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Cuestionalo.

Pienso en ovejas pero no se animan a saltar mientras se prueban un saco y corbata. Llego a la esquina, el semáforo se camufla entre el rojo de uñas pintadas y yo cambio minutos por bocinas. Un riesgo imprescindible.

miembro de CRUZAGRAMAS

Gateando hasta el fin del mundo Tuesday, February 02, 2010 |


una tranquera
convencida por el viento
se deja abrir;
nada escapa.
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Suele sucederme que me siento antiguo, un pinchazo en el tiempo y espacio, con sólo mirar a mis alrededores todo me es tan conocido, tan común, tan usual, y no puedo evitar no sentirme cómodo en lo habitual. Mi cuerpo se va ablandando, acostumbrándose a la cama de espinas, como si nunca me hubieran dolido en primer lugar. Recuerdo sin nostalgia los días de mi niñez, cargados de un asombro puro e inocente, creyente de un extraño culto con el que uno nace, un respeto hacia la naturaleza, una fe ciega en la humanidad y una mirada optimista, llena de esperanza, fija en el horizonte.
"Quiero ser presidente", recuerdo haber dicho. "Yo voy a arreglar todo."
Era caminar y observar por horas las plantas, contar las tetas de la perra de la vecina, aprender a andar en bici y animarme hacia las calles oscuras, una adrenalina hacia lo desconocido, mis primeros intentos de pintar amaneceres fucsias y anaranjados, una fe en mí mismo para ser el mejor, corriendo a mi máxima velocidad, esforzándome para ganar la carrera.
Y casi sin darme cuenta, de a poquito, me fui acomodando, como un viejo pedófilo que te sienta en su falda, y vos curioso intentas buscar tu lugar en el mundo y, no hay caso, hay un gran bulto que no te lo permite. Y el asco y el asombro y el medio se van esfumando, y dejás de golpearlo, dejás de arañarlo, te vas quedando quietito, escuchando la respiración del hombre que se anima a abrazarte, y lo dejás, y quedás ahí, ya casi cómodo, ya entumecido, cerrás los ojos.
Uno va perdiendo el asombro por las cosas, todas las cosas, y lentamente aparecen preguntas retóricas que nos van haciendo más lentos, más razonables, más adultos.
Éramos rebeldes, imparables, ruidosos, sucios, curiosos, nos metíamos todo en la boca, no teníamos miedo a nada. Y nos enseñan a tener miedo, a tomar precauciones:
"No te pongás atrás de las patas del caballo por que te va a patear."
"No salgas desabrigado por que te vas a resfriar."
Lo desconocido deja de ser un desafío. Ahora lo desconocido, es peligroso. La memoria nos deja grandes cicatrices, y un tropiezo nos quita las ganas de caminar. Si nos caemos del caballo una vez, no queremos volver a subir. Si nos rompen el corazón una vez, no lo volveremos a poner en vidriera.
Y así, comenzamos a negociar nuestra libertad:
"Tenés que estudiar".
"Pero quiero seguir dibujando."
"Si estudiás mañana te compro un juguete."
"¿Un lego? ¿Grande?"
"Sí. Un lego grande."
"Está bien."
Nos familiarizamos con todo a una velocidad increíble: nuevos idiomas, la bici, la tele, la compu, el mar, la lluvia, las tormentas, los bichitos, los gritos de los adultos, el silencio de los adultos, las malas noticias en los noticieros, las malas malas noticias en los noticieros, las fotografías de niños desnutridos, de adolescentes drogados, las historias clásicas de robos y secuestros y asesinatos. Nos familiarizamos hasta el punto que el miedo es un lugar cómodo, es un miedo conocido, hasta podríamos ponerle nombre y apellido y vestirlo de verde loro y abrirle la puerta y saludarlo con un beso en la mejilla o un gran apretón de manos.
Y finalmente, estamos oficialmente educados.
Nada de cantar en la mesa. Aprendimos a agarrar los cubiertos. Nada de andar desnudo por la casa. Hablamos inglés y nos podemos cambiar solos. Nada de escupir en la vereda, ya lo dejamos atrás. Ya no interrumpimos a gente mayor, ahora pedimos por favor y gracias, y comprendemos el significado de pecado, consecuencias, penitencia. Ya no hacemos más preguntas molestas. Ordenamos nuestros juguetes, no les pegamos a otros chicos, y cuando alguien te ofende, vas a contarle a la maestra. También nos bañamos una vez por día. Y tomamos coca sólo en el almuerzo. Y no lloramos.
No lloramos más por cualquier cosa.
Somos chicos grandes ahora.
Podemos acostarnos en la cama de espinas y por más que nos ofrezcas una cama cómoda, acolchonada, te diremos que no: ya estamos acostumbrados al dolor, gracias. Estoy bien así.
Lo desconocido, después de todo, es peligroso.
Los brazos del pedófilo no serán cómodos, pero tienen un lindo olor a colonia.
Y el lindo olor a colonia nos gusta.

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