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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

Volviendo


está volviendo
la dejé entre los matorrales
dijo angustiado el general
tanta falsa muchedumbre
festejando el carnaval
déjeme decirle, buen hombre,
como corren los ciempiés
una pata delante la otra
las botas,
firmes,
la boca
silbando
un valsecito
portugués
no me diga que decir
cuando venga la doña
yo se mis líneas
ella las suyas
tanta lluvia
primaveral
seguiremos sin cruces ni vueltas
ni túneles espiralados
porque los papeles están escritos
mi rey
en el viento que los empuja
hay lagunas donde los patos
gritan
para gritar
para gritar.
-
Sonaba The Strokes. Todos quietos. Me acerco a ella sin ninguna intención en particular. Le tomo la mano, sonrío, la hago girar, como agujas, de un reloj, y con un gesto, me voy. Encaro la puerta, bajo los escalones, y espero, ya con la camisa desarreglada y las pupilas pequeñitas, espero apoyado sobre la parada de colectivo. El 152 no tarda en llegar, y así llego a mi departamento antes de las 5 am. Me saco la camisa, los zapatos, vacío mis bolsillos y abro la heladera. Paso diez minutos embobado, mirando la heladera. La cierro, abro el frízer, lo cierro, vuelvo a abrir la heladera. Saco un durazno y una cerveza de litro. Busco en los cajones el destapador, lo encuentro, abro la botella, me dejo caer sobre el sillón. Me concentro en el rugido del asfalto, los autos, los gritos, el viento. Cierro los ojos, termino el durazno, me limpio los labios con un almohadón. Dejo que mi mente recorra libremente los pasillos de mi consciente sin acotar comentar, prejuiciar, recordar. Me acuerdo del almuerzo con Laura, su sonrisa nerviosa, tímida, al pinchar los tomatitos cherry; el final de un libro: el personaje principal se acerca a la casa de la primera novia, toca el timbre, espera ansioso, la ex le abre, no lo reconoce, y él sonriendo le entrega un libro, un libro que escribió él, inspirado en ella, donde a la vez en ese libro, al final, él narrador le entrega a su primera novia un libro que escribió él, inspirado en ella; donde a la vez en ese libro, al final, él narrador le entrega a su primera novia un libro que escribió él, inspirado en ella. Repito hasta el cansancio, hundido en una abstraída meditación: un libro que escribió él, inspirado en ella.
La cerveza se termina, levanto la camisa del piso, me pongo los zapatos, abotono los botones, y vuelvo a salir a la calle. Espero el 152, con ojeras y cara de nada, pago el boleto y me siento en la última fila, contra la ventana. Me bajo en Pelliza, camino ocho cuadras, a paso de niño, y me dejo caer sobre la entrada de una casa. Cierro los ojos y me permito descansar un poco. Pintado de amanecer tardío, retomo mi caminata frotándome los ojos, mirando los nombres de las calles. Doblo en La Rioja, y freno en la tercera casa. Toco timbre.
Me abren.
La gente baila agitada una canción ochentosa distorsionada por los parlantes viejos. Yo cruzo el living hasta llegar al baño y entro, sin tocar, para buscar algo para tomar. Una mujer de pelo castaño cortito se termina de abotonar los botones de la pollera mientras me insulta por sinvergüenza. Hay hielos y botellas en la bañadera. Elijo a las apuradas un ron, sirvo un vaso, y se lo acerco a sus labios con una sonrisa psicópata exagerada. Su seño se quiebra, se ríe, toma del vaso ayudándose con las dos manos. Cambio la sonrisa por otra más sutil, le agarró su mano, y la hago girar, como las agujas del reloj, antes de salir del baño, con la botella de ron, cerrando la puerta atrás mío. En el living todo sigue igual, gente amuchullada. Giro tal cual búho curioso, ron ron ron, bordeo los sillones, abro la puerta para dejar entrar a dos muchachas, una rubia y otra morocha, y salgo dando saltitos hasta la reja, que abro para quedar una vez más en la vereda. Largo un suspiro y camino sin interrupciones hasta la esquina. Saco un alambre de mi billetera, lo alargo, lo acerco a la ventana de un falcon, pego mi oído a la puerta y busco el click deseado. Tardo diez minutos y estoy adentro, acuchicheado en el asiento de atrás, ojos abiertos de par en par. Una fugaz brisa de preocupación me hace pensar en ser encontrado, en la policía, en violencia; dura poco. Todo dura poco.
Atardecer asqueroso, me disfraza de violetas, mientras revuelvo el baúl verde. Rescato una campera que me queda medio chica, color azul marino. Como el mar.
Busco un teléfono público y la llamo. Hola, soy yo.
Sigo.
Freno en un bar al lado de las vías. Pido algo. Miro por la ventana. Pasan siete trenes en una hora. Siento la pesadez del aire, la tensión en las palabras, un vacío casi abrumador entre tanto ruido, y así, me permito sentirme mal. Y mal me siento, hasta que pago la cuenta y me levanto.
Camino bordeando las vías. Me cruzo a unos chicos pintando paredes y a una vieja con su perro. Llego a Retiro. Es de noche.
Pido un cigarrillo entre los esperantes un cigarrillo, pero no hay caso. Solo esperan. Y entonces casi sin querer me encuentro en la fila. Y entregado hago la fila, hasta que viene el tren, y me subo, eligiendo un lugar al lado de la ventana.
Me bajo en Belgrano y camino hasta mi hogar. Dulce hogar. El teléfono suena fuertísimo, lo atiendo para hacerlo parar y me sorprendo al escuchar una voz que viene de otro lado, como de muy lejos. Si, soy yo, ¿quién es?
Como quien es, hijo de puta. Estuve llamándote todo el día, ¿dónde estabas?

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Escribí tranquilo que hay apuro.
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