me acuerdo de haber atendido y mentirle a mi secretaria de que mi padre fue atropellado por un taxi. Amarillo. Un taxi amarillo. ¿Podés creer?
Corté. Me acerqué, y al segundo me aparté sobresaltado cuando tomó una bocanada de aire con los ojos abiertos como loca fresquita del manicomio. Me escondí atrás de la heladera y me quedé mirándola.
Giró la cabeza como búho, 180 para cada lado, y despacito se levantó y comenzó a probar mi desayuno. Un sorbo de café, una tostada con manteca, una sonrisa. No me acuerdo que paso después. Si me acuerdo que me saqué la ropa y compartimos el desayuno desnudos, entre risas y carcajadas. Desconecté el teléfono y puse unas pizzas. Se llamaba Natalia, estaba estudiando para ser monja, ojos verdes, orejas, chiquitas, labios tiernos, pómulos marcados.
No le pregunté como llego a mi encantador hogar, ni que representaban las marcas en su espalda, como tatuajes o cicatrices. Por el gustito a Gancia o licor me gusta pensar que se equivocó de departamento, y se tropezó con un mueble, una cosa, un obstáculo.
Y tuvo sexo desenfrenado con un desconocido en una cocina como un tablero de ajedrez.
Mi reina matutina.
Son las 7 am y estoy llegando tarde al trabajo.
Aprendí que las cosas pueden evolucionar en algo más que obstáculos.
Un auténtico accidente celebrado.
Y me subo la corbata.

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pingüinos |


Hay pocas razones por las cuales un hombre estaría dispuesto a matar a un pariente de su mujer. Como una tía, por ejemplo. Pero antes de proseguir a intentar explicarlas, es importante aclarar dos cosas:
a) no suelo caber cómodo dentro del cubito de la estereotipada manera en la que se usa la palabra hombre, llena de prejuicios de coraje, fortaleza, orgullo, honor, una estúpida pasión por los deportes de contacto físico, una constante omisión de sentimientos y emociones y un forzado instinto por bombear todo lo que hace sombra. Tengo mis días, verás, pero usualmente simplemente no me siento identificado. No vamos a decir que no lo intenté, pero esa cajita es demasiado chica, y a la vez demasiado grande, como si no fuera cuadrada pero algún tipo de triángulo anti-geométrico malvado, y por más que gire y me tuerza, no lo lograré. Me tardo un rato aceptarlo. Me encantaría ser ignorante de todo y seguir, sentirme parte de un club privado. Pero no, un pingüino me recuerda de mi idiotez y pronto vivir no es tan fácil como pensaba.
b)[Preludio] Odio enumerar las cosas, como si fueran todos items separados y categorizados, cuando en realidad parece todo estar tan entremezclado que es imposible separar el chicle de la suela del zapato del trabajo que aborreces. [/Preludio]
De chiquito solía odiar a una maestra de lengua llamada Beatriz. Era cruel, vil, mala, malévola. No se me ocurren más adjetivos, pero si se me ocurrieran, los pondría. Muymuymuy mala. Tan mala que hasta tenía arrugas malas. Solía gritar, pero sólo cuando menos lo esperabas. Golpeaba la mesa con el puño para pedir silencio, y su diálogos se caracterizaban por ser adornados por una seguidilla de amenazas e insultos tan sutiles, pero tan evidentes. El ocasional uso de palabras como tarado o idiota, o hasta tonto, honestamente me herían. Yo me creía tan inteligente, único, superior, o por lo menos standard, normal, culto. Todo esto viene a que en julio del 94', cuando estaba en 5to grado, algo le pasó a una pierna (algunos decían que fue en una pelea en un bar contra seis borrachos, otros que se peleó con palos de billar con su marido, otros que saliendo de un taxi, este aceleró antes de que terminará de bajarse). No vino al colegio por 3 meses. La suplantó una hueca, de 25 años, que solía repartir unas hojas y escaparse a fumar mientras nos decía que trabajemos. Nunca golpeó la mesa, nunca levantó la voz. De vez en cuando se mordía el labio o jugaba con su pelo con la mano izquierda. Cuando Beatriz volvió todos sonreímos al escuchar sus gritos, ya montada en sus maletas y su pata de palo. La habíamos extrañado. Hasta el día de hoy no estoy muy seguro de que aprendí. Pero algo hizo tic. O crack. O cataplum.
Habiendo dicho esto, debería proseguir. Pero estoy cansado, y tengo la mala costumbre de siempre responder a mis impulsos. Y en este momento, quiero dormir. Seguiré después.

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Yo no la maté |

Siempre las manos frías. Ante todo, manos frías y ojos llorosos, un aspecto de lluvia, un apego a la palabra "enterrar" y una pasión irracional por todo lo verde loro. Se llamaba Sofía. Leí alguna vez en un libro que significaba "conocimiento", en uno de esos libros que ofrecen una introducción a la filosofía, pero nada tangible ni sensato, abusando de sinónimos de abre tu mente, abre tus ojos, sal de la cueva, como si recibir más órdenes haría que rebalsara el vaso y entendiéramos que no tenemos control sobre nuestras vida y somos tan sólo títeres. Blah blah blah. Es todo muy cliché. Y me avergoncé tanto al pensar que su nombre significaba "conocimiento", que apenas se lo comenté me di cuenta de lo fuera de contexto que estaba mi comentario, de lo fuera de contexto que estaba yo en ese bar oscuro de barrio, cambiando la cerveza de mano cada diez minutos para que no se me congelen los dedos, con mi usual paranoia que todos los ojos están en mí. Y lo peor es que esa noche turbia de lunes monótono, cada vez que giraba, efectivamente estaban todos observándome. El viejo de la barba. La chica de la barra, entre boina y rastas. Las solteronas. Los solterones. No había personaje que no me dedique su tiempo para hacerme sentir espiado y vulnerable entre el rock de los 80' y el humo de los puchos de Sofía, uno atrás de otro. No recuerdo de que hablamos. Sé que cuando la alcancé caminando hasta su casa, tenía la seguridad de que la volvería a ver. Días más tarde me odiaría a mí mismo por olvidarme de pedirle el teléfono. Cosas que pasan, trata de uno de convencerse.
No sé si lo mencioné, pero desde chiquito siempre tuve pesadillas, me han acompañado a lo largo de los años, y ya ni intento otorgarles significado. Esa noche me levanté agitado después de pensar que mi mano derecha se había transformado en un bonsai horrible y deforme. Comenzó con un pastito, del que tiré casi instintivamente, y pronto apareció otro, y otros, y a medida que arrancaba desesperadamente con mi mano izquierda los yuyos verdes, brotaban más ramas y raíces y veía menos dedos y uñas.
Pero ese es otro tema. Ya habrá tiempo de hablar de mis pesadillas y mi insomnio. Me interesa hablar de Sofía, y los eventos que me llevaron a matar a su tía.

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negación artística |

No. Ese no es mi nombre.
Soy titulado desconcertante, desconfiado, desconocido.
Ya era de noche. Apoyé el maletín con rabia; no lo arrojé, no lo tiré, no lo chamusqué contra la pared: con odiosa suavidad lo apoyé en el sillón, y ahora así, casi me ahorco sacándome la corbata, y luego la camisa, y zarandeé los zapatos y dejé caer el cinturón y observé por un segundo el living comedor infestado de ropa. Media vuelta y a la cocina. Busqué en uno, dos, tres armarios. Cuatro, cinco, siete cajones. La heladera. El frizzer. Nada. Abajo del lava platos. Sí. Bingo.
Me serví un vaso. Medio más. Saqué unos hielos. Respire hondo. Me saqué el anillo, y lo acosté con cuidado en la mesada de mármol helada. Me froté los ojos. Me distraje mirando los deliverys pegados en la heladera. Un chau fan; medio kilo de menta granizada: una napolitana; una comedia romántica pésima. "Como en tu casa".
Me estiro, prendo la radio. La última del dial. Me siento en el piso, con mi vaso y los hielos que acompañan mi cavilar descarrilado con el ruido sutil que hacen contra el vidrio.

Me había olvidado mi celular. Eran las 11. Apuré la reunión y me subí a un taxi para buscarlo. Llegué 11:20. La puerta estaba abierta. Antes pasé por el baño. La tapa estaba levantada. En la cocina, todo limpio. Empecé a subir las escaleras. Me acuerdo que escuché música. Cinco, seis, siete escalones. Frené a escuchar. Era Barry White. Ocho, nueve, diez. Sin moverme, vi el celular al lado del jabón, en el baño, y noté que estaba tarde y a pesar de haber considerado irme sin saludarla, puse el aparato en el bolsillo, y entré al cuarto.

Me sirvo dos vasos más. Respiro hondo. Ni me molesto en ponerle hielo. Me agarran ganas de toser, pero no. Entra una luz por la ventana desde el departamento de enfrente. Sigo en el piso, con la espalda contra la pared. Me miro los dedos del pie. Tomo otro sorbo. A mi derecha, veo que dejé la puerta abierta. Fuckit.

Entré. La cama estaba desarreglada. La puerta del baño suite, cerrada, la luz de adentro, prendida. No pude no sentir nada. Me quedé inmóvil, sabiendo exactamente como se iban a desarrollar las cosas. Cerré los ojos en un pestañar en cámara lenta. La luz del baño de apagó. Salió mi mujer, con una de mis camisas a cuadros y un short amarillo cortito que había usado ayer para disfrazarse de colegiala. Sus ojos. Ella también, quedó estupefacta. Muda. Barry White seguía de fondo, I can't get enough of your love. Éramos dos muñecos. Quietos. Esperando. Desde atrás de la cama, el tercero. Un hombre en boxers negros apretados se pone de pie lentamente. Somos tres piezas de ajedrez. No hay reloj. No hay lágrimas. No hay gritos. Pestañeo. El hombre levanta su camisa del suelo. Me doy cuenta que estoy bloqueando la salida. No puedo no quedarme quieto. Mi mujer deja de mirar el piso para mirarlo a él, luego a mí, luego a él. El desconocido casi parece tenerme miedo. Como si yo fuera a sacar una tijera y cortarle la aorta en este preciso instante, bañando nuestro tablero desordenado, quitándole la vida al rey, festejando en silencio un jaque mate apresurado. Me corro a un lado y le hago señas con la cabeza para que se marche. Sin pasar por mis ojos, se va y encara la calle semi-desnudo.

Suena el teléfono. Suena como si hubiese estado sonando hace años. Hace siglos. Me agarra un profundo sentimiento de extraño confundir, un mareo de alta mar, como si tuviera un segundo latido en mi cabeza enviándome una señal en código Morse. Toco tierra firme con mi mano izquierda. Me rasco la barba. Está todo oscuro. Solo entra una tímida luna nueva de una noche nublada. Y hoy, es suficiente.

Quedamos dos. Ella, y yo. Miré alrededor con repulsión, con desapego, y no pude evitar que me inunde una lujuria desenfrenada, mientras quebraba los botones de las camisas y, sobre el piso de madera, compartíamos un sexo imprudente, atropellado, aturdido, casi violento en completa profanación de lo absoluto y misterioso. Una vez terminado me levanté, y también yo salí semi-desnudo a la calle. Quedo una.

Me levanté para buscar otra botella. Me llevé puesto el sillón y tanteé la pared hasta encontrar la luz [No lo sabía en ese entonces, pero la luz, al final de túnel, era un tren de carga aproximándose: chú, chú… chú y chú.]. Caminé hasta la cocina, destapé otra botella en pleno estado de inconciencia y sonreí, ya entregado a la luna nueva y el silencio y una oscuridad invitada para no revelar el vacío. Persiguiendo el cambio, me serví otro vaso.

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ojotas |

Infragante insomnio y anomalía tenue y cremoso nublar
de un portazo
desquebrantar injusto de una pared mal pintada
Salgo vestido, cubierto, escondido
arduo caminar, bostezar, bostezar
injusta lluvia de un peso inmenso
húmeda gota final
como quieres que te siga
si soy tan sólo un espectador
si cielo no es no llegar
si caerse no es no levantarse
adonde escaparon las gaviotas de este puerto
adonde se escondieron los fantasmas del sordo
acontecer
adonde se escuchan las palabras y se huelen
los aullidos
adonde se dictan las leyes del correr
desaforado
adonde encuentro mi espejo arañado
de quehaceres indispuestos y jardines sin podar
adonde encuentro mi espejo anclado
entre tanto místico pasado y un tierno Gibraltar
adonde están las sirenas del presente
indulce,
aleteando
en la arena
sin respirar
adonde fueron las palomas blancas
de nuestro buenos aires
idiotas
inocente
signo de vitalidad
quiero tirarle pan a las palomas
muertas de nuestro pasado
quiero pisar un gato atobianado
y llorar manchas irregulares
e irme a dormir de triste mojado
quiero saltar las rejas grises
de nuestras conductas
y romper los botones de tu camisa
quiero dejar atrás nuestras huellas
quiero caminar sin prisa
quiero husmear sin siesta, sin ella
limpiar mi playa de arena
y en un cine del abasto
mi presente interrogado se estrena
en silencio
sin luces ni pochoclo
sin niños ni silbidos
quizás
uno que otro espectador reprimido
pelado
viejo
y un vacío asiento vacío.

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Un paso, dos pasos, pared |

No me importa que es lo que puedas o no puedas ver. Somos todos una consecuencia de nosotros mismos, encerrados en una jaula inexistente pero decorada, vistiéndonos de arbitrarias experiencias y desencuentros con nuestro ser.
Es un mar miniatura, fundado por enanos en el Polo Sur siendo latigados por Papá Noel. Nos movemos con torpeza, en una pelea entre gallinas y pingüinos para ver quién vuela más alto.
Así empezó la mañana, con un discurso escalofriante y cierto, entregando la astucia a la lujuria. Me levanté con el pie que tiene el dedo gordo morado (el izquierdo), y salí a la terraza. Había un cielo, siempre lo hay, y calles y edificios. Si el cielo hubiese sido salpicado en un lienzo, sería un horrible cliché de rosas y morados que no existen. Pero no. Fue una mezcla de mañas y travesuras, y me inundó un dolor sordo, fue una puñalada debajo de la axila, a esas horas; creía saberlo todo, en mi sabiduría matutina, me engañaba tan elocuazmente, y un cielo de otoño tardío me demuestra que estoy equivocado. No quiere decir que no todo este perdido. No es un rayo de esperanza, sino una prueba de que aún puedo reirme de mis idioteces, sonreirle a un cielo que se escurre entre mis pocas horas de sueño y mis muchas horas de trabajo. Es tan irónico, que sonrío.
Y sonriente, me doy cuenta de que voy a llegar tarde. Es inevitable. Sencillamente, sin doblez ni engaño: inevitable.

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