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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

Gunther

Fui al consultorio de Gunther porqué me di cuenta de que no tenía amigos. Los pocos amigos que había tenido durante la secundaria y luego en la facultad, los había ido distanciando, uno a uno, y me quedé solo, con mi mujer, único ser humano con el que mantenía una relación más o menos cercana además de mi mamá. Cuando ella iba a jugar al bridge, yo miraba tele. Cuando ella iba a hacer shopping con Laura, yo miraba tele. Y me harté. De vez en cuando salía a pescar con el grupo del trabajo, pero siempre la pasaba mal porque pescar no me gusta y los tipos eran unos aparatos. Todos con su grupo de amigos, despedida de soltero, cumpleaños, abrazos, fútbol los domingos, y yo, nada, cero, caput. La mismísima Laura que se robaba a mi mujer, me recomendó este tipo porque un primo de ella había perdido a su perro y le funcionó bárbaro. Camino a mi primera sesión suponía que era una especie de adivino, pero cuando me empezó a hablar de acupuntura y agujas, me di cuenta de que no. Que era una persona malvada que disfrutaba de pinchar a otros inocentes seres humanos. Me convenció diciendo que la primera sesión era gratis, y que prometía restaurar mi salud y mi bienestar. Al final no le conté el tema de no tener amigos porque me moría de la vergüenza y no quería que pareciera como que le estaba pagando para entablar una amistad o algo por el estilo.
Así casi sin querer me encontré yendo dos veces por semana. Cada vez que salía del consultorio me auto-inspeccionaba de arriba abajo, minuciosamente, tratando de encontrar algún cambio, algo. No estaba seguro si estaba funcionando. No me sentía una persona más alineada, más en contacto con mi subconsciente, renaciendo en mi plenitud en la búsqueda de mi identidad. Pero tampoco podía saber si seguía todo igual porque no sabía muy bien qué definía “igual”. Por esa razón fui casi seis meses todos los martes y jueves a lo de Gunther, supuesto maestro en acupuntura y otras técnicas de medicina tradicional china.
Mi desconfianza nacía de la parte que indicaba que la técnica era de gente con ojos achinados, y Gunther era un alemán de casi dos metros, rubio y pálido, que casi no hablaba español, y mandarín, menos. Como si no fuera poco sus manos eran las de un gigante, torpes y bruscas, poco indicadas para la manipulación de agujas. Pero sobre todas las cosas, mi desentendimiento surgía del hecho de que yo me quedaba dormido, sin falta, las casi dos horas que pasaba ahí adentro. Y era tal el misterio de cómo lograba ese gigante rosa dormirme en tan sólo 10 minutos que me veía forzado a volver, a intentar descubrir su secreto, como niño que ansioso busca el conejo adentro de la galera y al meter su cabeza ésta queda atascada y no se la puede sacar y corre de la desesperación y se golpea contra una pared y muere. O se desmaya. O le duele mucho. No sé. Yo suponía que estaba en la parte en la que el niño corre, y aun sabiendo que era inevitable chocarme, no podía dejar de correr.
En primer lugar, yo siempre dormí boca abajo. Hasta las fotos de cuando era pequeño me muestran babeando en una almohada de pocahontas. Boca abajo. En el consultorio de Gunther me acostaba boca arriba sobre una mesa de masajes que aparentaba cómoda pero en realidad era dura como una piedra, sostenida en unas patitas finitas que te brindaban un tranquilizador sentido de pánico y precipicios. Le sumamos que yo sufría de un agudo insomnio que todas las noches me acosaba, como burro persiguiendo a la zanahoria, y tenía que leer y contar ovejas y tomar pastillas y recién ahí me dormía. A Gunther le bastaba con pedirme que me sacara la camisa con los ojos, algo que me hacía sentir terriblemente homosexual, y me apoyaba unas piedras coloridas sobre el pecho. Luego emitía un sonido bajo, como si fuese un ronroneo de un gato gordo y peludo, y a los cinco minutos me hundía en un profundo sueño. A la hora y media o dos me desperataba Gunther con unas palmaditas en los cachetes y me devolvía mi camisa. Al levantarme siempre encontraba sobre mi pecho unos pequeños puntitos, como rastros de lunares que nunca tuve, entremezclados entre los pocos pelos que tengo y mis dos inusualmente pequeñas tetillas marrones. Y no entendía nada.
Mis sospechas fueron y volvieron, tomaron mil formas y colores y ruidos y llegué a resumirlas a sólo unas pocas.
La primera es que me dormía con su ronroneo mágico y efectivamente lo único que hacía era pincharme con agujas durante dos horas con la sola intención de sanar mi alma. La próxima era que me vestía con disfraces eróticos de Mickey Mouse y Winnie de Pooh y Barney, me sacaba fotos con una cámara berreta y las vendía por Internet, en diferentes tamaños y colores. Por supuesto que nunca encontré nada en Internet, sobre todo porque era muy difícil decidirme que poner en el buscador en primer lugar, porque entre dibujitos animados y disfraces eróticos puede aparecerte cualquier cosa.
Mi tercera opción era que una vez dormido me usaba de apoya vasos para su termo y se tomaba un mate. Que en realidad era un uruguayo cualquiera y la jugaba de alemán para hacerse el interesante.
En último lugar sospechaba que me hipnotizaba y luego me mandaba a trabajar de paseador de perros en el barrio o alguna otra cosa así. Cuando volvía me pinchaba un par de veces y eso explicaba los puntitos.
Lamentablemente nunca pude descifrar el misterio. Pasados los seis meses me llegó una invitación al reencuentro de los veinte años de egresados, y ahí me encontré con Pedrito, un enano con el que solía coleccionar figuritas del mundial. A la semana nos volvimos a encontrar para tomar una cerveza, y después nos juntamos a hacer un asado con su mujer también enana y además, barrigona. No tuve otro remedio que considerarme curado, y encima andábamos con problemas económicos así que no podíamos darnos el lujo de seguir pagándole a Gunther. Le dejé dicho en el contestador que no iba a ir más.
Nunca descubrí cómo hacía para dormirme, ni que hacía una vez que estaba dormido. En la lucha contra el insomnio llegué a comprarme un gato, por el ronroneo, y piedras de colores, que apoyaba sobre mi pecho, pero nada funcionó. Hasta el día de hoy antes de dormirme, pienso en Gunther y en sus manos torpes y en su piel rosada.

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Escribí tranquilo que hay apuro.
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