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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

Estas son las mañanitas Tuesday, June 15, 2010 |

Escucho el teléfono y salgo apurado de la ducha. Me frena tan sólo un instante un frío que me da la bienvenida al pasillo, y troto como pingüino malherido, sabiendo que al teléfono no voy a llegar. Pero lo que vale es la intención, me convenzo, porque de lo contrario, me persiguen verbos condicionales por el resto del día: y que si tal, y que si cual. (Yo quería ser bombero, de chiquito, quería ser alto y bigotudo. Enano no soy, pero los bigotes me hacen acordar al verdulero de la esquina de Juncal, y por eso nunca los dejé crecer.)
Sigo dejando rastros, gotitas ordenadas, como migas de pan y Hansel y Gretel. Hace mucho que nadie me lee un cuento. Hace mucho que estoy parado en el mismo lugar, frente a un teléfono callado, y se observa una laguna tímida en la alfombra.
Termino de cambiarme, salgo a la calle y me siento en los escalones.
No hay nadie.
Del lado de enfrento veo un árbol de tronco flaquito que se asoma entre la maleza casi artificial del lote vacío. Las ramas y las hojas recién comienzan a la mitad de su tronco pálido, que contrasta con el verde muy verde de su melena. No veo ningún nido de hornero. Y tampoco es bueno para trepar.
En cambio, sería un buen cepillo de dientes para un gigante.
Orgulloso, me permito continuar hacia la parada.
Por suerte el camino hasta la oficina es largo, y una vez arriba del colectivo, con la cabeza rebotando contra la ventana, mi mente puede abstraerse y flotar, como haciendo la plancha en el Mar Muerto.
Pronto me siento pequeñito, así en diminutivo, confundido entre la diferencia entre el kung fu y el karate. Honestamente. Los primeros 10 años de vida estuve convencido de que nací destinado a ser un power ranger rojo. Pero aún teniendo miles de horas de capítulos de esas figuras multicolores, y habiendo sido traído a este planeta oscuro para salvar a la humanidad y andar en robots extrañamente enormes y torpes, no sabría decirte si los power rangers hacían kung fu o karate. O tai chi. O ninjitsu. O taekwondo. Y a estas horas de la mañana, verás, estos dilemas son esenciales.
Yo pienso en figuritas de acción. La rubia de al lado en un castillo construido con cosméticos y el gordo quiere abrir la ventana del asiento de adelante pero la vieja no lo deja, y sabe que no se va a poder sacar el saco en todo el día, por las marcas en la camisa. De sudor. De odio. De ganas de abrir ventanas. No sé.
Tengo la mala costumbre de autoperdonarme todas las mañanas. No importa qué haga, qué piense, qué diga, todo está bien porque es la mañana. Y las mañanas son horribles, porque levantarse no está bueno. Entonces no dejo pasar a la señora saliendo del ascensor, no ayudo al ciego a cruzar la calle, no le devuelvo la sonrisa a la farmacéutica, no me afeito, no me peino, no me ajusto la corbata. No me apuro. No me lavo los dientes, no le doy monedas al quiosquero, no le hago caso a mi vieja y rompo la dieta, no puedo no gritarle a la pobre chica que vende los boletos en la estación, no puedo no pegarle al obrero que le grita bombón a mi vecina, no puedo evitar que me deje el ojo morado como pasa de uva vieja. No puedo no llegar tarde, no puedo concentrarme, no puedo trabajar, no puedo no mirarle el escote a Vicky, no puedo no mirarle el escote a Susana, no puedo no poner cara de asco cuando pasa Francisca, no puedo ir al baño y mear tranquilo sin que algún clásico ofinicista reprimido quiera hacer de mí su nuevo mejor amigo. En el baño. Hacerse amigos. No se puede creer.
Se hacen las doce, el sol pesado sobre nuestros hombros, pleno mediodía; mi mente analiza el caos matutino, lo estructura, lo identifica, lo categoriza, finalmente lo acepta y en la primera vidriera que cruzo al salir del edificio en mi recreo del almuerzo, me perdono. Simplemente, me perdono, y está todo bien, porque levantarse no está bueno, y las mañanas son difíciles. Por no decir imposibles.

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Llave Saturday, June 12, 2010 |

Mi abuelo era veterinario. Pocas personas lo saben, pero los veterinarios suelen tener acceso a todo tipo de drogas. En los procedimientos quirúrgicos de varias especies animales es usual usar ketamina o hasta mezcalina. Le sumamos que mi abuela sufría de constantes ataques de ansiedad y tensión, así que se daba la libertad de tomar todo tipo de anti-depresivos y sedantes. Con los años fue aumentando las dosis. Pronto los cajoncitos del baño no alcanzaban y colocaron todos los farmacéuticos en un viejo ropero chino. El mueble estaba cerrado con llave. Llave que me prometí a mí mismo que algún día encontraría y haría la fiesta más psicodélica y alucinógena del barrio.
Nunca había tomado drogas disociativas ni planeaba hacerlo de manera rutinaria, pero estaba profundamente interesado en el tema. En el colegio mi materia favorita era química, y en mi casa solía estudiar las formas moleculares de los diferentes compuestos, aprendiéndome de memoria sus pesos moleculares, la existencia de centros quirales, el pH en la solución en la que se preparan, las constantes de ionización…
Estaba fascinado. Si hubiera vivido en la ciudad probablemente me hubiese encontrado con las drogas a más temprana edad. Pero en un pueblucho chiquito como el nuestro, las fuentes era escasas y lo que estaba de moda era el metegol y los fichines. Por esa razón recién a los 29 años, cuando encontré la llave, se me abrieron las puertas hacia ese mundo desconocido. Mis abuelos se habían ido de viaje a Mar del Plata y me confiaron la casa, pobres ingenuos, suponiendo que con casi treinta años y a dos meses de casarme ya no había riesgo de que haga nada. No habían ni terminado de sacar el auto de la cochera y ya estaba revisando todas la casa. En los cajones de la mesita de luz encontré un arma, cosa que me dio un poco de miedo. Mi abuelo tenía un carácter fuerte, y en una de esas al ver su casa destruida se le ocurría llenarme de agujeros. Escondí el arma en la alacena junto a la polenta y el arroz.
En los cajones del baño encontré una pipa, y entre los cosméticos había un dildo que brillaba en la oscuridad, pero la llave no aparecía. Di vuelta toda la casa, busqué entre los libros y las toallas, debajo de colchones y sillones pero nada. La terminé encontrando a las siete de la mañana, acompañado por un amanecer turbio, entre la ropa interior de mi abu, de la cual me niego a hacer ningún comentario. Festejé con una taza de leche tibia y me puse el despertador a las dos de la tarde. Había mucho trabajo para hacer.
Apenas me desperté comencé con las preparaciones. Llamé a Fran para que se ocupe de invitar a todos. A Juan y a Tito para ordenar el inventario y a Jorge, que solía ayudar en la farmacia a la noche, para preparar las soluciones, las dosis per capita y demases. En menos de dos días ya estaba casi todo listo. Habíamos encontrado más de cincuenta químicos. Entre ellos había anti-depresivos, sedantes, drogas con propiedades analgésicas, anestésicas y algunas, en altas dosis, con potencial alucinógeno. Elegimos las que creímos que tenían una encubierta capacidad recreativa y las pusimos en vasitos de diferentes colores. Por suerte Jorge era epiléptico así que no podía tomar ni drogas ni alcohol. Usualmente lo usábamos de conductor, pero hoy le tocaba ser supervisor de actividades ilegales. La fiesta fue un sábado. Invitamos todos a comer antes, para asegurar la correcta digestión del postre mágico, y yo di un discurso enternecedor en el cual explicaba las precauciones que debíamos tomar. Elegimos cada uno un vasito y, como si fuera año nuevo, hicimos una cuenta regresiva desde diez, brindamos, y tomamos el contenido.
Desde ese momento en adelante mis recuerdos me fallan. En algún momento, probablemente en el principio, estabas todos bailando música tranquila, oscilando entre el reggae y unos blues viejos que no sabía de adonde habían salido. Después hubo una especie de oleada de nostalgia y cariño, y nos encontramos abrazando todo: algunos abrazando la biblioteca, otros al aparato de música, repartiendo besos al piso, las paredes, las alfombras. Yo me mantuve como garrapata colgado a una estatua de mármol de Medusa, acariciando mi cachete derecho contra el mármol frío de las serpientes.
En la cocina varios lo obligaron al pobre epiléptico a cocinar, rodando en el piso, convencidos de que morirían de hambre mientras otros amenazaban con suicidarse desde lo alto de un sillón.
En un momento salimos al jardín, nos tiramos a la pileta con ropa y después bailamos en círculos. Jorge nos alcanzó ropa de mi tía abuela: tapados de piel, impermeables, vestidos. Nos vestimos unos delante de otros, sin vergüenza ni placer. Solo Tito, Martina y Vicky se alejaron saltando del grupo y desparecieron entre los arbustos.
Los demás volvimos a entrar a la casa. Pero María empezó a gritar que había un monstruo violeta enorme que quería comernos a todos y pronto empezamos a maullar, rugir, ladrar, mugir, correr. Nos defendíamos con sillas, esculturas enanas, cuadros, tirábamos libros como hachas pequeñitas y soltábamos heroicos alaridos de guerra.
Eventualmente María gritó “¡retirada!” y todos salimos a la calle. Ya a salvo nos encontrábamos de mejor humor pero seguíamos sobresaltados y con los pies lejos de la tierra.
Vestidos como una pandilla de coquetas y travestis entramos a un restaurant y fui yo, si mal no recuerdo, quien dijo “esto es un asalto”. No pedimos dinero ni robamos nada de valor. En cambio nos dedicamos a picar un poco de los platos, hacerles caras y muecas a los clientes y pararnos sobre las mesas. Obligamos a la banda en vivo a tocar algo más movido y sacamos a las mozas y cocineras a bailar. Laila y Sofi hicieron un gran baile del caño imaginario sobre la barra. yo me robe el micrófono un rato para cantar “Yellow Submarine”. Del mismo modo asaltamos dos bares y un colectivo antes de ser arrestados por la policía. Pasamos los treinta unos cuatros días en la cárcel municipal, de los cuales dos fueron durmiendo a pata suelta unos arriba de otros.
Lo poco que recuerdo de esa noche nunca lo olvidaré.

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Gunther Friday, June 11, 2010 |

Fui al consultorio de Gunther porqué me di cuenta de que no tenía amigos. Los pocos amigos que había tenido durante la secundaria y luego en la facultad, los había ido distanciando, uno a uno, y me quedé solo, con mi mujer, único ser humano con el que mantenía una relación más o menos cercana además de mi mamá. Cuando ella iba a jugar al bridge, yo miraba tele. Cuando ella iba a hacer shopping con Laura, yo miraba tele. Y me harté. De vez en cuando salía a pescar con el grupo del trabajo, pero siempre la pasaba mal porque pescar no me gusta y los tipos eran unos aparatos. Todos con su grupo de amigos, despedida de soltero, cumpleaños, abrazos, fútbol los domingos, y yo, nada, cero, caput. La mismísima Laura que se robaba a mi mujer, me recomendó este tipo porque un primo de ella había perdido a su perro y le funcionó bárbaro. Camino a mi primera sesión suponía que era una especie de adivino, pero cuando me empezó a hablar de acupuntura y agujas, me di cuenta de que no. Que era una persona malvada que disfrutaba de pinchar a otros inocentes seres humanos. Me convenció diciendo que la primera sesión era gratis, y que prometía restaurar mi salud y mi bienestar. Al final no le conté el tema de no tener amigos porque me moría de la vergüenza y no quería que pareciera como que le estaba pagando para entablar una amistad o algo por el estilo.
Así casi sin querer me encontré yendo dos veces por semana. Cada vez que salía del consultorio me auto-inspeccionaba de arriba abajo, minuciosamente, tratando de encontrar algún cambio, algo. No estaba seguro si estaba funcionando. No me sentía una persona más alineada, más en contacto con mi subconsciente, renaciendo en mi plenitud en la búsqueda de mi identidad. Pero tampoco podía saber si seguía todo igual porque no sabía muy bien qué definía “igual”. Por esa razón fui casi seis meses todos los martes y jueves a lo de Gunther, supuesto maestro en acupuntura y otras técnicas de medicina tradicional china.
Mi desconfianza nacía de la parte que indicaba que la técnica era de gente con ojos achinados, y Gunther era un alemán de casi dos metros, rubio y pálido, que casi no hablaba español, y mandarín, menos. Como si no fuera poco sus manos eran las de un gigante, torpes y bruscas, poco indicadas para la manipulación de agujas. Pero sobre todas las cosas, mi desentendimiento surgía del hecho de que yo me quedaba dormido, sin falta, las casi dos horas que pasaba ahí adentro. Y era tal el misterio de cómo lograba ese gigante rosa dormirme en tan sólo 10 minutos que me veía forzado a volver, a intentar descubrir su secreto, como niño que ansioso busca el conejo adentro de la galera y al meter su cabeza ésta queda atascada y no se la puede sacar y corre de la desesperación y se golpea contra una pared y muere. O se desmaya. O le duele mucho. No sé. Yo suponía que estaba en la parte en la que el niño corre, y aun sabiendo que era inevitable chocarme, no podía dejar de correr.
En primer lugar, yo siempre dormí boca abajo. Hasta las fotos de cuando era pequeño me muestran babeando en una almohada de pocahontas. Boca abajo. En el consultorio de Gunther me acostaba boca arriba sobre una mesa de masajes que aparentaba cómoda pero en realidad era dura como una piedra, sostenida en unas patitas finitas que te brindaban un tranquilizador sentido de pánico y precipicios. Le sumamos que yo sufría de un agudo insomnio que todas las noches me acosaba, como burro persiguiendo a la zanahoria, y tenía que leer y contar ovejas y tomar pastillas y recién ahí me dormía. A Gunther le bastaba con pedirme que me sacara la camisa con los ojos, algo que me hacía sentir terriblemente homosexual, y me apoyaba unas piedras coloridas sobre el pecho. Luego emitía un sonido bajo, como si fuese un ronroneo de un gato gordo y peludo, y a los cinco minutos me hundía en un profundo sueño. A la hora y media o dos me desperataba Gunther con unas palmaditas en los cachetes y me devolvía mi camisa. Al levantarme siempre encontraba sobre mi pecho unos pequeños puntitos, como rastros de lunares que nunca tuve, entremezclados entre los pocos pelos que tengo y mis dos inusualmente pequeñas tetillas marrones. Y no entendía nada.
Mis sospechas fueron y volvieron, tomaron mil formas y colores y ruidos y llegué a resumirlas a sólo unas pocas.
La primera es que me dormía con su ronroneo mágico y efectivamente lo único que hacía era pincharme con agujas durante dos horas con la sola intención de sanar mi alma. La próxima era que me vestía con disfraces eróticos de Mickey Mouse y Winnie de Pooh y Barney, me sacaba fotos con una cámara berreta y las vendía por Internet, en diferentes tamaños y colores. Por supuesto que nunca encontré nada en Internet, sobre todo porque era muy difícil decidirme que poner en el buscador en primer lugar, porque entre dibujitos animados y disfraces eróticos puede aparecerte cualquier cosa.
Mi tercera opción era que una vez dormido me usaba de apoya vasos para su termo y se tomaba un mate. Que en realidad era un uruguayo cualquiera y la jugaba de alemán para hacerse el interesante.
En último lugar sospechaba que me hipnotizaba y luego me mandaba a trabajar de paseador de perros en el barrio o alguna otra cosa así. Cuando volvía me pinchaba un par de veces y eso explicaba los puntitos.
Lamentablemente nunca pude descifrar el misterio. Pasados los seis meses me llegó una invitación al reencuentro de los veinte años de egresados, y ahí me encontré con Pedrito, un enano con el que solía coleccionar figuritas del mundial. A la semana nos volvimos a encontrar para tomar una cerveza, y después nos juntamos a hacer un asado con su mujer también enana y además, barrigona. No tuve otro remedio que considerarme curado, y encima andábamos con problemas económicos así que no podíamos darnos el lujo de seguir pagándole a Gunther. Le dejé dicho en el contestador que no iba a ir más.
Nunca descubrí cómo hacía para dormirme, ni que hacía una vez que estaba dormido. En la lucha contra el insomnio llegué a comprarme un gato, por el ronroneo, y piedras de colores, que apoyaba sobre mi pecho, pero nada funcionó. Hasta el día de hoy antes de dormirme, pienso en Gunther y en sus manos torpes y en su piel rosada.

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adicciones Monday, June 07, 2010 |

Pastillas para sentirse mejor.
No cuestionan la causa. La ignoran.
No responden la pregunta. La olvidan.

Desde esa vez en la plaza no la volví a ver a Sofí. No la extraño, o por lo menos no como uno extraña a su prima o al chocolate. Quizás me contagio su despreocupación, pero creo que más que nada estoy intentando concentrarme en las cosas chiquitas. Es más fácil así, ¿no, doctor?

Mire. Esto puede hacerse muy simple, muy rápido.
Para dormir, las azules.
Para la memoria, las lilas.
Para despertarse, la de las agujitas. Esa también hace ruido.
Para evitar la violencia, las rojas.
Para guardar silencio, las rosas.
Para ignorar esos temas que nos desequilibran y disturban, las violetas.
Para sonreír, las verdes con rayas doradas.
Para abrazar, las verdes con cruces plateadas.
Para enmascararse y esconderse, disfrazar los candados, evitar la paranoia y los delirios, no distraerse de la realidad, tener una visión objetiva y moderna, ampliar el vocabulario, parecer intelectual, tener esa sonrisa de Bruz Wilis de costado y hasta esconder la pelada eficazmente, tome la celeste con puntitos amarillos.

Le aseguro que esto le permitirá olvidarse de esta tal Laura y no sólo eso sino que encontrará a la mujer ideal, su profesión indicada, dormirá 8 horas, se levantará sin lagañas u ojeras. En pocas palabras, la verdadera felicidad, ¿no le parece? ¿Qué más puede pedir un hombre?

Martín aguardó silencio. ¿Qué más puede pedir?
La independencia de las pastillas, se le cruzó. Animarse, a sentir, aunque sea tan sólo dolor, siempre será mejor que nada, pensó, pero rápidamente tomó el pastillero y se fue.
No conviene mostrar actitudes anti-sociales enfrente de doctores.
En una de esas terminás en un manicomio.

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(Otra sofía) Saturday, June 05, 2010 |

no pude cambiar la bombita
porque estaba demasiado caliente
y me queme.
y me duele.
pero no digo nada.
-----.-----
Ventilador prendido, casi que no hacía ruido, era luna llena, y el reloj se acercaba a la medianoche. Noche sin lobos, ésta, noche sin fantasía ni fantasmas. Celebrabamos sin ninguna buena razón para celebrar. Celebrabamos porque no sabíamos que otra cosa hacer.
Las paredes estaban pintadas de rojo y blanco. Como manchones arbitrarios. Como los días que nunca recordaremos, días irrelevantes, días de charlas pequeñitas, de clima templado, o de paraguas, da igual, días en los que nos da igual. Blanco o rojo, nos da igual, son días que componen nuestra vidas, y aún así, son irreconocibles, son inútiles, son ahogados en generalizaciones de estaciones o fechas o adjetivos. Las paredes eran así de tristes. Ni bien entré, fue suficiente para entender que este día no sería uno de ellos.
El principio lo resumo: dos copas de champagne, hola a la gente conocida, intercambio conversaciones sobre el pasado, el futuro, deportes, dinero, dinero, dinero. Nada me sorprendía, hasta que escuché la voz de alguien cantando. Era la voz de una mujer, que viene del fondo, de lejos, como de muy lejos. Y me animé hacia el fondo del salón.
Y había un karaoke.
Eso no me lo esperaba. Resulta que a los japoneses les encanta el karaoke. Y esta fiesta era organizada por japoneses. De Japón. Japoneses que ilustraban comics. E invitados estábamos otros dibujantes. No sé.
Arriba del escenario estaba tímida una chica de pelo oscuro, prolijo, cortito, usando un vestido infantil, cantando una canción de U2 con un acento forzado, mezclando los versos con ocasionales risas y vueltitas en las que se enredaba y desenredaba con el cable del micrófono.
No pude sacarle los ojos de encima. Estaba completamente borracha.
Y se terminó la canción. Y se bajo del escenario.
Y me acerqué.
Muy buena interpretación. Estoy seguro que Bono estaría muy orgulloso de vos.
Aprecio el reconocimiento de mi talento natural. De chiquita quería ser cantante. Y lo soy, a solas en la ducha.
¿Nunca haces conciertos privados?
Nunca es demasiado tarde para empezar ¿y vos?
Yo no, no hago conciertos en mi baño. Me baño en silencio.
No, eso no, que cuando vas a subir a cantar
Nunca.
El diálogo siguió, interrumpido por ocasionales empujones de ojitos achinados y ojitos normales.
La perdí por un buen rato, y me senté en una mesa a tomar vodka barato. Suele sucederme cuando hay barra libre. La que preparaba los tragos se llamaba Marcela. Sentado al lado mío había un pelado con anteojos. Le aposté 100 pesos a que Marcela era lesbiana. Y le preguntamos. Y gané.
Le di 20 de propina a Marcela y dos o tres frases cortitas casi tiernas, y eso me reservó mi lugar permanente en la barra. Tomé dos o tres tragos más y Marcela le fue a decir al DJ que me llamé al karaoke. Estaba tan distraido pensando en chica del vestido infantil que ni me di cuenta que llamaban mi nombre.
Marcela me arrastró hasta el escenario y empezó una canción de Oasis. Wonderwall. Bárbaro.
Las primeras frases no me salieron y di como seis vueltas buscando la pantalla donde aparecían las letras. No había. Entre risas recordé la letra y me encontré cantando como nunca había cantando en mi vida. Me sentía Sinatra, pero con menos panza. No conocía a nadie, estaba completamente desinhibido.
Si la audiencia no hubiera estando mayormente compuesta por japoneses enanos, me hubiese tirado onda el gato volador a que me agarren. Pero hice la sabia decisión de no hacerlo, y terminó la canción, y me sacaron el micrófono y bajé, o tropecé, con los escalones.
Acto seguido, salí al jardín miniatura y prendí un cigarrillo. Fumaba como mucho un cigarrillo por semana, pero siempre llevaba encima. Había momentos que me exigían a los gritos fumar, el humo, el hábito, había algo tan poético que me transportaba a mi juventud. Lamentablemente. (Ahora me limito a hongos alucinógenos con un amigo de la primaria todos los 14 de febrero.)
Habré fumado por cinco minutos cuando apareció tambaleando la chica infantil. Noté que su vestido de celestes y rosas estaba compuesto por cuadraditos. Muchos. Y mirándole me maree y no escuché lo que dijo.
¿Perdón?
Qué dejes de mirarme las tetas.
Estaba mirando los cuadraditos.
Aham.
¡Te lo juro!
Así empezó.
Nos fuimos juntos a un bar irlandés que ella conocía en la esquina. Invité los tragos con la plata de la apuesta y pedí pochoclo dulce. No sé de que hablamos pero no recopilé datos relevantes de su pasado.
En cambio aprendí que le gustaba jugar al pool y que quería hacerse un tatuaje de Nietzsche. No se afeitaba el bigote, pero tenía amigas que sí. Planeaba raparse al cumplir los 30. A veces se comía las uñas.
Y su nombre era Sofía. Como conocimiento en latín, recuerdo haber pensado, pero no lo mencioné.
Quedamos en vernos. Escribió algo en un papelito y me lo dió. Lo metí en mi bolsillo.
Al llegar a casa noté que era la dirección de su casa.
Me pareció un detalle muy simpático.

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