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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

Llave

Mi abuelo era veterinario. Pocas personas lo saben, pero los veterinarios suelen tener acceso a todo tipo de drogas. En los procedimientos quirúrgicos de varias especies animales es usual usar ketamina o hasta mezcalina. Le sumamos que mi abuela sufría de constantes ataques de ansiedad y tensión, así que se daba la libertad de tomar todo tipo de anti-depresivos y sedantes. Con los años fue aumentando las dosis. Pronto los cajoncitos del baño no alcanzaban y colocaron todos los farmacéuticos en un viejo ropero chino. El mueble estaba cerrado con llave. Llave que me prometí a mí mismo que algún día encontraría y haría la fiesta más psicodélica y alucinógena del barrio.
Nunca había tomado drogas disociativas ni planeaba hacerlo de manera rutinaria, pero estaba profundamente interesado en el tema. En el colegio mi materia favorita era química, y en mi casa solía estudiar las formas moleculares de los diferentes compuestos, aprendiéndome de memoria sus pesos moleculares, la existencia de centros quirales, el pH en la solución en la que se preparan, las constantes de ionización…
Estaba fascinado. Si hubiera vivido en la ciudad probablemente me hubiese encontrado con las drogas a más temprana edad. Pero en un pueblucho chiquito como el nuestro, las fuentes era escasas y lo que estaba de moda era el metegol y los fichines. Por esa razón recién a los 29 años, cuando encontré la llave, se me abrieron las puertas hacia ese mundo desconocido. Mis abuelos se habían ido de viaje a Mar del Plata y me confiaron la casa, pobres ingenuos, suponiendo que con casi treinta años y a dos meses de casarme ya no había riesgo de que haga nada. No habían ni terminado de sacar el auto de la cochera y ya estaba revisando todas la casa. En los cajones de la mesita de luz encontré un arma, cosa que me dio un poco de miedo. Mi abuelo tenía un carácter fuerte, y en una de esas al ver su casa destruida se le ocurría llenarme de agujeros. Escondí el arma en la alacena junto a la polenta y el arroz.
En los cajones del baño encontré una pipa, y entre los cosméticos había un dildo que brillaba en la oscuridad, pero la llave no aparecía. Di vuelta toda la casa, busqué entre los libros y las toallas, debajo de colchones y sillones pero nada. La terminé encontrando a las siete de la mañana, acompañado por un amanecer turbio, entre la ropa interior de mi abu, de la cual me niego a hacer ningún comentario. Festejé con una taza de leche tibia y me puse el despertador a las dos de la tarde. Había mucho trabajo para hacer.
Apenas me desperté comencé con las preparaciones. Llamé a Fran para que se ocupe de invitar a todos. A Juan y a Tito para ordenar el inventario y a Jorge, que solía ayudar en la farmacia a la noche, para preparar las soluciones, las dosis per capita y demases. En menos de dos días ya estaba casi todo listo. Habíamos encontrado más de cincuenta químicos. Entre ellos había anti-depresivos, sedantes, drogas con propiedades analgésicas, anestésicas y algunas, en altas dosis, con potencial alucinógeno. Elegimos las que creímos que tenían una encubierta capacidad recreativa y las pusimos en vasitos de diferentes colores. Por suerte Jorge era epiléptico así que no podía tomar ni drogas ni alcohol. Usualmente lo usábamos de conductor, pero hoy le tocaba ser supervisor de actividades ilegales. La fiesta fue un sábado. Invitamos todos a comer antes, para asegurar la correcta digestión del postre mágico, y yo di un discurso enternecedor en el cual explicaba las precauciones que debíamos tomar. Elegimos cada uno un vasito y, como si fuera año nuevo, hicimos una cuenta regresiva desde diez, brindamos, y tomamos el contenido.
Desde ese momento en adelante mis recuerdos me fallan. En algún momento, probablemente en el principio, estabas todos bailando música tranquila, oscilando entre el reggae y unos blues viejos que no sabía de adonde habían salido. Después hubo una especie de oleada de nostalgia y cariño, y nos encontramos abrazando todo: algunos abrazando la biblioteca, otros al aparato de música, repartiendo besos al piso, las paredes, las alfombras. Yo me mantuve como garrapata colgado a una estatua de mármol de Medusa, acariciando mi cachete derecho contra el mármol frío de las serpientes.
En la cocina varios lo obligaron al pobre epiléptico a cocinar, rodando en el piso, convencidos de que morirían de hambre mientras otros amenazaban con suicidarse desde lo alto de un sillón.
En un momento salimos al jardín, nos tiramos a la pileta con ropa y después bailamos en círculos. Jorge nos alcanzó ropa de mi tía abuela: tapados de piel, impermeables, vestidos. Nos vestimos unos delante de otros, sin vergüenza ni placer. Solo Tito, Martina y Vicky se alejaron saltando del grupo y desparecieron entre los arbustos.
Los demás volvimos a entrar a la casa. Pero María empezó a gritar que había un monstruo violeta enorme que quería comernos a todos y pronto empezamos a maullar, rugir, ladrar, mugir, correr. Nos defendíamos con sillas, esculturas enanas, cuadros, tirábamos libros como hachas pequeñitas y soltábamos heroicos alaridos de guerra.
Eventualmente María gritó “¡retirada!” y todos salimos a la calle. Ya a salvo nos encontrábamos de mejor humor pero seguíamos sobresaltados y con los pies lejos de la tierra.
Vestidos como una pandilla de coquetas y travestis entramos a un restaurant y fui yo, si mal no recuerdo, quien dijo “esto es un asalto”. No pedimos dinero ni robamos nada de valor. En cambio nos dedicamos a picar un poco de los platos, hacerles caras y muecas a los clientes y pararnos sobre las mesas. Obligamos a la banda en vivo a tocar algo más movido y sacamos a las mozas y cocineras a bailar. Laila y Sofi hicieron un gran baile del caño imaginario sobre la barra. yo me robe el micrófono un rato para cantar “Yellow Submarine”. Del mismo modo asaltamos dos bares y un colectivo antes de ser arrestados por la policía. Pasamos los treinta unos cuatros días en la cárcel municipal, de los cuales dos fueron durmiendo a pata suelta unos arriba de otros.
Lo poco que recuerdo de esa noche nunca lo olvidaré.

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Escribí tranquilo que hay apuro.
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  • Anonymous Anonymous says so:
    2:19 AM, January 26, 2011  

    No puedo creer que hayas puesto laila y no mi nombre, te voy a cagar a trompis cuando llegue a bsas, lo que hace mi noche sin salida, los divagues a los que llego, en fin, puto top